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La geografía de las ideas, o la concentración territorial de la innovación

La creación de conocimiento se ha aglutinado en un número reducido de supernodos globales, donde el talento, el capital, la investigación y la empresa coinciden y se refuerzan mutuamente

Shenzhen (en imagen), Hong Kong y Guangzhou conforman el principal clúster de innovación del mundo | dongfang zhao (iStock)
Shenzhen (en imagen), Hong Kong y Guangzhou conforman el principal clúster de innovación del mundo | dongfang zhao (iStock)
Laura Llussà i Rosell, economista especializada en política pública | Cedida
Economista especializada en política pública
15 de Agosto de 2026 - 04:55

Hay ciudades que se llenan en verano y las hay que nunca dejan de llenarse. Metrópolis donde, en lugar de turistas de paso, llegan investigadores, estudiantes, emprendedores, ingenieros y capital riesgo. Son las ciudades donde se busca la oportunidad en vez del ocio. Las ciudades que, aparte de atraer visitantes, también atraen el futuro.

 

Con la llegada de la digitalización global y del trabajo en remoto, uno podía fácilmente asumir que, en un mundo cada vez más conectado, el lugar donde se generaban las ideas se volvería cada vez más irrelevante. Nos equivocábamos. Aunque es cierto que hoy en día al conocimiento se puede acceder y se puede compartir desde cualquier punto del planeta, la geografía de las ideas no ha desaparecido. Al contrario, se ha hiperconcentrado. Lejos de dispersarse en un mundo globalizado sin fronteras aparentes, la creación de conocimiento se ha aglutinado en un número reducido de supernodos globales: territorios donde el talento, el capital, la investigación y la actividad empresarial coinciden y se refuerzan mutuamente.

Uno podía fácilmente asumir que en un mundo cada vez más conectado, el lugar donde se generaban las ideas se volvería cada vez más irrelevante. Nos equivocábamos

Según los datos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, los cinco principales clústeres de innovación del planeta están condensados en dos regiones: Asia Oriental y Estados Unidos. La geografía mundial de la innovación, pues, presenta una distribución oligopólica, una distribución en la que un número reducido de territorios concentra una parte desproporcionada de la producción de conocimiento y de la capacidad innovadora. Esta concentración responde a una dinámica de rendimientos crecientes y acumulación, en la que los ecosistemas que consiguen una primera masa crítica de talento y capital acaban atrayendo aún más recursos y consolidando su liderazgo. Este mapa está encabezado por China/Hong Kong, con dos clústeres entre los cinco primeros del mundo (Shenzhen-Hong Kong-Guangzhou y Pekín), seguida de Tokio-Yokohama (Japón), San José-San Francisco (Estados Unidos) y Seúl (Corea del Sur).

 

Lo más interesante de esta distribución es que no responde a un único modelo de, digámoslo así, éxito, sino que cada clúster se ha consolidado siguiendo patrones diferentes.

El clúster de innovación de Shenzhen–Hong Kong–Guangzhou ejemplifica el funcionamiento de los clústeres de gran volumen. Se trata de un territorio donde en pocos kilómetros conviven universidades, laboratorios, empresas tecnológicas, fabricantes, proveedores especializados y grandes corporaciones industriales. Es una proximidad sobre todo industrial: lo que circula con rapidez es el mismo proceso productivo, desde el diseño hasta la fabricación a escala. Esta concentración reduce enormemente los costes de coordinación de toda la cadena de valor y hace posible una transferencia de la universidad al mercado mucho más eficiente que en otros tipos de ecosistemas.

A esta estructura se añaden unos factores estructurales como un mercado interno de dimensiones continentales, una política industrial sostenida durante décadas, una elevada actividad científica a través de las universidades y los centros de investigación (China ya cuenta con cinco universidades entre las 40 mejores del mundo) y empresas suficientemente capitalizadas para escalar e invertir en desarrollo tecnológico. Todo esto hace que la innovación continúe durante todo el proceso productivo y que no termine cuando se registra la patente.

El clúster Shenzhen-Hong Kong-Guangzhou tiene una proximidad sobre todo industrial: circula con rapidez el mismo proceso productivo, desde el diseño hasta la fabricación a escala

Por otro lado, el clúster de San José – San Francisco, en Estados Unidos, es un clúster de intensidad. Aquí la proximidad es sobre todo social: lo que circula con rapidez son las ideas y el conocimiento acumulado por las personas. La concentración en pocos kilómetros de universidades como Stanford y Berkeley, los principales fondos de capital riesgo del planeta, grandes empresas tecnológicas y miles de startups genera un ecosistema donde las interacciones son constantes y altamente productivas. Las personas cambian de empresa, crean nuevas compañías, invierten en proyectos de sus antiguos compañeros y trasladan con ellas la experiencia y las conexiones adquiridas a lo largo del camino. Esta movilidad continua hace que el conocimiento circule con muy poca fricción y convierte el territorio en una red de interacciones donde nuevas ideas pueden transformarse rápidamente en nuevos productos y empresas.

Este fenómeno fue explicado por los economistas David Audretsch y Maryann Feldman a través de la teoría de las externalidades de conocimiento, los knowledge spillovers, que apunta que una parte del conocimiento es codificable (se publica en un artículo científico, se registra en una patente, etc.), y que gracias a la globalización y la digitalización, este conocimiento puede viajar prácticamente a coste cero. Sin embargo, otra parte del conocimiento es tácita: son la experiencia acumulada, la intuición para resolver problemas complejos, ganada, al mismo tiempo, a través de las conversaciones informales, las relaciones de confianza que se construyen trabajando conjuntamente, etc. Este conocimiento sigue dependiendo de la proximidad física.

Por eso la geografía es todavía un activo económico principal, porque cuanto más digital es la economía, más valor adquiere aquello que no se puede digitalizar. Es evidente que un clúster de innovación no crea el conocimiento por sí solo, pero lo que sí hace es concentrar, después de décadas de acumulación, las condiciones que hacen mucho más probable que aquel territorio se consolide como uno de los principales centros de creación de conocimiento. Es la diferencia entre tener buenas ideas y disponer de un ecosistema capaz de transformarlas en valor económico de forma continuada.

La geografía es todavía un activo económico principal, porque cuanto más digital es la economía, más valor adquiere aquello que no se puede digitalizar

La dependencia de la trayectoria (path dependency) explica por qué el Asia Oriental y los Estados Unidos no son fruto del azar: las condiciones iniciales de un territorio condicionan su futuro. Una universidad de referencia atrae a los primeros investigadores; con la investigación de estos se crean empresas; las empresas, vanguardistas, atraen inversión, y la llegada de capital atrae más talento. De esta manera se genera una dinámica de retroalimentación positiva que, a la vez, absorbe recursos del resto del mundo, profundizando la desigualdad territorial.

Cuando estos ecosistemas ya están creados, entra en juego la política de competencia territorial. Los gobiernos compiten por retener estos activos mediante políticas de atracción de inmigración cualificada, incentivos a la I+D y una fiscalidad favorable, como demuestra el régimen de “Patent Box” en Hong Kong, aplicando un tipo reducido del 5% sobre los ingresos derivados de patentes y otra propiedad intelectual generada mediante actividad de I+D en el territorio. Para que un supernodo se consolide como clúster, deben funcionar ambas dimensiones.

Sin embargo, la geopolítica del conocimiento y la innovación está iniciando un proceso de redistribución. Suiza lidera las clasificaciones de innovación a escala estatal, y no está, evidentemente, ni en Asia Oriental ni en América del Norte. Esto demuestra que la política de competencia territorial es tan importante como la dependencia de la trayectoria, y que ni un clúster tan consolidado como San José – San Francisco es inmune: el encarecimiento acelerado de la vivienda en su núcleo histórico expulsa talento hacia ciudades más asequibles, como Miami, Phoenix o Salt Lake City, mientras que una inestabilidad creciente en las políticas de financiación científica y de visados erosiona una ventaja competitiva construida durante décadas. De hecho, al cierre de la convocatoria de ayudas del European Research Council a finales de agosto de 2025, las solicitudes de investigadores establecidos en Estados Unidos se habían multiplicado casi por cinco respecto al año anterior.

En este contexto, nuevos territorios empiezan a tomar relevancia. En América Latina, São Paulo, Ciudad de México y Bogotá se están consolidando como hubs tecnológicos emergentes, cada uno sobre la base de una fortaleza diferente: São Paulo destaca por la capacidad de escalada empresarial y el potente ecosistema fintech; Ciudad de México, por el volumen de talento disponible, y Bogotá, por su especialización en ingeniería en la nube. Este crecimiento responde, en buena parte, al nearshoring (trasladar procesos tecnológicos a países cercanos), que garantiza una colaboración simultánea gracias a la proximidad horaria, pero a la vez el coste del talento es inferior al de Europa o Estados Unidos. Al mismo tiempo, la India consolida su papel como potencia de ingeniería de software, con Bengaluru como nodo de referencia. El mapa, pues, no se está solo redibujando: se está también ramificando. Sin embargo, que estos territorios se queden como simples bases de talento y coste, o se conviertan en auténticos clústeres de innovación, dependerá de que estas condiciones existentes vayan acompañadas de las otras piezas importantes del puzle. Veremos.

Catalunya cuenta con universidades prestigiosas y centros de investigación de alto nivel, aparte de ser favorecida también por una excelente calidad de vida que la convierte en uno de los territorios más atractivos de Europa. Sin embargo, según el Instituto Nacional de Estadística, la intensidad en I+D (gasto en I+D sobre el PIB) es del 1,82%, lejos del 2,24% de la UE-27. Además, el hecho de que el gasto público y universitario aumente mientras la inversión empresarial disminuye pone de manifiesto que el principal cuello de botella es la capacidad de transferencia de conocimiento a la industria, más que la generación de conocimiento en sí.

Que el gasto público y universitario aumente mientras la inversión empresarial cae evidencia que el principal cuello de botella es la capacidad de transferencia de conocimiento a la industria

La Generalitat parece ser consciente de ello: la nueva Estrategia de Innovación Empresarial 2026–2030 destina 78 millones de euros de ayudas a la innovación que pretenden movilizar una inversión empresarial de casi 300 millones de euros, con el objetivo de alcanzar, en el año 2030, el 2% del PIB en gasto empresarial de I+D. Es necesario, pues, aprovechar este momento de ramificación haciendo que esta estrategia vaya acompañada de una política de competencia territorial excelente, y que, a la vez, frene la fuga de cerebros o, como mínimo, garantice su regreso a medio plazo.

La Teoría de las Ideas de Platón concebía las ideas como realidades universales, independientes del mundo físico. Las ideas, efectivamente, son abstractas, intangibles, no pertenecen a ningún lugar concreto. Pero las condiciones que permiten que estas se conviertan en realidades, estas condiciones, de momento, sí que están arraigadas en territorios concretos. Esta es la geografía de las ideas.

Al fin y al cabo, sin embargo, lo importante es que las ideas nazcan, sea en las ciudades que se llenan en verano o en las que nunca dejan de llenarse. El resto ya encontrará su lugar. Y que mientras los atardeceres largos aún duren, uno pueda acabar de disfrutar de un poco de ocio, antes de que septiembre imponga de nuevo el ritmo a la metrópoli y las inteligencias naturales vuelvan, afortunadamente, a llenar las universidades.

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