Esta semana un algoritmo de Inteligencia Artificial, el Libratus, desarrollado por la Universidad de Carnegie Mellon, ha ganado a póquer a cuatro de los mejores jugadores del mundo. En total han sido 120.000 manos jugadas en tres semanas con el resultado de ninguna victoria por los jugadores humanos. La máquina ha conseguido ganar 1.766.220 dólares.
No hace demasiado ya hablamos de cómo lo Deep Mind de Google había ganado al mejor jugador de Go del mundo (descubrimos que el Go era más difícil que el ajedrez) y en numerosas ocasiones he escrito sobre la mítica partida en qué lo Deep Blue de IBM derrotó el campeón del mundo Garry Kasparov en 1997. Las noticias de máquinas que superan los humanos en según qué tareas consideradas inteligentes ya no nos sorprenden tanto.
Digo tareas consideradas inteligentes porque no está claro quesean. Para empezar nos tendríamos que poner de acuerdo —nosotros y los expertos— en qué es un comportamiento inteligente. Hasta qué punto es un proceso inteligente jugar a ajedrez? Tiene unas reglas definidas, con un algoritmo podemos calcular todas las jugadas que tienen sentido y dado un estado del tablero podemos prever todos los estados que nos traigan a la victoria (todos los posibles no, queson más que el número de átomos en el universo observable). Hasta el 1997 era claro que para jugar a ajedrez se necesitaba inteligencia, la victoria del Deep Blue sobre Kasparov demostró que sólo era cuestión de memoria, potencia de cálculo y capacidad de aprendizaje.
Pero este golpe no es muy bien igual. A diferencia del ajedrez o del Go, el póquer es un juego donde hay un componente de azar determinado por la distribución de las cartas y de la impredictibilitat humana. Si bien un ordenador puede simular todas las distribuciones de cartas posibles basándose en la información de la mano propia, no puede predecir qué harán los diferentes jugadores. El concepto de catxa (el hecho de apostar como si se tuviera un buen juego sin tenerlo), fundamental en los juegos de cartas basados en el envite, es difícil de traducir en el conocimiento estructurado en que los ordenadores basan sus decisiones.
Pero el Libratus ha sido capaz de desplumar cuatro de los mejores jugadores de póquer del mundo —maestros de la catxa por definición— con sus propias reglas, y aquí hay el hecho diferencial. Este golpe el algoritmo ha ganado porque ha sido capaz de mentir, de hacer ver que tenía mejores cartas cuando no las tenía o de dudar siiba o no cuando tenía una mano ganadora.
Y este es el paso cualitativo previo porque finalmente una máquina pase el test de Turing: la capacidad de engañarnos. El próximo paso es que sea capaz de autoenganyar-se y de crear mitos sobre su propia creación, entonces es cuando podremos hablar de verdadera inteligencia. IA ya es capaz de mentir ganando al póquer. Ahora sólo falta que se invente mitos sobre su creación y ya está.
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