El contraste de los melocotones maduros con el color del fuego avanzando por los campos se me ha quedado clavado dentro. Durante toda la tarde, las redes sociales se llenaron de vídeos de los incendios. "¿Has visto los fuegos?", "¿Os ha tocado, a vosotros?", "Qué miedo pensar que está tan cerca de casa", "El viento ha girado hacia el otro lado; si no, seríamos nosotros", "No hay derecho, pobre gente".
En las horas siguientes, las personas afectadas lloraban ante las cámaras, con palabras de tristeza y de cansancio. Todas las horas dedicadas a hacer crecer la tierra. Todas las memorias construidas en el patio, en la era, en la calle que lleva al huerto. Todo quemado. Los colores de la primavera convertidos en el gris de la ceniza del verano. Toda la cosecha perdida. Toda una vida quemada.
Y pensar que ha pasado a pocos kilómetros de casa no es ningún consuelo, porque la península quema cada verano, sin excepción. Año tras año vivimos esta rueda sisifiana en la que alguien comete una imprudencia, el bosque se quema, los campos se hacen ceniza, las personas son evacuadas, los bomberos se juegan la vida para apagar el fuego y nosotros nos lamentamos sabiendo que, probablemente, todo continuará igual. "Tenemos que cambiar nuestra manera de vivir; estamos quemando nuestra vida", llora una mujer en las noticias de la tarde. ¿Qué tiene que pasar para que empecemos, de una vez, a hacer las cosas de otra manera?
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