Romper Facebook para construir democracia

El profesor de Ciencia Política en la Universidad de Exeter James Muldoon explora las posibilidades de una red descentralizada en su último ensayo 'Platform Socialism'

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Las grandes compañías tecnológicas, algunas de las que hoy lideran los rankings mundiales de facturación y valor bursátil, llegaron a la conciencia colectiva de la ciudadanía navegando una oleada de contracultura. Las décadas en los márgenes del corto siglo XX que definió Eric Hobsbawm, de la mano de la revolución conservadora y las sucesivas victorias de la nueva razón del mundo, elevaron Microsoft o Apple al estatus de heraldos de un futuro de creatividad, conectividad e individualidad frente al gris y terrorífico leviatan estatal al otra trinchera de la guerra fría. Durante los primeros años del XXI, Silicon Valley consiguió replicar esta narrativa, estableciéndose como una herramienta progreso social, cómo servidores de valor colectivo mediante la tecnología. Casos cómo el escándalo de Cambridge Analytica, sin embargo, levantan este telón, y la Big Tech se desvela cara el público como un monstruoso aparato con ambiciones imperiales que aspira a hacerse imprescindible para explotar la actividad de sus usuarios cómo los barones del petróleo que explotaban mineros y pozos desde antes de la Primera Guerra Mundial. "Esto era hasta ahora impensable, pero se ha construido una conciencia de la necesidad de limitar el poder de las grandes tecnológicas", afirma James Muldoon.

En su último libro Platform Socialism: How tono Reclaim our Digital Future from Big Tech (Pluto Press, 2022), el profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Exeter parte de esta premisa para plantear dos cuestiones: cómo han llegado las grandes tecnológicas a expandirse hasta los últimos límites de la vida y las relaciones contemporáneas; y cómo estos espacios se pueden reclamar para hacerlos operar en beneficio de las mayorías sociales. Tal como identifica en los primeros capítulos del ensayo, los gigantes de la tecnología han logrado cuotas de poder inauditas incluso para los más grandes capitales industriales mediante una combinación de clásicas prácticas lobbístiques – compañías cómo Facebook, Uber o Airbnb han dedicado centenares de millones de dólares a echar atrás cualquier regulación que cuestionara su modelo de negocio – con tácticas de organización de comunidades aprendidas, de hecho, de los movimientos sociales. "Emprendedores del mundo, uníos!", ironiza Muldoon, que observa cómo las apelaciones a este sentido de comunidad, siempre construido alrededor de la generación de beneficio con, a menudo, servicios y productos que tendrían que ser utilities, han sido una herramienta capital para la supervivencia del discurso tecnoutópico y determinista de las plataformas tal como las conocemos.

"El primer paso para contradecir estos poderosos intereses es imaginar posibles futuros que escapan de su control. Solo entonces podremos construir un ecosistema exitoso de alternativas democráticas para reclamar nuestro futuro digital"

Sin negar la utilidad de muchos de los servicios tecnológicos y digitales que están en núcleo de plataformas como las mismas Facebook o Twitter, Muldoon cuestiona la necesidad de los entramados empresariales, tendentes a la oligarquía, que las hacen funcionar. El académico plantea la posibilidad de una nueva economía digital basada en la colaboración público-comunal, especialmente de la mano de los nuevos municipalismes, en que no se establezca el falso dilema entre evolución técnica y beneficios sociales. Proyectos como el marketplace digital municipal Up&Go, en Nueva York, o los ride shares propuestos en varias ciudades de Texas después de las regulaciones contra Uber que la multinacional derruyó en 2020 precisamente con una inversión de 200 millones de dólares en presión a las administraciones, demuestran la posibilidad de establecer una nueva economía digital que ofrezca "eficiencia y solidaridad; innovación e igualdad".

El amplio alcance de las grandes tecnológicas en la gestión de la vida social – las relaciones personales, los contactos laborales, la comunicación política... – hacen que su socialización devenga un elemento clave para la pervivencia de la participación democrática. Su carácter de escala, tal como reconoce el autor, plantea un conflicto. ¿Cómo maximizar la presencia cívica en la toma de decisiones sobre servicios y estructuras, por su propia naturaleza, muestran una clara tendencia hacia la concentración del poder? Muldoon se muestra escéptico con la noción de grandes plataformas controladas por el Estado, o por una conjunción supraestatal, por la deriva burocrática que estas pueden tomar – además de por las limitaciones de conectividad territorial que provocaría una fragmentación geográfica de las plataformas. Aún así, admite el profesor, unas redes y plataformas de propiedad pública serían un paso adelante en comparación con la estructura corporativa actual, en cuanto que conservarían "la fina capa de participación ciudadana que todavía mantienen las democracias liberales" occidentales.

Cuestión de imaginar

Muldoon está claro a lo largo de su ensayo – en una tendencia que comparte con autores cómo su referente Nick Srnicek, autor del análisis estructural de la economía digital Platform Capitalism, o Mark Fisher – en que la gran victoria de la Big Tech es su control, esencialmente, sobre la imaginación y el deseo. Dejar a los designios del mercado el desarrollo de las tecnologías ligadas a la web social han posado vallas que delimitan el que pensamos que puede ser internet, el que le pedimos como ciudadanos, trabajadores y, en conjunto, cuerpo social en la red. De la mano del maestro Erik Olin Wright, el profesor aboga por una transformación intersticial: el aprovechamiento de las rendijas de democracia y colectividad que quedan dentro de las plataformas para construir nuevos mundos dentro del viejo, pequeños nodos de organización que alejen, cuando no echen abajo, las paredes del progreso tecnológico de mercado.

La colaboración público-colectiva gana mucha importancia en esta aproximación estratégica a la reanudación del poder sobre la platform economy que propone el académico. Al final del día, las victorias discursivas y de imaginación económica necesitan un apoyo material y normativo – cuántas divisiones tiene el Papa, que preguntaba alguien en un salón francés – para funcionar. Regulaciones que obliguen las compañías a informar sus usuarios de cómo se usarán sus datos, o que prohíban su venta a terceros; normativas laborales que impidan que las plataformas traten sus trabajadores cómo contratistas independientes, o las mismas leyes anti trust que pretenden – hoy por hoy, sin éxito – limitar el poder de macrocorporacions como Alphabet se hacen imprescindibles hacia la transición hacia un mundo digital democrático. La fuerza social en forma de organizaciones alternativas en entornos digitales, eso sí, puede proveer el regulador de la legitimidad democrática para implementar estas normas ante las "resistencias" de la Big Tech que Muldoon reconoce que inevitablemente se sufrirán.

En Platform Socialism, Muldoon hace un ejercicio inteligente de imaginación en sí mismo. Su propuesta de recodificació de las relaciones sociales ofrece la alternativa a un capitalismo digital que va más allá de la vigilancia y está profundamente adentrado en la explotación y el crecimiento productivo mediante el minado y venta de datos en plataformas obscurantistes y antidemocráticas. Pero queda claro, al leer el ensayo, que pensar y construir alternativas colectivas y sociales ante este capitalismo de plataformas comporta inevitablemente pensar y construir alternativas al modo de producción en si mismo; imaginar una organización digital diferente es también imaginar una organización económica diferente. "El primer paso para contradecir estos poderosos intereses es imaginar posibles futuros que escapan de su control. Solo entonces podremos construir un ecosistema exitós de alternativas democráticas para reclamar nuestro futuro digital".

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