Llevamos ya más de quince días sin la red de Rodalies funcionando, y sus efectos comienzan a notarse en familias y empresas. Las primeras ya hace años que lo sufren durmiendo menos para levantarse antes, pagando más por un piso cerca de donde trabajan y angustiándose por llegar a la hora o por perder el trabajo; y las empresas, resignándose a tener trabajadores que llegan tarde (¡o no llegan!), con la pérdida de productividad que esto provoca.
La situación me recuerda a aquello que me dijo mi padre cuando era pequeño y le pregunté por qué no comprábamos un Mercedes en lugar de un Opel: “Compra siempre aquello que podrás mantener, no aquello que puedes pagar inicialmente”.
Estamos en un país que no ha seguido este consejo, y donde la clase política sigue obviando la realidad económica, bajo proclamas ideológicas de todas partes. Solo hay que pasear por capitales europeas de países más ricos, como Múnich o Ámsterdam, para darse cuenta de que, durante años, nos hemos comportado como nuevos ricos que no saben el valor del dinero, y van gastándose todo lo que reciben (en forma de deuda o ayudas europeas) en “cosas brillantes” en lugar de transformar el país. Allí ves aceras viejas, pero bien mantenidas, mientras aquí las rehacemos cada cierto número de años, cuando ya empiezan a tener agujeros y algún abuelo se ha roto la cadera, en lugar de ir cambiando las losas cuando se rompían. El mantenimiento no luce, y no permite hacer una gran inauguración ni un titular a cuatro columnas en los periódicos.
¿Otros ejemplos? Tenemos un problema con el turismo de masas, y quieren ampliar el aeropuerto sin pararse a pensar si queremos más volumen o más calidad, o quién pagará el mantenimiento de aquí a unos años. Una estación de esquí como Vallter no consigue salir de pérdidas (excepto años puntuales), ¡y pretenden hacer una telecabina de 40 millones de euros que nadie en el valle quiere y que no sabemos cómo se pagará, ni cómo se mantendrá! Quieren vertebrar el país, y construyen líneas de alta velocidad con el argumento decimonónico de que la alta velocidad actuará de revulsivo de zonas que necesitan una auténtica revolución industrial, y no una infraestructura cara de hacer y de mantener. Y, todo esto, lo hacen endeudándonos cada vez más, y dejándole una pelota de deuda inasumible a las siguientes generaciones.
"Quieren ampliar el aeropuerto sin pararse a pensar si queremos más volumen o más calidad, o quién pagará el mantenimiento de aquí a unos años"
Un cliente mío, una empresa industrial del sector metalúrgico, me preguntaba hace un tiempo si podía permitirse comprar una máquina que valía más de medio millón de euros. Sonará a tópico, pero me encanta que los empresarios se hagan estas preguntas, porque demuestran sensatez y arrojo a la vez. Arrojo por las ganas de crecer, y sensatez para hacerlo con orden. Analizamos el retorno que tendría en términos de velocidad de entrega, calidad del proceso y capacidad de fabricar nuevos productos, y lo comparamos con la inversión a realizar, tanto para la compra como para el mantenimiento de esta. Y, con esto en mente, vimos claro que no solo podíamos permitírnoslo, sino que nos permitiría dar un salto adelante que, finalmente, se hizo realidad.
Si en casa aprendimos a comprar aquello que podemos mantener, en la empresa aprendimos a “dirigir con los números”, que es algo que todo empresario debe tener en cuenta y que haríamos bien todos juntos de tener presente cuando valoramos a los políticos que gestionan nuestro dinero.