Cuando las reuniones están llenas de jefes… y vacías de criterio.
Llegas puntual. Tienes orden del día. Hay gente en la mesa, algunos con el portátil abierto, otros mirando el móvil de reojo. Alguien abre el tema. Unos asienten, otros escriben correos mientras hacen ver que escuchan. Un par de voces hablan más que el resto. Alguien discrepa con la boca pequeña. Nadie incomoda. Nadie decide del todo. Se cierra la reunión.
Y cuando sales, tienes la sensación de que todo ha pasado y nada ha cambiado.
Reuniones con asistencia perfecta y participación nula. Con mucha palabra a pesar de poca voz. Donde todos están, pero casi nadie se involucra de verdad. Porque nadie quiere quedar mal. Porque “total, ya harán lo que quieran”. O porque, simplemente, ya estamos acostumbrados a reunirnos sin decir nada que remueva.
Esta es una de las mayores pérdidas de tiempo, energía y oportunidad que tienen hoy muchos equipos. Y no, el problema no es la duración. Ni el formato —presencial o en línea.
El problema es la calidad de la presencia. Es confundir hablar con aportar, y escuchar con aprobar.
"Lo que pasa dentro de una reunión dice mucho más de la cultura de la empresa que cualquier informe de ambiente laboral"
Lo que pasa dentro de una reunión dice mucho más de la cultura de la empresa que cualquier informe de ambiente laboral. Porque en una reunión es donde se ve si el criterio está compartido, si la confianza es real, y si hay suficiente seguridad psicológica para llevar una idea incómoda y no pagar un precio.
Cuando un equipo entra en modo “hacer ver”, comienza la degradación lenta: nadie dice lo que piensa, se repiten temas, se decide poco y se cuestiona menos. Y esto no es porque la gente no quiera participar. Es porque se ha instaurado el silencio funcional como normalidad.
Suena educado. Suena profesional. A pesar de que es puro desgaste encubierto.
Si eres líder, quizás lo ves. Quizás te desespera ser el único que empuja. O el primero que propone. Y si eres parte del equipo, quizás ya no dices nada porque has aprendido que quien propone, acaba haciendo. El problema no es tu gente. El problema es que quizás nunca habéis hablado de cómo queréis trabajar juntos.
Hacer equipo no es hacer un afterwork simpático ni traer cruasanes para celebrar los aniversarios. Es poner criterios sobre la mesa. Es revisar cómo tomáis decisiones, cómo gestionáis los desacuerdos, quién habla siempre y quién nunca. Es hacer limpieza con aquello que todos veis, pero nadie dice.
"Hacer equipo no es hacer un afterwork simpático ni llevar croissants para celebrar los aniversarios"
Y sí, también es preguntar: ¿qué necesitamos para querer participar de verdad?
Porque una cosa es asistir. Y otra es implicarse. Una cosa es dar la opinión. Y otra es aportar con intención. Una cosa es hablar. Y otra es atreverse a construir juntos.
Todavía estáis a tiempo de revisar cómo os reunís. Porque si las reuniones son el lugar donde se toma el pulso al equipo, quizás va siendo hora de escuchar de verdad qué os decís —y qué no.