Literalmente. Vais a paseo. Os pasáis ocho horas ante una pantalla al trabajo esperando cerrarla para poder leer Twitter al móvil de camino hacia casa para mirar una película a Netflix cuando llegáis. Apagadlo todo y vais a paseo. Pasear, sí; aquello que hace la gente mayor cuando más tiempo tiene cuando menos lequeda.
Pasear va muy bien: tonifica el cuerpo y estimula la circulación; distrae la cabeza e invita a badar. La gracia de pasear es que el tiempo pasa de escalera electrónica a escala humana, de cuando las distancias se contaban en horas y nolas pasas que nos marca el reloj inteligente.
Un grande passejador fue el filósofo y matemático griego Pitágoras de Samos, creador de la Academia en 518 aC. Una parte importante de la Academia era el gran jardín que servía para pasear; solo y en silencio para dedicar tiempo al pensamiento o conversando con otros reflexionando. La estancia a la Academia era de balde y de vez en cuando sehacían un tipo de TED Talks con profesores invitados de fuera que excel·lissin en algún conocimiento.
Charles Baudelaire, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson o Virginia Woolf también fueron grandes practicantes del arte del paseo como método para abstraerse de las obligaciones cotidianas y como estímulo de la imaginación y la creatividad. Un paseo sin brújula ni reloj por rincones inexplorats de la ciudad te puede traer a situaciones sorpresivas e inesperadas con giros argumentales novel·lescos.
Pero quizás los más grandes passejadors de la historia son los Guugu Ymithirr, una tribu aborigen australiana de la banda de Queensland. Estos aborígenes son —eran antes de ser forzados a hablar inglés— grandes exploradores capaces de andar durante días e incluso semanas por territorios inexplorats al desierto y volver a casa. Durante décadas esto fascinó los antropólogos que no entendían como alguien se podía orientar en un entorno sin puntos de referencia externos y volver a casa sin la ayuda de brújulas ni de mapas.
Resulta que la respuesta la dio la lingüística. La visión del mundo de los Guugu Ymithirr no está centrada en el individuo y la información espacial del mundo no es relativa a la posición que el hablante ocupa. "Dos pasas a la derecha" o "más hacia la izquierda" no tienen sentido por los Guugu Ymithirr. Su sistema de orientación es relativo al solo y por ellos hablar de su mano nordeste es tan natural como por nosotros hablar de la mano derecha. La única diferencia es que mientras por nosotros la mano derecha siempre se llama igual —aunque nos giramos—, por ellos cambia de nombre según su posición relativa al solo: al girarse, la mano nordeste pasa a ser la mano suroeste. Los Guugu Ymithirr traen una brújula incorporada que aprenden de pequeños con la misma facilidad (o dificultad) que nosotros aprendemos a distinguir la derecha de la izquierda. La gran contribución de los Guugu Ymithirr, además de la palabra canguro (/gaNurru/), es hacernos ver que hay otras maneras de ver el mundo y que no son necesariamente egocéntricas.
Pero, los Guugu Ymithirr no son los únicos hablantes con brújula incorporada a la lengua. En Australia y en África encontramos hablantes de lenguas que utilizan los puntos cardinales como para expresar lugares. Todos tienen una privilegiada memoria espacial y grandes capacidades de orientación, puesto que de manera inconsciente su cerebro añade la información geo-espacial —meta información— a los acontecimientos que viven.
Vais pues a paseo. Sin brújula, sin mapa, sin rumbo y sin un objetivo. Pasear va bien por el corazón, por las piernas, fomenta la creatividad, estimula la imaginación, activa la memoria espacial y tal como dijo la grande passejadora Virgina Woolf: "Mientras estáis paseando no estáis diciendo imbecil·litats a Twitter".