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La castanyera: jubilación inminente?

El número de vendedoras de castañas cae un 26% en 10 años: un negocio truncado por las temperaturas, Halloween y la carencia de relevo generacional

Viviremos la jubilació de la castanyera? | Istock Viviremos la jubilació de la castanyera? | Istock

"Paperines de castañas a 3 euros. Un moniato pequeño por 1,4 euros y por 3 euros el grande". Esto es el que se escucha en una de las 27 paradas que se han instalado en Barcelona alrededor de Pilar para aprovechar la Castañada y que se estarán muy bien hasta marzo. Son menos que el año pasado, y que el anterior, y que el otro. Concretamente, son un 26% menos que hace 10 años. No acompañan las temperaturas, pero tampoco el Halloween ni un negocio que, de repente, se ha quedado sin una tercera generación que quiera salirlo adelante. Viviremos la jubilación de la castanyera?

Més info: El valor de las únicas castaños hechos en Cataluña

Y es que la crisis se encuentra en la figura del vendedor y no en el consumo de los frutos de temporada. Según el Gremio de Mayoristas de la Fruta y la Verdura de Barcelona, entre este lunes y el 4 de noviembre se pueden vender 400 toneladas de castaña, entre un 10 y un 15% más que el año anterior, y 260 toneladas de moniato, un volumen similar al pasado ejercicio. Precisamente es entre octubre y noviembre cuando hay el pico de ventas de este producto y esperan que las lluvias y reducción de temperaturas de estos días los den un impulso. Un pequeño empujón que la castanyera más tradicional no acaba de notar.

Un negocio que va de capa caída

Montse Izquierdo pone la parada en la calle Aribau a tocar de Gran Vía desde el 1978. Entonces sólo vendía castañas y moniatos, ahora ha sumado también un pequeño estante de madera con cortes de pastel y magdalenas de este tubérculo de temporada. Su color anaranjado invita a llevarse una ración, pero la estrella son las castañas. "Algunos clientes me han dicho que, en vez de palomitas, entran con castañas en el cine y se las comen mientras miran la película", confiesa la propietaria, que justo a la acera del delante ve entrar y salir gente de Aribau Multicines.

Izquierdo recuerda como, hace 30 años, se podían vender más de 30 kg de castañas al día. Ahora, dice, "difícilmente se venden la mitad". Ni siquiera ayuda a ser en un punto céntrico como el suyo, a tocar de la plaza de la Universidad y muy cerca de la de Cataluña. Reconoce que se acercan muchos turistas, a pesar de que también vecinos "de toda la vida".

La antigua castanyera podía vender 30 kg al día, ahora la cifra no supera los 10 kg

Una situación un poco diferente de la de Ana González. Su lugar de trabajo desde medios de octubre y hasta al poco de Nadal se encuentra al número 76 de Ronda Santo Pau, una zona donde la afluencia de visitantes foráneos es más exigua y donde la diversidad cultural hace que la tradición se viva de maneras muy diferentes. "Entre esto, el calor y que la gente joven prefiere el Halloween, todo ha cambiado", explica, "los días que vendo uno o dos sacos de castañas, ya estoy contenta". Esto serían entre 5 y 10 kg, muy lejos del alud de paperines que había visto salir de la parada cuando la traían sus padres.

Pensar en la tradición familiar

González monta la caseta año tras año por tradición. "El trabajo es esclavo y se gana poco. Si lo trae una pareja, o tres o cuatro familiares, compensa porque hacen turnos y tienen otros sueldos. Una persona sola, sin ninguno otro ingreso, no lo puede hacer, no saca bastante", lamenta. Y es que la mayoría de castaños y castanyeres abren entre las 10 y las 11 de la mañana y se están hasta muy entrado el anochecer; o hasta la noche, en días festivos y fines de semana. Una jornada que, afirma, "ya no se vive como antes cuando todo era uno no parar".

Precisamente así es como lo hacen los sobrinos del conocido, años acá, Castanyer del Sepu. La caseta ocupa un espacio reducido al primer tramo de la Rambla de Barcelona. Por la mañana hay sus mujeres, Montse Mairal y Mari Carmen José, y por la tarde, los dos primos. Son cuatro personas y se organizan durante los siete días de la semana para abrir las puertas de la parada y empezar a asar las castañas y los moniatos.

Jesús: "Ver caras conocidas que vienen a buscarte, como si fueras su frutero o carnicero, es una cosa que te hace ver que hacemos bien abriendo"

Algunos podrían pensar que están en un punto privilegiado, de los más concurridos de la ciudad, pero Miaral lo desmiente: "Hay demasiados lugares donde comprar helados, gofres, kebabs o bocadillos. Tú cruces que la gente quiere castañas ante esto? Quizás cuando cae el solo y hace más fresca sí que se viene a buscar la castaña caliente, pero todo ha cambiado mucho. Antes cuatro personas iban de bòlit, ahora con dos en estiércol de sobra". "Pero lo hacemos por tradición", se afana a añadir Jesús, "si nosotros lo dejamos, esto se pierde".

Sería el mismo la Rambla sin la caseta del Sepu? No. La familia lo sabe y lo ratifican los vecinos que, aseguran las dos, van cada año allá mismo a comprar sus paperines para "no perder la costumbre". "Ver caras conocidas que vienen a buscarte, como si fueras su frutero o carnicero, es una cosa que te hace ver que hacemos bien abriendo", narra Jesús con una sonrisa.

Pagar más para trabajar menos

La licencia cada vez es más cara. Es una crítica que todos hacen porque para poder ocupar la vía pública han tenido que abonar en el Ayuntamiento de Barcelona entre 250 y 400 euros en función de la calle y la medida de la parada. Al gasto se suma que el resto del año guardan la caseta en un almacén o garaje en alquiler y que tienen que comprar baterías propias para poder tener suministro eléctrico. "No como antes, cuando nos podíamos enchufar gratuitamente a la luz de las farolas", compara Antònia Navarro, quienes asegura que tiene que pagar 600 euros para poder tener el servicio. Un trámite que, ahora, se tiene que gestionar con un contrato individual con la compañía eléctrica y no con el Ayuntamiento.

Navarro: "Pagamos como si fuéramos una tienda y no tenemos los mismos derechos"

No sabe muy bien si se estará hasta enero o hasta marzo con la caseta a ante el Arco del Triunfo. Cuando su madre trabajaba, alargaba el máximo posible, pero ella prefiere decidir según como vaya la caja. Y tampoco tiene claro de querer asumir el esfuerzo que supone estarse tantas horas en la calle para "vender poco". Además, tiene una batería que le dura una hora, suficiente para pasar las horas sin luz, pero pesa demasiado para ella y está pendiente que su marido le traiga cuando haya acabado de cargar. "Tú cruces que se puede estar así mucho tiempos? Pagamos como si fuéramos una tienda y no tenemos los mismos derechos", reflexiona ella misma, "espero que a mis hijos los vaya bien para no tener que hacerlo nunca". Ni el esfuerzo ni los costes se compensan con unas ventas a la baja. La castanyera se jubila y sin relevo. Un relevo que tampoco vol.

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