El aumento del precio del petróleo y la caída de los principales parqués internacionales son las primeras consecuencias que Occidente ha registrado a raíz del conflicto en Oriente Medio. Unas consecuencias que no han tardado en corregirse después de que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, asegurara a inicios de semana que a Irán “no le queda nada en términos militares” y, por lo tanto, pronosticara un final próximo a la guerra. Sin embargo, este último ha querido tener la última palabra y la Guardia Revolucionaria que comanda el país persa no solo ha respondido que será Teherán “quien determine cuándo termina la guerra”, sino que, además, ha ofrecido vía libre al estrecho de Ormuz a los países europeos que expulsen a los embajadores de los Estados Unidos e Israel. Todo ello da lugar a un escenario tan caótico como incierto y que, a medida que avanza, deja en jaque la economía mundial principalmente afectada por el corte de Ormuz, de donde sale un 20% del petróleo mundial -y por donde entra un 80% de los alimentos a los Emiratos Árabes Unidos-.
“Si el conflicto se estanca y dura más de 90 días, tendremos un problema”, asegura a VIA Empresa el profesor de Economía Global y Geopolítica de la UPF-BSM, Josep Ballesté. El experto destaca el encarecimiento de los productos derivados del petróleo que, consecuentemente, provocan una “inflación importada”: “Es la peor inflación de todas, porque no la podemos controlar moderando los tipos de interés y a largo plazo provocaría una contracción del crecimiento”. Un escenario similar al de hace medio siglo, cuando la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) decidió no exportar petróleo a los países que apoyaron a Israel durante la guerra del Ramadán. Al estado español no le faltó, pero atravesó una consecuente crisis económica y social, tal como recordaba el sábado pasado el economista Enric Llarch.
El bloqueo de Ormuz y la parábola energética: “Alguien se está poniendo las botas”

53 años más tarde el tablero de juego es completamente diferente y se habla de transición energética, semiconductores y chips que, precisamente, son algunos de los conceptos que más amenazados se ven a raíz del conflicto. “El petróleo da subproductos clave para la transición energética que ha planificado Europa, por lo tanto, si el conflicto se extiende, esta transición será más cara. Los coches eléctricos, por ejemplo, se encarecerán porque sus componentes también lo harán”, sostiene Ballesté.
Hasta el bloqueo, del estrecho de Ormuz salía el 20% de petróleo y de GNL del mundo
Y es que siguiendo el ejemplo del profesor de la UPF-BSM, la industria de la automoción es precisamente una de las más afectadas. Si bien en el proceso de fabricación de coches intervienen materiales derivados del petróleo, hay que tener en cuenta que de Ormuz también sale el 20% de gas natural licuado (GNL) del mundo, y el 50% de lo que se mueve por vía marítima, según apunta a VIA Empresa el jefe de Estrategia del Puerto de Barcelona, Jordi Torrent. “Hasta el bloqueo, cada día pasaban entre 120 y 150 barcos por el estrecho de Ormuz, de los cuales más de la mitad son petroleros y metaneros de gas natural”, precisa.
En el momento en que el GNL también entra en la ecuación, plantas como la de Seat o la de Ebro -o como cualquier fábrica catalana- ven automáticamente un encarecimiento en el coste de la energía, agravado por la parada de la central nuclear de Almaraz II (Cáceres). “Alguien se está poniendo las botas”, indica con ironía Román Rousaud, director general de Conecta2 Energía, quien señala Iberdrola y Endesa. El directivo explica a VIA Empresa que, con la parada de Almaraz II, el efecto dominó se expande: las mencionadas energéticas paran la planta nuclear y obligan a intervenir las plantas de gas para regular el mercado de la electricidad, especialmente cuando se producen puntas de demanda -y, supuestamente, aprovechando el encarecimiento del gas a raíz del conflicto-. “Iberdrola y Endesa han encarecido los precios sin ningún otro motivo que apoyándose en el gas cuando no hacía falta, ya que tenemos muchísima energía renovable en marcha, especialmente la solar y la hidráulica”, apunta Rousaud.
Por ahora, el gobierno español ha encargado a la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) “máxima supervisión” a las energéticas, tal como aseguraba la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen, en una entrevista a El Periódico. La ministra, sin embargo, afirma que el contexto es “muy diferente” del vivido en 2022, con el estallido de la guerra de Ucrania, y los números lo corroboran: en este último caso, el precio del gas creció de los 28 euros el megavatio/hora (MWh) hasta un máximo de 300 euros MWh, mientras que el conflicto de Oriente Medio ha comportado un incremento de los 30 euros el megavatio/hora hasta un máximo de 69 MWh, que ha decrecido a los actuales 49 euros MWh. "No nos encontramos todavía en una fase de actuar con un paquete de medidas", subrayaba Aagesen.
Afectación "reducida" por las importaciones y exportaciones catalanas

Volviendo al Puerto de Barcelona, Torrent coincide que la afectación en clave catalana "es reducida", ya que las relaciones comerciales con los países cerrados en el golfo Pérsico —Catar, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, el Irak y Kuwait— son mínimas. "Importamos muy poco de estos países, únicamente combustibles fósiles, como gasolina de Kuwait y los Emiratos, o gas natural, que nos llegan unas 400.000 toneladas. Es muy poco", comenta Torrent. El directivo del Puerto de Barcelona, sin embargo, también destaca la importación de fertilizantes derivados del gas natural, como el amoníaco o la urea, que han registrado incrementos de costos superiores al 50%, hecho que genera un impacto directo en la agricultura y la ganadería catalana.
En sentido contrario, en cuanto a las exportaciones catalanas hacia el golfo pérsico, el tráfico de los puertos catalanes en contenedor -incluyendo el tarraconense- no representa ni un 2% del total, y podemos encontrar productos textiles, alimentarios y, especialmente, la alfalfa, una planta herbácea que florece entre Lérida y Aragón y alimenta miles de camellos y caballos de Oriente Medio. Cabe decir que, si bien la temporada de alfalfa comienza plenamente a tocar el verano, a estas alturas su exportación ya se ve afectada: "Hay centenares de contenedores que ya están de camino hacia el golfo y no se sabe dónde se descargarán, y a los transitarios les están subiendo los precios", añade Torrent.
El 80% de los alimentos que llegan a los Emiratos lo hacen por barco a través de Ormuz
Ahora bien, es evidente que la alfalfa es el menor de los males que pueden afrontar los residentes en los países del golfo pérsico. Sin ir más lejos, el 80% de los alimentos que llegan a los Emiratos lo hacen por barco a través de Ormuz, tal como detalla Ballesté, quien explica que "ahora se ven obligados a subsistir por carretera, ya que por aire es imposible porque gran parte del espacio aéreo permanece cerrado o muy restringido". “La alimentación de países como Dubái pende de un hilo. Es una situación totalmente insostenible, ya que el grueso del comercio mundial se basa en el comercio naval”, sentencia.
A la gravedad de la situación se le añaden las afectaciones que han registrado algunas plantas desalinizadoras, como en Baréin, afectada por un ataque con drones iraníes, o en la isla de Qeshm, cuyo bombardeo ha sido atribuido por parte del ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, a Estados Unidos. “Se trata de territorios artificiales, por lo tanto, si no tienen plantas desalinizadoras, tienen un gran problema, ya que se quedarán sin comida y sin agua”, recuerda el profesor de la UPF-BSM. Según datos del Gulf Research Center, el agua subterránea sumada a la que proviene de la desalinización representa casi el 90% de los recursos hídricos de la región.
De la puerta de las lágrimas a Buena Esperanza

Con todo, el escenario geopolítico actual se agrava con el mero paso del tiempo, a pesar de que aún tiene un amplio margen para empeorar, llamado Bab el-Màndeb. Es el estrecho que se sitúa al otro lado de la península arábiga, que conecta la región sudoccidental de Arabia con la costa oriental africana, por la cual circula nada más y nada menos que el 12% del comercio mundial y enlaza Europa con Asia vía el canal de Suez, situado al norte.
Por Bab el-Màndez circula el 12% del comercio mundial
En árabe, Bab el-Mandeb significa exactamente “la puerta de las lágrimas”, y no es casualidad; el nombre con el que es bautizado uno de los estrechos más relevantes para el comercio internacional se debe a los riesgos que implica su navegación que, como era de esperar, se han multiplicado exponencialmente las últimas semanas. Por su posición geográfica en Yemen, el estrecho es controlado por los hutíes, que mantienen estrechos vínculos políticos y militares con Irán, y a los cuales se les han atribuido ataques a algunas de las embarcaciones que a inicios de este mes de marzo han circulado por el estrecho.
A pesar de los grandes riesgos que comporta la navegación por Bab el-Mandeb, el estrecho no queda bloqueado como sí que es el caso de Ormuz. Al serlo, la amenaza a la economía mundial sería tan elevada que podría suponer una escalada del conflicto aún más exagerada, reforzando la legitimidad de una gran ofensiva occidental contra Irán. De hecho, Trump ya ha advertido a Irán de "golpear veinte veces más fuerte" el país persa en caso de que el flujo de petróleo continúe atrapado en Ormuz. Al otro lado de la península arábiga, la tensión es tan elevada que ha llevado a la redirección de diversas rutas navales al cabo de Buena Esperanza, al sur de África. Un desvío, de media, veinte días más largo, un 256% más costoso que el paso por el temido estrecho de Bab el-Mandeb y que continúa precipitando un conflicto geopolítico que no pronostica ninguna buena esperanza.