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Balsells, fabricante metalúrgico en Catalunya desde 1850

Una pyme de Castellbisbal que ha pasado de la herrería rural a la fabricación industrial especializada

Rafel Balsells con su hermano, sexta generación de Balsells | Cedida
Rafel Balsells con su hermano, sexta generación de Balsells | Cedida
Bernat Bella
Periodista
19 de Enero de 2026 - 04:55

Ferreria Balsells nació a mediados del siglo XIX como un pequeño taller de herrero en la calle de Sant Antoni de Castellbisbal y, 175 años después, continúa trabajando el metal en el mismo municipio vallesano. Fundada oficialmente en 1850, la empresa es hoy un taller industrial especializado en la fabricación de piezas metálicas a medida, con una facturación de unos 500.000 euros anuales y una actividad centrada mayoritariamente para la industria en Catalunya. Seis generaciones después, el proyecto continúa en manos familiares, con Rafel Balsells y su hermano al frente. “La clave para haber llegado hasta aquí ha sido adaptarnos siempre a lo que pedía el momento”, resume Rafel, actual responsable y sexta generación.

 

De herrero de pueblo a taller industrial

Los orígenes de Balsells se remontan a un herrero que ya existía antes de 1850. El nombre actual se oficializa cuando llega el primer Balcells a Castellbisbal y se casa con la hija del herrero. Durante más de un siglo, el taller da servicio a un Castellbisbal eminentemente rural: se herran caballos, se reparan carros, herramientas del campo y se fabrican elementos de forja para las casas, como barandillas o puertas.

“Hasta hace unos cincuenta años, el trabajo era totalmente local”, explica Balsells. El pueblo vivía del campo y los animales eran imprescindibles. Pero a partir de los años sesenta y setenta, todo empieza a cambiar: desaparecen los animales, llegan las primeras máquinas de soldar y la herrería tradicional deja paso a la cerrajería para la construcción, que estaba en pleno auge.

 

La industria entra en el pueblo

El gran punto de inflexión llega a finales de los setenta y ochenta, cuando Castellbisbal experimenta una fuerte industrialización. Se instalan fábricas y empresas que necesitan piezas metálicas, mantenimiento y fabricación a medida. Balsells entra en contacto con este nuevo tejido productivo y transforma completamente el negocio. “Dejamos la cerrajería para particulares y empezamos a hacer mantenimiento industrial y fabricación de piezas”, recuerda Rafel. En los noventa, el taller ya sale definitivamente del ámbito doméstico y se convierte en una empresa de fabricación de estructura metálica en serie: cortar, soldar, mecanizar o curvar tubos son algunos de sus servicios. 

Rafel Balsells: "Si no nos hubiéramos abierto a otros mercados, no habríamos sobrevivido"

La historia de Balsells está marcada por la capacidad de adaptación. En los años ochenta, una fuerte crisis de la construcción obliga a buscar alternativas fuera del sector. “Si no nos hubiéramos abierto a otros mercados, no habríamos sobrevivido”, admite. Esta flexibilidad es especialmente compleja en una pequeña empresa familiar, donde no hay departamentos especializados y todo el mundo tiene que hacer de todo: producción, clientes, comercial y gestión.

Los últimos veinte años han sido complicados para el sector. Buena parte de la fabricación se ha deslocalizado hacia China o Europa del Este, y muchos clientes que antes producían aquí ahora solo comercializan. “Hemos pasado de hacer series de 10.000 piezas a series de 200”, explica. La respuesta ha sido clara: menos volumen, más especialización. Esta transformación ha ido acompañada de la reducción del personal y hoy solo se dedican a ello Rafel y su hermano, con una facturación de medio millón de euros y una producción de entre 20 y 30 toneladas de material mensual. 

Series pequeñas, trato directo y oficio

Hoy, Balsells no compite en grandes volúmenes. “Cuando una pieza requiere mucha producción, sabemos que no la podemos hacer aquí, por precio”, reconoce Rafel. El valor añadido es otro: piezas personalizadas, series cortas y trato directo con el cliente. “En una empresa familiar, el cliente se siente cuidado, tiene respuesta rápida, y eso lo valora mucho”. Uno de los grandes activos del taller es el curvado de tubo, una especialidad que practican desde hace más de cuarenta años. "Cada vez queda menos gente que lo haga, y es un valor añadido muy claro", apunta. A partir de este servicio, a menudo llegan otros encargos y es la puerta de entrada a la empresa.

A diferencia de otras empresas, Balsells nunca ha tenido producto propio. Su fuerza ha sido trabajar para sectores muy diversos: mobiliario (en los años ochenta), estructuras para granjas, soportes para iluminación, mantenimiento industrial, contenedores o envases metálicos. "En todo lo que haya tubo curvado y soldadura, podemos dar servicio", resume. Entre sus clientes hay empresas como Salter, fabricante de máquinas de gimnasio, o Erra, especializada en instalaciones para granjas. Aproximadamente el 80% de la facturación es en Cataluña, y entre un 10% y un 15% en el resto del Estado.

Seis generaciones y un futuro abierto

La continuidad familiar ha sido clave para llegar hasta aquí. Históricamente, la empresa se ha transmitido a través de la figura del heredero, lo que ha evitado la fragmentación del negocio. "Siempre han trabajado familiares, pero el negocio se ha mantenido unido por la figura del heredero", explica Balsells. Hoy, él y su hermano son los únicos al frente. El futuro, sin embargo, es incierto. No hay relevo generacional claro y el reto es mantener la actividad hasta la edad de jubilación y decidir qué hacer después. "No sabemos qué continuidad tendrá la empresa", admite con sinceridad.

Orgullo, oficio y resistencia

La historia personal pesa en la actual generación. El padre murió con solo 46 años y Rafel entró en la empresa con 19, cuando estaba estudiando y no había intención de incorporarse al negocio: "La vida nos cambió radicalmente. Nos lo encontramos y tuvimos que tirar adelante". Treinta y un años después, lo vive con orgullo.

También con una mirada crítica hacia el entorno. “Sacar adelante una pyme cada vez es más difícil. La administración lo pone muy complicado y muchos talleres pequeños han acabado cerrando o vendiéndose a multinacionales”. Balsells es una excepción. Uno de los pocos talleres que aún resisten, fabricando aquí, con oficio y adaptándose, como han hecho siempre, a cada nueva etapa.