Desde el avión, antes de aterrizar en el Ninoy Aquino de Manila, hay un detalle que cada vez cuesta más ignorar: en los rascacielos, los barrios residenciales y los polígonos industriales, cada vez son más visibles los tejados cubiertos de placas solares. Viviendas unifamiliares, centros comerciales, naves logísticas y edificios de oficinas incorporan masivamente una tecnología que hasta hace muy poco parecía reservada a una minoría.
La proliferación de estas instalaciones no responde a una apuesta verde del gobierno de Ferdinand Marcos Jr., ni tampoco a una sobredosis de conciencia ambiental. La razón es mucho más prosaica: económica. Las Filipinas tienen una de las electricidades más caras del sudeste asiático y una dependencia absoluta de los combustibles importados. Producir la propia energía ya no es un gesto de futuro; es la decisión más rentable del presente.
Las Filipinas tienen una de las electricidades más caras del sudeste asiático y una dependencia absoluta de los combustibles importados
Este es uno de los efectos colaterales de la inestabilidad geopolítica global. El encarecimiento del petróleo y del gas, agravado por los conflictos en Ucrania o en Oriente Próximo, ha alterado profundamente los cálculos económicos de miles de empresas. En Asia, la transición energética no avanza por los motivos conceptuales que a menudo dominan el debate público europeo. Más allá de los objetivos de descarbonización, son las cuentas de explotación las que dictan las inversiones. El autoconsumo ha dejado de ser una apuesta de futuro para convertirse en una decisión empresarial inmediata.
Las cifras de BloombergNEF confirman la tendencia: las Filipinas encabezan el crecimiento mundial de la capacidad fotovoltaica en la región. Las importaciones de paneles chinos se han disparado y las empresas instaladoras locales reconocen que la demanda satura su capacidad operativa. Las empresas ya no buscan un sello de sostenibilidad para colgar en la pared; buscan estabilizar sus gastos y blindarse ante la volatilidad de los mercados internacionales. La energía ha pasado de ser una simple factura de suministros a un factor crítico de competitividad.
Este cambio no afecta solo a las grandes corporaciones. Hoteles, centros comerciales, industrias u operadores logísticos incorporan el autoconsumo como una pieza más de su estrategia empresarial. Las placas solares dejan de ser un distintivo ambiental para convertirse en un seguro ante la volatilidad de los mercados energéticos. Garantizar una parte del propio suministro significa hoy disponer de más autonomía y de más capacidad de planificación.
La energía ha pasado de ser una simple factura de suministros a un factor crítico de competitividad
Vista desde Manila, la transición energética adquiere una lectura diferente de la que a menudo domina el debate europeo. Las renovables continúan siendo una respuesta al cambio climático, pero su principal impulso proviene, cada vez más, de la geopolítica y de los incentivos económicos. El encarecimiento de los combustibles fósiles, la incertidumbre sobre las cadenas de suministro y la volatilidad de los precios han convertido el autoconsumo en una decisión de negocio antes que en una declaración ambiental. Quizás por eso Filipinas no es una excepción, sino un adelanto de lo que probablemente veremos en muchos otros mercados durante los próximos años.
En Europa, buena parte del debate sobre la transición energética continúa girando alrededor de las subvenciones, la regulación o los objetivos de descarbonización. Son instrumentos necesarios, pero el caso filipino recuerda que los mercados también pueden actuar como un acelerador mucho más potente de lo que a menudo se asume. Cuando los costes energéticos dejan de ser previsibles, las renovables dejan de ser percibidas como una apuesta de futuro y pasan a formar parte de la gestión ordinaria de cualquier empresa.
Quizás esta es la imagen que vale la pena retener después de aterrizar en Manila. No son solo unos cuantos tejados cubiertos de placas solares, sino el síntoma de un cambio más profundo en la manera como empresas y familias entienden la energía. La transición energética continúa siendo una respuesta al cambio climático, pero la lección que nos dan las Filipinas es que también puede ser una respuesta a los riesgos de una economía global cada vez más expuesta a la incertidumbre geopolítica. Y esta, probablemente, es una de las transformaciones económicas más relevantes que hoy se están gestando en Asia.
Cuando el avión despega de nuevo de Manila, aquellos tejados cubiertos de placas solares dejan de parecer una curiosidad local para convertirse en el adelanto de una tendencia global. Quizás la revolución energética no empezará en los grandes discursos internacionales, sino en las decisiones cotidianas de miles de empresas que han llegado a la conclusión de que producir su propia electricidad es, sencillamente, el mejor negocio posible.
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