Hay que ser revolucionarios

 

Jorge Wagensberg decía que si alguna vez observamos algo que ni se mueve ni cambia más vale que nos acerquemos a tocarlo para comprobar que no se haya muerto, porque lo inherente a la vida es el cambio. Todo cambia, y si no lo hace, mala señal.

Pese a esta tendencia natural de las cosas, cambiar no es sencillo. Supone un esfuerzo dejar a un lado las maneras de hacer que ya conocemos para abrazar otras que aún contienen incertidumbre, explorar y asumir riesgos. Siempre hay quien promueve este cambio convencido de que hay una necesidad o una oportunidad que lo justifica, pero también siempre hay quien considera que este cambio no es necesario, o no es el adecuado, y se resiste. Esta combinación hace que uno de los retos más habituales en los negocios, y en la vida, sea la gestión del cambio. Cuesta identificar que ha llegado el momento de introducir cambios, cuesta adivinar cuál es el cambio concreto que hay que proponer, cuesta medir con cuánta energía, recursos y velocidad debe llevarse a cabo, y cuesta convencer a todo el mundo de que este es el camino adecuado. Gestionar cambios es uno de los oficios más antiguos del mundo, y por mucho que ya hay centenares de tratados escritos al respecto, siempre es un ejercicio complicado.

Hacer cambios siempre es difícil. Pero si lo que queremos es un cambio de modelo más vale que vayamos pensando en términos de revolución

Pero hay una intensidad de cambio todavía superior. Si el cambio es radical, completo y sin marcha atrás, hay quien habla de Revolución. El término revolución no sólo implica un cambio de modelo, además implica un conflicto entre el modelo nuevo y otro viejo, se discute el orden de las cosas, se altera el mapa de poder. Si hay revolución hay lucha. Pero si utilizamos el término “revolución” significa que en el fondo somos optimistas, que esta lucha puede dar paso a un modelo mejor.  Si por el contrario somos pesimistas y creemos que el cambio será a peor, acostumbramos a utilizar el término “crisis”. Esto siempre es subjetivo, pero el lenguaje indica un prejuicio, ni que sea sutil. Se habla de “revolución industrial” y no de “crisis industrial” porque pese a que ahora podamos tener opinión sobre los resultados estamos de acuerdo que en su momento los promotores creían estar impulsando algo bueno para una mayoría. En cambio decimos “crisis climática” porque pese a que no sabemos dónde iremos a parar, estamos de acuerdo que la cosa pinta mal. Si fuésemos optimistas diríamos “revolución climática”.

Hacer cambios siempre es difícil. Pero si lo que queremos es un cambio de modelo más vale que vayamos pensando en términos de revolución.  Hay mucha teoría sobre cómo gestionar un cambio, pero gestionar una revolución es otra cosa, y pide otra metodología. El contexto general actual no es de cambios, sino de revoluciones. No va a ser suficiente con impulsar un cambio digital, la cosa tiene todo el aspecto de convertirse en una revolución digital. Lo que necesitamos no es un cambio de modelo energético, sino una revolución. La mayoría de los temas que ocupan nuestra agenda no piden un cambio, sino una revolución, entendiendo este término como sinónimo de un cambio de modelo que comporta asumir un conflicto con la esperanza de un futuro mejor. Cambiar no será suficiente, hay que ser revolucionario.

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