No hemos entendido nada

Pero, ¿qué nos pasa? ¿La cifra de muertos de cada día ya no nos afecta? ¿De verdad no hemos aprendido nada?

El passeig de la Bisbal d'Empordà amb nens passejant o amb bicicleta aquest diumenge | ACN (G. Vilà) El passeig de la Bisbal d'Empordà amb nens passejant o amb bicicleta aquest diumenge | ACN (G. Vilà)

26 de abril.

Mis hijos no están desesperados por salir a la calle; uno es mayor de 13 y no puede todavía y la otra prefiere dormir hasta la hora de comer. Así que mi salida con niña de una hora y no más de un kilómetro de casa, tendrá que esperar, quizás, a la tarde.

A las 11 salgo, como cada día, con Bowie. A 300 metros de casa tenemos un barranco que se extiende hasta San Antonio de Benagéber, un entorno natural muy valorado para quienes amamos la naturaleza y los largos paseos y también para la compañía inmobiliaria británica Intu, que lleva años queriendo proyectar el mayor centro comercial de España –y según ellos, de Europa- ocupando un millón de metros cuadrados de pinos, algarrobos y arbustos. Los 375.000 metros cuadrados que pretendía edificar con 300 locales y 80 bares y restaurantes tampoco van a sobrevivir a la pandemia, además de que no habían conseguido consenso político para ejecutar el macro proyecto. Muchos suspiramos aliviados.

Mientras Bowie persigue a los conejos que llevan semanas campando a sus anchas por el parque de al lado de casa, veo a familias adentrándose en el barranco. El trasiego es notorio y novedoso.

Me he acostumbrado a pasear en silencio, sin el ruido de los coches de la pista de Ademuz y de la carretera de Manises que, en condiciones normales, se oye a casi cualquier hora del día. Llevo semanas paseando sola, rodeada de un zumbido intenso de abejas –algo insólito en los 10 años que vivo aquí- y sin una sola voz de niños. Y esto es lo primero que he notado hoy al salir a la calle.

“Papá, corre, ven!”, “¿jugamos al escondite”? “¡mama, por aquí no habíamos pasado nunca!”. Risas de niños de todas las edades –hasta los 13?-, patinetes por el parque,  bicicletas, mochilas.

Al ser una zona extensa, es difícil que no se guarde la distancia de seguridad y todo parece indicar que las familias están siendo responsables. Quizás estemos más cerca de acabar con esto, he pensado.

Me ha llamado la atención el uso tan dispar de las mascarillas. He visto familias enteras sin ella, otras que la llevaban todos e incluso, algunos con guantes. Si todos consultamos la misma información, ¿por qué no hay un patrón común?

Marián García, @boticariagarcia en redes, ha publicado esta semana un libro gratuito titulado 123 Preguntas sobre Coronavirus, donde explica que las mascarillas solo son necesarias si no se va a poder mantener la distancia de seguridad en el trabajo, en la compra, en espacios cerrados o en la calle. Además de que las autoridades no se cansan de repetirlo. Pero ha sido al llegar a mi calle cuando he empezado a entender que no todos leen, ni escuchan. Ni respetan.

A las 12 de la mañana, la acera que lleva hacia el centro de la urbanización estaba tan abarrotada como cualquier calle comercial de una gran ciudad. Increíble. He subido a casa enfurruñada y cuando he empezado a recibir las fotos del primer ensayo de desescalada en mis grupos de wasap, es cuando me he dado cuenta de que no hemos entendido nada.

Fotos hechas por amigos, por vecinos, fotos que muestran aglomeraciones en calles y parques, gente sentada en los paseos marítimos, en el viejo cauce del río Turia. Pero ¿qué nos pasa? ¿La cifra de muertos de cada día ya no nos afecta?¿De verdad no hemos aprendido nada? ¿Esto es lo que vamos a hacer en la desescalada?

A las 15.36 salgo de casa con Julia y con Bowie. Móvil en mano, nos adentramos en el barranco hasta que alcanzamos el kilómetro de distancia. No hay nadie porque llueve. Volvemos una hora después y sigue lloviendo. Gruño porque a los que tenemos perro nos critican por salir a menudo durante el confinamiento. Curioso que cuando llueve a cántaros nadie nos pregunta qué hacemos en la calle con el perro. En fin.

Son casi las 20 y ya no se oyen voces de niños en la calle; solo se oye algún perro ladrar a lo lejos.

En breve empezarán los aplausos y los “resistiré” desde los balcones.

Se nos dan bien los hashtags, se nos dan bien los gestos desde nuestras casas, pero cuando se trata de demostrar que somos responsables para dar un paso hacia el final de esta situación, la cagamos.

No hemos entendido nada.

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