Una persona al balcó durant el confinament pel coronavirus. | ACN
Una persona al balcó durant el confinament pel coronavirus. | ACN

Trabajamos a contraluz

Ya se habla de la nueva crisis del periodismo, pero ¿que habíamos superado la anterior?

9 horas. WhatsApps. Dos audios pendientes de anoche. Imposible. 9.35 horas. 10 correos nuevos y más WhatsApps picando a la pantalla del móvil. Un e-mail importante, de una fuente a la cual no se puede ignorar: "Conciliar teletrabajo y dos criaturas no tiene que ser fácil...". Respiro. Gracias. Lo estaba necesitando.

Además de pulsar la crisis sanitaria, y aplaudir cada buena cifra que permite respirar colectivamente, se habla de la crisis que tiene que venir, de los empresarios que quieren cerrar y los que no, hablan los políticos, los que son leales y los que empiezan a no serlo tanto, los que no lo han sido nunca... Hablan las madres en los chats de la escuela, envían libros en pdf para que revisemos con los niños, cuelgan dibujos para pintar, canciones para aprender a cantar, poemas para declamar. Y no es mediodía todavía.

Todo el mundo habla. Todo el mundo emite. El prosumidor ha mutado en un dragón gigante que no para de echar fuego por la boca: información, información, información. Datos, datos, datos. Contáis esto, o aquello. Seguís, seguís, seguís. ¿Desinformación? Son las 13 horas y tenemos dos niños para dar de comer.

Y seguimos leyendo, produciendo, editando. Contando qué pasa. Dando voz a quien lo pide. ¡Que ahora lo pide todo el mundo! Reimaginando el diario que antes hacíamos pero sin dejar de hacer el que habíamos hecho. Trabajamos a contraluz. Como la fotografía que sabiamente mis compañeras han acompañado a este artículo. A contraluz porque estamos ciegas y nos hemos convertido en una gran mancha negra que nadie ve. Pero estamos. Somos. Si enfocáis hacia la luz, la sombra negra que no se ve somos nosotros.

18 horas. Hemos jugado, hemos leído. Hemos visto alguna película a medias. De animación, por supuesto. Y seguimos. Preguntando. Recibiendo. Consumiendo. Antes de cenar, habremos contestado a muchos correos y en aquella mirada robada al buzón del móvil, el niño se habrá pegado algún golpe. Está aprendiendo a andar. Como nosotros. Que estamos poniéndonos de pie entre todo este lodazal.

Buenos días, de nuevo.

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