Etnógrafo digital

Veranos de aburrimiento

28 de Julio de 2016
Josep Maria Ganyet | VIA Empresa
La ventaja de traer un móvil encima es que nunca te aburres. La cola del cine, el andén del metro o la sala de espera de la CABEZA son no-espacios que el móvil convierte en no-tiempo. Cuando seguimos la última polémica de Twitter, cotilleamos fotos otros a Instagram o cazamos Pokémons, el reloj parece pararse. Es aquel momento a la cola del súper en que dejamos pasar la señora trasera —pase que usted puerta pocas cosas— porque estamos en una conversación de Whatsapp.

Pero que el reloj se pare es sólo una sensación aparente por quien nos observa. Por nosotros —inmersos en una realidad digital paralela— el tiempo pasa mucho más rápido; un tiempo que no se mide en según, sino que se mide en bits. En un espacio digital el tiempo es diferente para cada individuo de acuerdo con suya capacidad de absorber, procesar y reaccionar a un chorro infinito de información fragmentada (en realidad al espacio físico también es así pero a las velocidades que nos movemos no es perceptible).

El fenómeno de la aceleración del tiempo cuando entramos en contacto con medios electrónicos no es paso nuevo. Recuerdo los veranos que de pequeño pasaba a Concabella en la Segarra a casa de mundos padrinos. Tardes de agosto interminables forzado a hacer dos horas de siesta que no se acababan nunca. Enseguida descubrí que, si sacaba la cabeza por el pasillo y me ponía a escuchar la radionovela que puntualmente seguía mi yaya, la tarde pasaba más deprisa. Mi primera experiencia de tiempo electrónico fue con un transistor Lavis que todavía funciona.

La novela duraba media hora escasa y el día tenía las mismas horas que ahora, que en un pueblecito de secano en agosto parecen durar más de sesenta minutos. Y que hace un niño de diez años sin tiempo digital y con un tiempo analógico que se expande? Pues de todo para no aburrirse: leer los TBOs de los años cincuenta que cercaban por casa hasta memorizarlos, ir al huerto a ayudar el padrino, ir al río a cazar cangrejos, o gorriones y perdices por los márgenes.

Descubrí que la realidad era una luminosa pantalla panorámica de 360º de horizonte mucho más grande que la de la tele; que el café del pueblo era donde la gente se encontraba para hablar de fútbol y política; que la barbería de mon padrino era donde los hombres iban el sábado por la tarde a hacerse el mejor selfie; y que padre Josep tenía respondidas a todo el domingo a misa. Hace falta Canosa, la tienda del pueblo, no era ni abierta ni cerrada: trucando a la hora que fuera Carme te abría.

Mientras procuraba no aburrirme, descubrí una realidad aumentada mucho más grande que la de las seis pulgadas del móvil, un café que era Twitter y Facebook a la vez, una barbería que era como Instagram, un cura que sabía más cosas que Google, una tienda tan grande como Amazon y, sobre todo, aprendí a cazar Pokémons.

Si este agosto pasáis por la fiesta mayor de Concabella, hacedme un tuit y quedamos para aburrirnos mientras hacemos una cerveza a la fresca.