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Entre mis más antiguos recuerdos de infancia está la cajita de cartón de mantequilla Cadí. Cada día, al levantarnos, ya nos esperaba el desayuno que había preparado la abuela: una tostada de pan con mantequilla, con una espolvoreada de azúcar por encima. Todavía recuerdo el crujido del azúcar mientras degustaba aquella pequeña comida. Todo muy sencillo y a la vez placentero. Tanto, como para formar parte de los recuerdos permanentes. De hecho, este recuerdo ha tenido repeticiones diarias, ya que esta mantequilla ha estado siempre en mi nevera. Más adelante se han añadido el requesón y los quesos, sobre todo el Neu y el Urgèlia.
La Cooperativa Cadí nació en el Alt Urgell en el año 1915. Unos años antes la filoxera había destruido todos los viñedos. La pobreza, sobre todo en las áreas de montaña, ya no era una amenaza, simplemente era una realidad insoportable. Las expectativas de futuro hablaban de abandono y emigración. Pero a veces hechos casuales se vuelven transformadores. Aquella imagen captó el interés del político agrarista Josep Zulueta que se encontraba de vacaciones en la Seu d’Urgell. En el verano de 1897 Zulueta escribió un artículo que hablaba de nueva esperanza y que ha quedado como la piedra Rosetta del impulso del Alt Urgell y la Cerdanya. Había que negar la desdicha haciendo otra cosa y haciéndolo diferente. Las vacas frisonas podían ser una ganadería apropiada productora de leche. En paralelo el sistema cooperativo podía ser la manera de unir esfuerzos y convertir en posible aquello que uno veía inalcanzable desde la iniciativa individual.
La longevidad de Cadí, en buena salud 111 años después de su inicio, ya deja manifiesto el buen hacer de los pioneros de aquella iniciativa empresarial y de su capacidad de adaptación a los tiempos muy cambiantes que seguidamente se producirían o, desafortunadamente, se producirán con el cambio climático como gran disruptor. De hecho, como muchas cooperativas, Cadí nació de la dificultad. Pero, supo recoger y gestionar bien los valores que, paradójicamente, la dificultad enseña: realismo, prudencia, frugalidad y voluntad enrabietada de futuro. A todo ello sumó la generosidad precisa para sumar en el marco no siempre fácil de la cooperativa.
Cadí supo entender que mirar hacia adelante requería sumar y cooperar. Era necesario innovar en la dinámica de transformación empresarial, de la mano de las mejores tecnologías y apostar decididamente por la calidad de sus productos. Estas dos opciones, tecnología y excelencia de producto, son las que han aportado el diferencial que ha permitido superar el hándicap competitivo de las tierras de montaña.
Actualmente, se está impulsando la robotización de todas las granjas. Algo que es importante para la competitividad de la producción, pero aún más para garantizar el relevo generacional. Los jóvenes ganaderos se ven liberados de los horarios y la rudeza del ordeño y pueden imaginar su futuro de una manera más adaptada a las comodidades de los tiempos actuales.
Pero la iniciativa también reclamaba un plus de solidaridad, necesaria para encajar en un solo proyecto realidades diferenciadas. Por ejemplo, recoger diariamente la leche de granjas muy separadas por distancia o por dificultad de los caminos exigía diluir estas diferencias bajo el paraguas de la viabilidad del proyecto. Las diferencias aceptadas también existen y de ellas depende la remuneración a los productores, pero son únicamente dos: calidad y cantidad de producto, ambas diferencias que encaminan hacia la mejora de la productividad.
Cadí está al lado de las mejores iniciativas culturales, deportivas, artísticas y sociales que se desarrollan en el Alt Urgell y Cerdanya
La cooperativa no se ha olvidado, sino al contrario, del territorio que la rodea y al que ayuda a dar vida. Cadí está al lado de las mejores iniciativas culturales, deportivas, artísticas y sociales que se desarrollan en el Alt Urgell y Cerdanya. Según propia declaración: “a través de nuestra actividad, contribuimos a mantener vivo un ecosistema rural que nos permite disfrutar de un paisaje, conservar la biodiversidad y ayudar a la resiliencia de la tierra. Y desde esta opción contribuimos a mantener vivo el planeta”.
He defendido en mis publicaciones el modelo de las dos agriculturas, las dos necesarias. Hay una agricultura potencialmente competitiva que cuenta con las condiciones para desarrollar una actividad competitiva. Al contrario, hay una agricultura en dificultad proveniente del entorno físico en que se desarrolla, por ejemplo tierras áridas de secano pero sobre todo en espacios de montaña. Para garantizar su viabilidad, esta segunda agricultura debe desplegar estrategias diferentes que valoren la singularidad y calidad de sus productos así como los servicios ecosistémicos que aporta su actividad (paisaje, defensa contra incendios, valores patrimoniales, etcétera). Una agricultura necesaria para garantizar los equilibrios sociales y territoriales de un entorno determinado. En este sentido, Cadí es un ejemplo emblemático de cómo transformar dificultad en vitalidad y buenos resultados. La calidad, la innovación, la implicación en la dimensión rural y su paisaje, los valores de sus productos gastronómicos desde la proximidad. Y, sobre todo, la cooperación, la capacidad para sumar energías para hacer posibles retos que de otra forma serían inaccesibles. Sin duda, la cooperativa Cadí ocupa un espacio singular en el banco de las buenas ideas y de las mejores iniciativas.
La persistencia de los productos Cadí en mi mesa me hizo desear conocer al autor de tal mi fidelidad gastronómica. La ocasión para un encuentro me la ofreció el Col·legi d’Economistes como promotor de una visita a la Cooperativa Cadí. Allí, la amabilidad y saber hacer de su directora general Anna Puigcercós, acompañados por Josep Balcells y Josep Gravet, responsables técnicos y comerciales respectivamente, nos permitió una inmersión en el corazón técnico y empresarial de la empresa. Sin duda, el nivel tecnológico, la estricta planificación y el rigor higiénico-sanitario confirmó e incluso mejoró unas expectativas que ya eran altas.
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