Las mismas aguas del río Aare (o Aar, en francés) que bañan Berna son las que atraviesan, unos 30 kilómetros al norte, la ciudad de Solothurn, capital del cantón homónimo de la Federación Suiza. No esperen la misma escala: la (de facto) capital helvética concentra, dentro de los límites del municipio, una población mayor que la del cantón entero de Solothurn, que bordea los 290.000 habitantes, mientras que la ciudad en sí misma se encuentra cerca de los 17.000. Pero esta dimensión más reducida no es obstáculo para que la “ciudad barroca más bonita de Suiza”, curiosamente obsesionada con el número once, sobresalga como un ejemplo destacado del talante y saber hacer de la república alpina.
Hay que remontarse hasta dos milenios atrás para encontrar los orígenes de la población: es entre el año 15 y el 25 de nuestra era que los arqueólogos sitúan la construcción del primer asentamiento romano de la zona. Con el tiempo, la villa formada a su alrededor se fue expandiendo hasta cubrir el actual casco antiguo, que fue fortificado en el siglo III. De la misma época datan los dos mártires cristianos vinculados a la población, san Víctor de Solothurn y san Urso de Solothurn, al segundo de los cuales está dedicada la catedral homónima de la ciudad.
Después de la caída del Imperio Romano, Solothurn pasó por varias manos: el primer reino de los burgundios, el reino franco de Lotaringia, el reino de Arlés… Con la inclusión de este último dentro del Sacro Imperio Romano, la ciudad alpina se incorporó al imperio germánico, y a partir del siglo XIII, ya independizada de Arlés, se mantuvo bajo la condición de ciudad imperial libre. Pero la fecha importante es 1481: el año en que Solothurn oficializó su entrada a la confederación helvética como undécimo cantón de la alianza.
El carnaval de Solothurn se celebra desde el siglo XIV y reúne cada año a más de 30.000 visitantes por las calles barrocas del casco antiguo
Un hecho destacado de este recorrido histórico es que Solothurn fue sede, entre 1532 y 1792, de la embajada francesa en la confederación helvética. Es esta influencia gala, bien encuadrada temporalmente, la que impulsó la arquitectura barroca que caracteriza el casco antiguo de la ciudad. Hoy, Solothurn es uno de los atractivos turísticos del país por este conjunto arquitectónico, dieciocho edificios de los cuales forman parte del inventario suizo de bienes culturales de interés nacional y regional. Por sus calles se celebra el carnaval (fasnacht) de Solothurn, uno de los más importantes de Suiza, cuyos desfiles ya se llevaban a cabo en el siglo XIV y que cada año reúnen a unos 30.000 visitantes (casi el doble de la población de la ciudad). Y es también en este entramado barroco que el número once se consolida como rasgo identitario.
Once hechos de una obsesión oncenaria
Ya hemos mencionado que Solothurn fue el undécimo cantón en unirse a la confederación suiza, pero esta no es la única casualidad histórica que vincula la ciudad con este número. Eran también once los gremios profesionales que operaban en la ciudad en época medieval y moderna, y once fueron también los protectorados en que se subdividió el cantón durante el siglo XVI. Lo que no queda claro es cuándo comenzó la obsesión de la ciudad con el once. El periodista Mike MacEacheran recoge en un artículo para la BBC diversas teorías: una leyenda popular que la vincula a unos duendes (elf en alemán, misma grafía que el número once), su significado bíblico, su lectura numerológica…
Sea como fuere, la idea ha calado hondo. En Solothurn se pueden encontrar once iglesias y capillas, once museos, once torres históricas u once fuentes tradicionales, cada una con una representación histórica diferente. La ciudad también tiene un peculiar reloj con solo once horas que, a las once en punto, activa el movimiento de un pequeño autómata (rodeado, no hace falta decirlo, de once campanillas) y hace sonar una agradable melodía. La manía por el once también se ha trasladado a los comercios de la ciudad: la cervecería local decidió crear la marca Öufi (once en el alemán suizo hablado en Solothurn) para sus cervezas, mientras que la confitería centenaria Hofer tiene entre sus productos el chocolate con leche 11-i.

Pero si hay un elemento que institucionaliza el onceísmo de Solothurn, este es la ya mencionada Catedral de Santo Urso. Construida entre 1762 y 1773 (¡vaya, once años!) y conceptualizada por el arquitecto italiano Gaetano Matteo Pisoni, la iglesia es una oda al número once. Presten atención: la escalinata de entrada al templo está formada por tres tramos de once escalones; en sus laterales, las dos fuentes que dan la bienvenida a los visitantes (una de Gedeón y la otra de Moisés con cuernos) sacan el agua por once grifos; once son, también, las puertas de acceso a la catedral, cuya estructura se divide verticalmente en tres franjas de once metros cada una; el campanario de la catedral alcanza una altura de seis veces los once metros, y dentro suenan once campanas cada vez que hay que dar la hora; en el interior, los reclinatorios están distribuidos en hileras de once, y las teclas del órgano son divisibles entre el mismo número. Y el colofón final: dentro del edificio hay un total de once altares, que solo son todos visibles a la vez desde un punto muy concreto del pasillo central: la undécima piedra negra.
Una industria impulsada por las tecnologías médicas y la relojería
Pero Solothurn es más que filias numéricas y casas bonitas. El cantón al que da nombre y capital, con una superficie de 791 kilómetros cuadrados (aproximadamente, la comarca de Les Garrigues), concentra un PIB de 17.000 millones de francos suizos, según los datos de la plataforma suiza de inteligencia de mercado ValIndex, unos 18.600 millones de euros al cambio. Si alargamos la comparación con Catalunya, solo el Barcelonès, el Vallès Occidental y el Baix Llobregat superarían esta cifra. Lo que sí difiere es la tasa de paro, que es solo del 2,5%.
Continuando con la misma fuente, en el cantón de Solothurn operan unas 18.200 empresas, entre las cuales destacan especialmente las dedicadas a la tecnología médica, distribuidas en diferentes municipios de la región. En la capital encontramos el centro de operaciones de Ypsomed, una compañía especializada en el desarrollo y fabricación de inyección e infusión para la automedicación que abrió en Barcelona su primer centro de I+D fuera de Suiza. La empresa de soluciones ortopédicas y de neurocirugía Depuy Synthes, adquirida por Johnson & Johnson en 1998, ocupa a unas 3.500 personas en el municipio de Zuchwil, mientras que la estadounidense Stryker, especializada en el mismo ramo, da trabajo a 2.500 trabajadores en Selzach.

Más allá de las tecnologías médicas, el metal y la construcción sobresalen como industrias punteras de Solothurn, como también lo hace la industria relojera. No en vano, uno de los sectores que más identifica internacionalmente al país alpino tiene una presencia destacada en el cantón de Solothurn, concretamente en la ciudad de Grenchen, donde hace más de 150 años que trabajan. Allí se concentran las sedes de ETA (empresa del grupo Swatch fundada en 1856); Breitling, Epos Watches, Fortis Watches, Eterna o Nivada.
Desde hace más de 150 años, la ciudad de Grenchen es un destacado centro de relojería, con empresas como Breitling, Eterna o EPOS Watches
Donde también destaca el cantón de Solothurn es en el ámbito logístico. Situado en el centro de las líneas de tren que conectan Zúrich, Berna, Basilea y Lucerna, la ciudad de Olsten (una de las tres más pobladas, junto con Solothurn y Grenchen) se ha posicionado como un hub ferroviario y una alternativa menos costosa para las industrias que proveen a las principales ciudades del país. Tener Berna a media hora de trayecto, Zúrich, Lucerna y Basilea a una hora o Lausana a una hora y media sitúan a Solothurn en una situación similar, e incluso más ventajosa, a la que tiene Zaragoza en el Estado español.
Una descarbonización acelerada... aún dependiente de las nucleares
El último ámbito económico que también vale la pena destacar es el energético. En VIA Empresa ya hemos hablado de Youdera, la empresa de energía solar suiza que ha empezado a exportar su modelo a la península ibérica. La compañía tiene su sede central en Lausana, pero escogió Solothurn como sede de la Suiza germanófona precisamente por su posición céntrica, y sirve como buen ejemplo del panorama energético de la confederación. Sin acceso natural a combustibles fósiles, pero sí muchos recursos hídricos, la energía hidroeléctrica concentra más del 55% de la producción energética del país, que tiene un 98% de la energía libre o baja en carbono. A pesar de no contar con la radiación solar de países como España, la energía solar también ha avanzado con fuerza en los últimos años, y en 2025 representaba un 11,3% del total.
Sin embargo, la segunda gran fuente de energía de Suiza es la nuclear, que representa el 27,4% del total. Allí, el debate no se aleja mucho del que se mantiene en Catalunya y el Estado español: la viabilidad de cerrar las centrales nucleares en la fecha acordada. En el caso de Solothurn, además, la conversación tiene aún más peso, ya que desde 1978 tiene en marcha la central nuclear de Gösgen, en una de las curvas del río Aare, en el municipio de Däniken. Con una capacidad de generación neta de 1.010 megavatios, una potencia similar a la de Ascó I o Ascó II, la electricidad que produce equivale a alrededor del 13% de la electricidad de toda Suiza y es la segunda más importante del país, solo por detrás de la de Leibstadt. Este mismo mes de mayo, el consejo federal suizo ha publicado un informe en el que se concluye que alargar la vida operativa de estas dos instalaciones es “técnicamente viable” y, probablemente, rentable.
La central nuclear de Gösgen, situada en el municipio de Däniken, es la responsable del 13% de la electricidad generada en toda Suiza
Vemos, pues, cómo la pintoresca ciudad barroca de Solothurn y los municipios del cantón que capitanea encapsulan buena parte del ADN que conforma la “marca Suiza” de la que tanto se enorgullece el país: una industria tecnológica y relojera potente, un sistema energético descarbonizado y un importante (y puntual) sistema ferroviario que conecta el territorio capilarmente. La principal diferencia es, posiblemente, la iconografía: sin menospreciar la cruz de la bandera suiza, es evidente que en Solothurn les mueve más el número once.