Nos afecta más un muerto a un kilómetro de casa que debe de mil muertos a diez mil kilómetros,es el que se conoce como
la teoría del muerto quilométrico. La empatía ante una desgracia es inversamente proporcional con la distancia que tenemos con quien la sufre. Esta sería la explicación tradicional de por
qué unas desgracias ocupan portadas y merecen manifestaciones públicas y las otras no pasan de un breve al diario o de un tuit de
Xavier Aldekoa.
Pero desde los atentados al metro de Londres en julio del 2005 que
hay otra variable a la ecuación: los medios sociales. Si bien es cierto que el 2005 no eran conocidos como tales, Twitter ni existía y la web móvil era una caricatura del que es ahora, sí que los móviles permitían ya la grabación y el envío de fotos y vídeos. Por primera vez las fotos y los vídeos de los atentados hechos por las mismas víctimas los veíamos en directo.
El muerto quilométrico se empezaba a acercar.
A la mayor parte de gente a quien he preguntado
la noticia de los atentados del fin de semana pasado en París los llegó vía móvil, por Whatsapp, Twitter o Facebook, y hasta que algunas teles y radios no empezaron a emitir especiales las únicas fuentes de información fueron alguna de estas aplicaciones móviles. Mención especial para Periscope que era utilizado por los mismos usuarios para enviar vídeo en directo.
En el decurso de la noche de viernes a los medios sociales semezclaba la información de contactos propios, la de mediados de comunicación, la de la policía y la de las mismas víctimas. Especialmente estremecedor era el testigo de una rehén que actualizaba su muro de Facebook desde dentro del Bataclan y paradójico el caso de los espectadores del Stade de France que se enteraban del que los estaba pasando por Twitter.
El hecho no es trivial y no por el hecho que los medios sociales fueran mucho por ante teles y radios o bien porque tuviéramos
el testigo de los protagonistas en el momento que sucedía, que por si suele ya es relevante, sino por el hecho que
la información nos llegaba al móvil. El mundo no entraba a casa por la ventana de la tele sino que lo hacía por el móvil, nuestra ventana más íntima. Esta conexión personal y no intermediada entre el observador sentado al sofá de casa y la víctima luchando por su vida al Bataclan crea una extraña conexión que da como resultado una memoria mediática colectiva de los acontecimientos quedifumina las barreras del espacio y del tiempo.
Pasado y futuro se comprimen en un tipo de presente continuo donde el aquí es todo por todas partes y el
impacto de una desgracia depende más de los grados de separación digital que hay entre observador y víctima que la distancia física entre uno y otro; del muerto quilométrico al muerto de kilómetro cero.