La productividad, reto económico prioritario. Así es como se titulaba la tribuna con la que me estrené en este diario en julio de 2022. Exponía la necesidad de mejorar la productividad para converger en los niveles de renta per cápita con el resto de países de la eurozona y garantizar un estándar de bienestar equiparable al de nuestros vecinos. Entre las causas que aquel artículo mencionaba, destacaba la estructura empresarial de Catalunya, basada exageradamente en la microempresa. Actualmente, representan el 93,9% del conjunto de las empresas de Catalunya, según datos del Observatori de la PIME de Pimec.
En los últimos tiempos, el debate sobre la dimensión empresarial ha cobrado fuerza como uno de los principales cuellos de botella que afecta la productividad de nuestras empresas. La dimensión empresarial es una variable clave que condiciona la capacidad de las empresas de satisfacer demandas del mercado mediante la creación de valor añadido, atraer y retener el talento necesario, y retribuir adecuadamente a los accionistas, que constituyen hoy los principales atributos de la competitividad empresarial. Todo ello, haciéndolo además de manera sostenible en el tiempo y en mejores condiciones que la competencia.
Una parte significativa de nuestro tejido empresarial tiene dificultades para alcanzar la dimensión empresarial óptima necesaria para desarrollar estas capacidades. Uno de los síntomas más evidentes de este hecho es la elevada fragmentación que podemos observar en muchos sectores y territorios del país: un gran número de empresas, pero muy pocas con cifras de negocio mínimamente significativas. En consecuencia, un desequilibrio entre los indiscutibles beneficios que comporta la competencia empresarial y los que se derivan de favorecer mayores grados de concentración.
En cierta manera, la estructura empresarial de un país es el reflejo de la apuesta de un determinado modelo de política industrial; en el caso de Catalunya, el de un modelo orientado al apoyo a las pequeñas y medianas empresas y a la configuración de un tejido diversificado. Este enfoque contrasta con el de aquellos países que tradicionalmente han apostado por modelos orientados a la creación de campeones nacionales, como es el caso de Francia, que ha impulsado de manera deliberada la creación de campeones nacionales en sectores estratégicos, con empresas como Airbus, Thales o Beneteau como ejemplos industriales paradigmáticos. La principal característica de este modelo es el apoyo explícito del Estado a empresas líderes, así como su rol como accionista o comprador, que favorece su crecimiento.
En cierto modo, la estructura empresarial de un país es el reflejo de la apuesta de un determinado modelo de política industrial
Si observamos los diferentes modelos que han adoptado las economías avanzadas, encontramos, en los extremos, dos aproximaciones opuestas. Por un lado, aquellas que han situado empresas estatales o paraestatales como motor de su desarrollo industrial. Por otro, las que han confiado exclusivamente en el mercado y en la iniciativa privada, con los mercados financieros como principales facilitadores.
A pesar de ello, el crecimiento empresarial no depende únicamente del marco de política industrial, como lo evidencian otros países que tradicionalmente también han apostado por modelos orientados a la pyme, como el caso del Mittelstand alemán, que tiene una proporción similar de pymes que Catalunya, pero tiene más del doble de empresas medianas, sino también de los incentivos reales a los que responden las empresas. El hecho de que muchas opten por no crecer es, en buena parte, una respuesta racional a estos condicionantes y, a la vez, un reflejo del estado de ánimo de nuestro empresariado.
Entre los factores que intervienen destacan los de la carga burocrática, la dificultad para encontrar talento cualificado, desincentivos fiscales, una retribución del riesgo del crecimiento a menudo percibida como insuficiente, el acceso a la financiación y la incertidumbre asociada al relevo generacional, que reduce el horizonte necesario para amortizar inversiones estratégicas.
El reto no es solo crear nuevas empresas, sino conseguir que las existentes puedan crecer y evolucionar hacia dimensiones medianas
En este contexto, el reto no es solo crear nuevas empresas, sino conseguir que las existentes puedan crecer y evolucionar hacia dimensiones medianas. Hay que entender que a menudo la vía más efectiva para conseguirlo es por medio de la concentración empresarial, ya sea mediante fusiones, adquisiciones u otras formas de integración que permiten sumar capacidades, ganar escala y competir en mejores condiciones. Facilitar activamente esta evolución, tanto entre empresas catalanas como en el ámbito europeo, es probablemente una de las asignaturas pendientes de nuestra economía y una prioridad ineludible en el debate sobre la dimensión empresarial.
En definitiva, en un mundo inmerso en la 4ª Revolución Industrial y en las expectativas de mejora de productividad asociadas a la inteligencia artificial, tener una cierta dimensión ya no será una opción, sino una condición necesaria para competir. Facilitar el crecimiento empresarial no es solo una política económica, sino una apuesta por el futuro de nuestra prosperidad.