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Algoritmos que envejecen mal: el edadismo digital que las empresas no pueden ignorar

Una inteligencia verdaderamente humana y sostenible no teme el paso del tiempo. Lo integra, lo valora y lo convierte en sabiduría

En los países de la OCDE, solo aproximadamente la mitad de las personas entre 55 y 64 años está ocupada | iStock
En los países de la OCDE, solo aproximadamente la mitad de las personas entre 55 y 64 años está ocupada | iStock
Silvia Urarte
Fundadora y directora general de la consultora Conética
Barcelona
11 de Diciembre de 2025 - 04:55

La inteligencia artificial está entrando en los procesos de selección, promoción y evaluación con la misma velocidad con la que ha transformado otros sectores. Pero lejos de ampliar oportunidades, puede estar restringiéndolas. El edadismo digital se ha convertido en un filtro silencioso que erosiona la diversidad, desaprovecha talento sénior y reduce la competitividad futura de las organizaciones. En un contexto en el que la sostenibilidad humana entra plenamente en la agenda estratégica, ignorarlo es un riesgo

 

La falsa objetividad de los algoritmos

Durante años se defendió que los algoritmos eliminarían los sesgos humanos. Sin embargo, están reproduciendo —y amplificando— patrones históricos que discriminan por edad. En los procesos de selección, sistemas de IA analizan miles de currículums en segundos, y lo hacen aprendiendo de datos que reflejan decisiones tomadas durante décadas. Allí donde la edad fue un factor de exclusión, la IA lo convierte en un patrón “óptimo”.

Los estudios internacionales lo corroboran. En países como Australia, donde más de la mitad de las organizaciones utilizan IA en la contratación, se observa que los sistemas tienden a favorecer perfiles jóvenes porque sus bases de entrenamiento están dominadas por estos perfiles. En Estados Unidos, la AARP y la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo documentan que millones de trabajadores mayores de 40 años continúan experimentando discriminación laboral, ahora reforzada por herramientas tecnológicas que perpetúan el sesgo sin cuestionarlo.

 

El problema ya ha llegado a los tribunales. En mayo de 2025, un tribunal de California aceptó una demanda colectiva contra Workday por presunta discriminación por edad en sus algoritmos de selección. La señal es clara: la inteligencia artificial no es neutral, y las organizaciones ya no podrán ampararse en la “objetividad” del software.

Europa legisla: la edad entra por primera vez en la regulación de IA

La IA Act europea, en vigor desde 2024, introduce un cambio de paradigma. El artículo 5(b) prohíbe los sistemas de IA que exploten vulnerabilidades de las personas por razón de edad, entre otros factores. Es la primera vez que la edad aparece mencionada de manera explícita como variable capaz de generar discriminación algorítmica en la legislación tecnológica.

En los procesos de selección, sistemas de IA analizan miles de currículums en segundos, y lo hacen aprendiendo de datos que reflejan decisiones tomadas durante décadas

Más allá del texto, el impacto para las empresas es directo: deberán auditar cómo funcionan sus sistemas de filtrado, saber qué datos utilizan y demostrar que no generan desigualdades estructurales. La gobernanza algorítmica deja de ser voluntaria. Se convierte en un requisito para aquellas que quieran operar en un marco regulatorio que prioriza la protección de las personas y la equidad.

En Catalunya, iniciativas como Talent Sénior llevan años alertando de que el edadismo laboral —y ahora también el digital— está expulsando del mercado una parte esencial del talento experimentado. Su trabajo con empresas catalanas confirma que la discriminación por edad no es un fenómeno aislado, sino un patrón creciente que la IA corre el riesgo de amplificar si no se gestiona con criterios éticos y de sostenibilidad humana.

Un sesgo que nace de los datos, pero también de la cultura

La discriminación algorítmica no surge solo de modelos imperfectos. Surge, sobre todo, de nuestras culturas organizativas. El sector tecnológico global está construido mayoritariamente por equipos jóvenes, homogéneos y formados en entornos donde la innovación se asocia a juventud y la experiencia se percibe, erróneamente, como resistencia al cambio. La IA no corrige esta visión: la codifica.

Las cifras reflejan el impacto. En los países de la OCDE, solo aproximadamente la mitad de las personas de entre 55 y 64 años está ocupada. En el Reino Unido, un estudio del Centre for Ageing Better indica que el 76% de las personas entre 50 y 60 años cree que su edad limita sus oportunidades laborales. La exclusión, en la era digital, no es solo laboral: es simbólica. No se trata únicamente de ser menos contratados, sino de sentirse menos visibles.

Cuando la empresa pierde talento senior, pierde ventaja competitiva

El edadismo digital tiene consecuencias económicas y estratégicas. Una organización que penaliza a las personas mayores sin darse cuenta pierde diversidad generacional, capital experiencial y una forma de inteligencia que los algoritmos no pueden replicar: la memoria estratégica.

Una inteligencia verdaderamente humana —y verdaderamente sostenible— no teme el paso del tiempo

En un mundo hipercompetitivo, las empresas necesitan tanto la energía del talento joven como la mirada madura de quien interpreta patrones, riesgos y contexto. La pérdida de talento sénior no es solo un problema ético. Es un riesgo empresarial que afecta la innovación, la estabilidad, la toma de decisiones y la sostenibilidad humana, un concepto que empieza a situarse al mismo nivel que la sostenibilidad ambiental o económica.

Hacia una inteligencia más consciente

Corregir este sesgo requiere un cambio profundo. Los modelos de IA deben entrenarse con datos que representen todas las etapas vitales, y los equipos que los diseñan deben ser más diversos. Pero, sobre todo, las empresas necesitan un liderazgo que entienda que la edad es un activo estratégico, no un obstáculo. La verdadera transformación será cultural: reconocer que la inteligencia colectiva de una organización es intergeneracional.

La inteligencia artificial, igual que nosotros, envejece. Se actualiza, se reentrena, evoluciona. Quizás ha llegado el momento de enseñarle que envejecer no es decadencia: es conocimiento acumulado. Una inteligencia verdaderamente humana —y verdaderamente sostenible— no teme el paso del tiempo. Lo integra, lo valora y lo convierte en sabiduría. Una economía que aspire a competir y prosperar necesitará todas sus generaciones en activo: jóvenes que empujen y seniors que den sentido. Solo entonces podremos decir que nuestros algoritmos, y nuestras organizaciones, han aprendido a envejecer bien.