Quizá una de las empresas más sostenibles de Catalunya nunca se definió a sí misma como sostenible. Los más de 125 años de historia de Ferrer&Ojeda invitan a plantear una pregunta que, en plena era de los indicadores ESG, las memorias corporativas y los planes de descarbonización, resulta más pertinente que nunca: ¿qué hace realmente sostenible a una empresa?
La respuesta parece evidente. Pensamos en emisiones, impacto ambiental, diversidad, gobernanza o economía circular. Y, sin duda, todos estos elementos forman parte de la ecuación. Sin embargo, cuando observamos aquellas organizaciones que han conseguido atravesar generaciones, crisis económicas, revoluciones tecnológicas y profundos cambios sociales sin perder relevancia, emerge una dimensión mucho menos visible que rara vez ocupa espacio en los informes corporativos.
Se trata de una sostenibilidad ligada a la continuidad, a la confianza y a la capacidad de adaptación. Una sostenibilidad que no suele medirse en toneladas de CO₂ ni en indicadores de cumplimiento, pero que acaba determinando la capacidad de una organización para permanecer.
Sobrevivir más de un siglo en el mundo empresarial no responde al azar. Tampoco puede explicarse únicamente por los resultados financieros. Es la consecuencia acumulada de miles de decisiones tomadas a lo largo del tiempo: decisiones relacionadas con las personas, los clientes, el crecimiento, la gestión del riesgo, la reputación y la forma en que una organización evoluciona sin perder aquello que la hace reconocible.
Ferrer&Ojeda nació en una época en la que nadie hablaba de sostenibilidad empresarial. Sin embargo, al observar su trayectoria, resulta difícil no identificar muchos de los atributos que hoy asociamos a ella: visión de largo plazo, prudencia, confianza, gobernanza, adaptación y continuidad generacional.
La compañía ha atravesado crisis económicas, cambios regulatorios, procesos de concentración empresarial y profundas transformaciones del sector asegurador, manteniendo una identidad propia y una mirada estratégica de largo recorrido. Precisamente ahí reside el interés del caso. No tanto en su longevidad como en las decisiones que han hecho posible esa longevidad. Y ahí aparece una de las paradojas más interesantes del debate actual.
Una empresa no es sostenible únicamente por lo que reporta, también lo es por aquello que le permite seguir existiendo
La última década ha estado marcada por un extraordinario esfuerzo de medición. Las empresas calculan emisiones, evalúan riesgos climáticos, monitorizan indicadores sociales y establecen objetivos cada vez más sofisticados. El avance es indiscutible. Sin embargo, cuanto más perfeccionamos las métricas, más fácil resulta olvidar aquello que sigue escapando a los cuadros de mando. Una empresa no es sostenible únicamente por lo que reporta, también lo es por aquello que le permite seguir existiendo.
Hemos aprendido a medir impactos, pero seguimos prestando menos atención a las dependencias que condicionan la viabilidad de cualquier organización: el talento, la energía, la tecnología, la confianza de los clientes, la estabilidad de los mercados o la fortaleza de su cultura corporativa. Porque las empresas no desaparecen únicamente por el daño que generan. También desaparecen cuando dejan de sostener aquello que las hace viables.
Buena parte de la identidad económica catalana se ha construido precisamente sobre la empresa familiar. Organizaciones nacidas para resolver necesidades concretas que, con el paso de las décadas, acabaron convirtiéndose en auténticas instituciones empresariales. Muchas de ellas llevan generaciones aplicando principios que hoy consideraríamos plenamente alineados con la sostenibilidad, aunque jamás los definieran de ese modo.

No utilizaban conceptos como ESG, resiliencia o propósito corporativo. Hablaban, simplemente, de hacer bien las cosas, de garantizar el futuro de la empresa y de preservar un legado capaz de trascender generaciones. Lo que hoy denominamos sostenibilidad formaba parte de su manera natural de entender el negocio.
Quizá por eso algunas de las lecciones más valiosas sobre sostenibilidad no proceden necesariamente de las organizaciones que mejor reportan, sino de aquellas que han demostrado una habilidad excepcional para adaptarse sin perder identidad.
Las reglas del juego empresarial están cambiando a una velocidad difícil de imaginar hace apenas una década
La reflexión adquiere una relevancia especial en el contexto actual. Las reglas del juego empresarial están cambiando a una velocidad difícil de imaginar hace apenas una década. La inteligencia artificial redefine modelos de negocio, la geopolítica vuelve a influir en decisiones de inversión y las cadenas de suministro se han convertido en una variable estratégica. A ello se suman nuevas exigencias regulatorias, riesgos climáticos y una volatilidad que ha dejado de ser coyuntural para convertirse en estructural.
En este entorno, la sostenibilidad ya no puede entenderse únicamente como una cuestión de impacto. También debe interpretarse como la capacidad de una organización para desenvolverse en la complejidad, anticipar riesgos, conservar la confianza de sus grupos de interés y seguir siendo relevante cuando el contexto cambia.
Por eso, cuando observamos empresas como Ferrer&Ojeda, la pregunta más interesante no es cómo han llegado hasta aquí. La verdadera cuestión es qué podemos aprender de ellas.
Porque detrás de más de 125 años de historia no hay únicamente crecimiento empresarial. Hay cultura, gobernanza, adaptación y miles de decisiones tomadas pensando más allá del próximo trimestre. Hay una forma de entender la empresa que rara vez aparece en los indicadores y que, sin embargo, acaba determinando su capacidad de supervivencia.
Ferrer&Ojeda no resulta interesante únicamente por sus más de 125 años de historia. Lo verdaderamente interesante es lo que esa trayectoria revela: la importancia de activos como la confianza, la cultura corporativa, la reputación o la visión de largo plazo. Elementos que apenas aparecen reflejados en los balances y que, sin embargo, terminan condicionando el futuro de cualquier organización.
En un momento en que las empresas intentan anticipar riesgos cada vez más complejos, quizá convenga recuperar una idea tan simple como olvidada. La sostenibilidad no empieza cuando una organización publica un informe. Empieza cuando toma decisiones que le permiten seguir existiendo dentro de cien años.