El viaje sin frenos de Bertha Benz

La empresaria alemana emprendió un viaje iniciático con uno de los modelos de vehículo que desarrollaba para iniciar la historia del coche

La històría de Mercedes Benz no se explica sin Bertha Benz
La històría de Mercedes Benz no se explica sin Bertha Benz

En una noche de agosto de 1888, Bertha Benz le dejó una nota a su marido avisándolo que marchaba unos días de Mannheim (Alemania), donde vivían, para visitar en su madre a Pforzheim, a unos 106 kilómetros de distancia. El que no esperaba Karl Benz era que su mujer le mandara un mensaje sólo una noche después para avisarlo que ya habían llegado a destino. En un descuido del todo voluntario, Bertha había obviado avisar que haría el trayecto en uno de los prototipos del Benz Patente-Motorwagen que la pareja tenía guardados con la idea de comercializarlos en el futuro.

El viaje de Bertha Benz ha pasado a la historia como el primer trayecto de un vehículo motorizado de la historia, y fue la clave para la fabricación y comercialización en serie del que es considerado el primer coche.

Rebelión para salvar el negocio

Si Bertha Benz decidió hacer aquel viaje fue para rebelarse contra la inacción de su marido y para salvar un negocio en qué ella había invertido y que amenazaba con traerla a la ruina por su estancamiento. El 1871, todavía como soltera, Bertha Ringer –su apellido de nacimiento- invirtió en el taller mecánico de su prometido, constando así como coparticipant en la primera patente de un automóvil. En los casi 20 años que separan aquella primera inversión del viaje iniciático, la pareja desarrolló hasta tres modelos de coches motorizados. Unos prototipos que sólo se usaron para pequeños recorridos que los dos inventores utilizaban como bancos de pruebas para introducir pequeñas mejoras. Hasta que llegó el Benz Patente-Motorwagen 3.

Para Karl Benz aquel tercer prototipo no cambiaba mucho las cosas. Seguía presentando muchos defectos como para sacarlo al mercado y empezar a fabricar, así que decidió guardarlo al taller y utilizarlo, de nuevo, como banco de pruebas para seguir evolucionando a paso. La visión de Bertha Benz era muy diferente. Ella veía en aquel modelo un cambio definitivo y una ocasión para comprobar si aquel vehículo que estaban desarrollar estaba realmente preparado para salir a las calles. Además, las deudas se estaban acumulando y las ventas no llegaban, por el que decidió jugárselo todo a una carta.

100 kilómetros de pruebas

La idea de viaje que tenía la empresaria no variaba mucho de la que ya había aplicado con anterioridad. Aquel trayecto tenía que servir para detectar errores del vehículo y buscar soluciones. Claro que, en ninguna parte de unos pocos metros de recorrido, en aquella ocasión viajaría más de 100 kilómetros.

De aquel viaje se recuerdan tres hitos: la parada que convirtió una farmacia de Wiesloch en la primera benzinera del mundo, donde Bertha Benz compró 10 litros de ligroína; la aguja que utilizó para lavar el depósito del combustible después de que este provocara algunos problemas mecánicos; y la visita a un zapatero, que aplicó tiras de cuero en las ya desgastadas pastillas de frenada. Un revestimiento clave para el desarrollo de los sistemas de freno que encara hoy se utilizan.

Bertha Benz apuntó todos y cada uno de los problemas que se encontró durante su camino, con un listado de soluciones posibles. Una compilación que presentó a su marido y que fue la fórmula para sacar aquel prototipo del taller y empezar su comercialización. Desde aquel día y hasta el 1894 se fabricaron 25 modelos del primero Benz Patente-Motorwagen. Un viaje iniciático para los vehículos motorizados y para Mercedes Benz.

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