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Por qué ya no podemos creer todo lo que nos entra por el móvil

Proteger la verdad en la era digital no depende solo de los algoritmos o de los periodistas, sino de nuestra negativa a ser simples repetidores de mentiras

Cerca del 40% de los jóvenes utiliza las redes sociales como vía principal para enterarse de la actualidad | dikushin (iStock)
Cerca del 40% de los jóvenes utiliza las redes sociales como vía principal para enterarse de la actualidad | dikushin (iStock)
Agustí Rodríguez, opinador de VIA Empresa
Periodista y consultor de comunicación
26 de Septiembre de 2026 - 04:55

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Vivimos en un flujo constante de titulares, vídeos virales y mensajes de WhatsApp que prometen revelar una verdad oculta. Algunas estimaciones señalan que hasta un 50% de la información que circula globalmente podría ser falsa o estar manipulada. Ante este tsunami digital, el papel de los medios de comunicación tradicionales y especializados, especialmente los digitales como Via Empresa, se convierte en un dique de contención imprescindible contra el ruido. Sin embargo, el mayor reto no proviene de las webs desconocidas, sino de aquel mensaje que te reenvía un amigo de total confianza con una sonrisa y un "mira esto".

 

El valor innegociable de la prensa rigurosa

En el ecosistema actual de la información rápida, la diferencia entre un rumor y una noticia radica en el método. Medios económicos y de análisis como Via Empresa cumplen una función social de altísimo valor: contrastar datos, buscar fuentes primarias, pedir responsabilidades y ofrecer contexto.

Mientras que las redes sociales priorizan el impacto emocional para maximizar la interacción, el periodismo de calidad se sostiene sobre la verificación y la ética profesional. Cuando el volumen de mentiras amenaza con colapsar el debate público, recurrir a medios con filtros editoriales claros es la única manera de mantener una ciudadanía libre e informada.

 

En el ecosistema actual de la información rápida, la diferencia entre un rumor y una noticia radica en el método

El mayor peligro no reside en el contenido extravagante que proviene de una fuente anónima, sino en el caballo de Troya del sesgo de confirmación: la información falsa que nos llega a través de nuestro círculo íntimo. Cuando un familiar o un amigo cercano nos comparte un contenido, nuestro cerebro desactiva automáticamente los mecanismos de defensa y desconfianza. Pensamos: "Si me lo envía él, debe ser verdad". Este mecanismo emocional convierte las aplicaciones de mensajería instantánea en el vehículo perfecto para propagar bulos a una velocidad de vértigo. Creer algo solo porque nos viene avalado por una cara conocida o un contacto querido es una trampa cognitiva que debilita el pensamiento crítico.

Superar esta vulnerabilidad exige asumir una nueva responsabilidad cívica: la pausa antes de compartir. Antes de dar por bueno un contenido alarmante o sorprendente, hay que hacer el ejercicio de contrastarlo con medios de contraste reconocidos y preguntarse qué interés hay detrás. Proteger la verdad en la era digital no depende solo de los algoritmos o de los periodistas, sino de nuestra negativa a ser simples repetidores de mentiras, vengan de quien vengan.

El teléfono móvil se ha convertido en la única ventana al mundo para una generación que vive conectada. Entre los 18 y los 25 años, el consumo digital no solo ha transformado el ocio, sino también la manera como se interpreta la realidad. Con datos en la mano, la juventud dedica más de tres horas diarias a navegar por cuatro o cinco redes sociales de manera simultánea. En este ecosistema trepidante donde dominan Instagram y TikTok, un porcentaje cercano al 40% de los jóvenes utiliza estas plataformas como su vía principal para enterarse de la actualidad. El problema no es solo cuánto se informa este sector de la población, sino cómo lo hace.

El periodismo tradicional y las webs especializadas en análisis económico y social continúan defendiendo el rigor, el contraste de datos y la verificación de fuentes. A pesar de ello, chocan contra una barrera generacional preocupante: solo un 24% de los jóvenes accede de manera directa a un sitio web o aplicación de noticias para consultar la actualidad. De hecho, un 51% confía más en creadores de contenido individuales o en opiniones de influenciadores que en las marcas de medios tradicionales.

Solo un 24% de los jóvenes accede de manera directa a un sitio web o aplicación de noticias para consultar la actualidad

Aquí es donde se activa el peligro real de la desinformación. Cuando un joven se informa a través de un vídeo rápido o de un mensaje de un amigo que reenvía un contenido sin verificar, el riesgo de que se extienda una noticia falsa crece de manera exponencial. En un contexto global donde se estima que hasta un 50% de la información en circulación puede no ser veraz, confiar ciegamente en aquello que llega a través del círculo de amistades se convierte en la trampa perfecta. La velocidad de las redes premia el impacto emocional por delante de la verdad, dejando el pensamiento crítico en un segundo plano.

Recuperar el valor del periodismo riguroso y fomentar una auténtica educación digital entre los más jóvenes no es solo un reto pedagógico, sino una urgencia democrática para evitar que la realidad quede sepultada bajo un mar de mentiras virales.

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