Opinión

Un aeropuerto mal gestionado y un Parlament peligroso

Cuando contemplo el conjunto formado por la infraestructura material del aeropuerto y lo mezclo con la infraestructura humana que tiene que gestionarlo, en el sentido más largo y amplio, me viene a la memoria aquella frase que dice: "Teoría es cuando se sabe todo y nada funciona; práctica es cuando las cosas funcionan y no se sabe por qué. En nuestra casa hemos combinado teoría y práctica: nada funciona y no sabemos por qué". Yo añadiría una observación propia, pero, sí se sabe por qué no funciona el aeropuerto.

Esta semana mismo he podido comprobar un hecho que he comentado otras veces. Lo mencionaba, especialmente, en el artículo De terceras pistas, de estómagos agradecidos y de barrigas vacías aquí mismo, en el VIA Empresa, donde explicaba que Barcelona gestiona, en cargo aeroportuario, casi la mitad de toneladas que el aeropuerto de Zaragoza, un 15% de lo que gestiona Madrid, un 10% de lo que gestiona Milán y un 4% de lo que hace París. He hablado hace unos días con un importador de carne de Australia en Oriente Medio y me explica que cargan el producto en la barriga de los aviones de transporte de pasajeros. Hay tantos vuelos que no necesitan aviones de carga especializados. En Barcelona la obsesión parece ser los pasajeros, únicamente. Por eso nuestros productores tienen que hacer llegar sus productos utilizando el canal de transporte de mercancías ubicado a en París y Ámsterdam (Grupo Air France).

El primer problema que tiene Barcelona y su aeropuerto es que la infraestructura está mal gestionada. Desde los vigilantes de seguridad que repiten como loros oldecompitersindemachine o expelen palabras como ¡El cinturón caballero!. Nada en catalán, por supuesto. Y todo mientras van charlando con el que mira la pantalla -así, de paso, lo distraen de su trabajo. Y que me dicen de los del handling (transporte de maletas) o de las cintas de recogidas de maletas, que no están bien asignadas. O de los vaquillas, totalmente irregulares, que te envuelven la maleta con film de plástico. O los que distribuyen las llegadas donde se requiere pasaporte, que no saben idiomas y, cuando algún pasajero extranjero protesta, con razón, se encaran con estética de consumidor habitual de carajillos, en español, claro, aunque el cliente sea extranjero. Eso sí, todo lleno de tiendas de productos ibéricos y toros hechos con azulejos de Gaudí. En resumen, nuestro aeropuerto está gestionado por gente altamente incompetente, foránea, poco viajada -sorprendentemente- y que no tiene otra misión que la de ir tirando como buenos funcionarios que son. El sistema, dirigido por AENA, tiene tanto interés en el bienestar económico de Catalunya como el que yo pueda tener en los derechos sindicales de los astronautas.

Entonces alguien podría decir: "¡Si estuviera gestionado por nosotros la cosa sería diferente!". Pero es entonces cuando giro la mirada hacia nuestros políticos y choco con un Parlament que, por lo que tengo leído, ha hecho un acto único. Un acto de negatividad exclusivo: ha votado que no se construya ninguna pista sobre el mar. Y todo se ha hecho sin que nadie les pida pronunciamiento y sin que se les haya presentado el proyecto a ninguna comisión. No. Simplemente, han votado que no se haga un proyecto. ¿Se dan cuenta del nivel de animalada?

El problema del aeropuerto de Barcelona es puramente político. Está gestionado por un ente, AENA, que no es nada más que una empresa pública (51% es del Estado) administrada por estómagos agradecidos y presidida por un individuo del partido que gobierna en España. Y cuando se pretende influir y hacer las cosas con una cierta racionalidad, se activan nuestros políticos, los del país, y certifican que la gestión tiene que ser política -la que a ellos les guste, claro- negándose a ninguna solución racional.

No creo equivocarme si digo que los lectores de este diario comparten conmigo la opinión que el principal problema que en estos momentos tiene el país es su clase política. No es que en esta clase haya llegado gente incompetente y tocatimbals, no señor. El problema es que los que hay son los peores. El país sigue funcionando y trabajando y exportando. Las cifras cantan. El grosor empresarial todavía es bueno. ¿Ahora bien, hasta cuando resistirá el país la agresión continuada de propios y de ajenos? ¿Hasta cuando se aceptará que los insensatos que gobiernan, aquellos a los que nosotros ponemos el asado en la mesa, lo continúen destruyendo?