Ciutat Vella es el kilómetro cero de Barcelona, una definición que se ha repetido durante años para describir el núcleo donde la ciudad nació y creció, amurallada hasta 1859. El distrito -hoy delimitado por el Paral·lel, las rondas, la calle Pelai, el paseo de Lluís Companys y el parque de la Ciutadella- concentra cuatro barrios (La Barceloneta, el Raval, el Gòtic y el Born) que explican, a su manera, una etapa diferente de la historia de la ciudad. Pero este corazón histórico, tan cargado de memoria, también ha tenido que afrontar un conjunto de tensiones que han puesto a prueba su vitalidad. “La realidad que vive Ciutat Vella es consecuencia de dos factores diabólicos”, señala a VIA Empresa Gabriel Jené, presidente de Barcelona Oberta.
El primero, la pandemia, que paralizó totalmente la actividad económica, especialmente la comercial. El segundo, una transformación de la movilidad urbana que ha limitado la accesibilidad al distrito. “Las políticas de los últimos años, especialmente las del último mandato, han criminalizado el vehículo privado”, asegura con contundencia. “Sin duda, el espacio ha sido rechazado por los barceloneses y visitantes del área metropolitana”, añade.
Jené: “La realidad que vive Ciutat Vella es consecuencia de dos factores diabólicos: la pandemia y la accesibilidad”
En este contexto se enmarca el Pacto por Ciutat Vella, un proceso de transformación estratégico con el horizonte en el año 2035 que el Ayuntamiento de Barcelona ha querido desplegar con acciones integrales y transversales para recuperar el atractivo de la zona. Este pacto se ha construido desde el diálogo con más de 180 entidades del mundo social, económico, cultural y político, y tiene un presupuesto de 228 millones de euros, de los cuales 225 están destinados a inversiones.
El objetivo es fomentar jornadas de debate, sesiones y encuentros para que las propuestas surgidas de los grupos de trabajo se transformen en acciones concretas. Todo ello, resulta esperanzador para Barcelona Oberta. Ahora bien, Jené insiste en una afirmación que ya hizo un día a este diario: “Después de la pandemia, el resto de la ciudad se recuperó muy bien, pero Ciutat Vella no”.
Esta falta de recuperación se deja entrever a pie de calle, con un centro histórico dominado por el turismo de paso: los visitantes se concentran en las zonas más emblemáticas, mientras que los residentes ven cómo la vida cotidiana se complica. La combinación de inmigración, desigualdades sociales y escasez de oferta de vivienda hace que el espacio sea comercialmente atípico y poco atractivo para nuevas ofertas. “Si no hay operaciones comerciales potentes que generen nuevas demandas, todo esto entra en una cierta depresión”, lamenta Jené. "Los agentes de Real Estate que buscan poner tiendas grandes, piensan en cualquier lugar de la ciudad, menos en este", añade.
Un ejemplo claro es la Via Laietana, que a pesar de los intentos de Barcelona Oberta por recuperar su viabilidad como arteria clave de conexión, continúa limitada por la accesibilidad, especialmente por la banda de sur hacia norte, de mar hacia montaña. Según Jené, esto afecta especialmente la parte sur del distrito, como la Barceloneta, los Porxos o el Born. Isabel Rodríguez, gerente de la isla comercial Barna Centre, defiende que la solución no puede limitarse a abrir o cerrar calles, sino que es necesaria una adaptación a las nuevas tecnologías, también en la gestión de la movilidad. "Nosotros fuimos pioneros en la peatonalización de calles, pero ahora nos estamos quedando encerrados en el Gótico, y ha llegado el momento de ponerse creativos y aplicar semáforos inteligentes o sistemas de control dinámico que permitan reducir la presión sobre el distrito".
El Pacto por Ciutat Vella impulsa un plan estratégico hasta el 2035 para recuperar el atractivo del distrito, con acciones integrales y transversales coordinadas por el Ajuntament de Barcelona
Pero Jené también ve luz al final del túnel. “Hay un buen diálogo con el Ayuntamiento, y las iniciativas de las pasadas Navidades y la reciente apertura de la Fnac en la Rambla son ejemplos de cómo pequeñas acciones pueden tener un impacto inmediato”, subraya. “Si bien es cierto que la Via Laietana se ha abierto, y eso está muy bien, todavía no hay ninguna tienda especialmente emblemática” remarca. “Esto hace que nos demos cuenta de que hace falta un proceso de transformación profundo para que Ciutat Vella no sea un gueto donde todo parece extraño”, puntualiza. Este diagnóstico los empujó en octubre a presentar un decálogo de propuestas en la décima edición del Summit, el encuentro anual que organiza la institución en Casa Seat, bajo el título Més x Ciutat Vella.
Revalorizar los edificios degradados para coser el tejido urbano

Entre las propuestas del decálogo, Barcelona Oberta pone el foco en los edificios emblemáticos que hoy están infrautilizados o degradados. En este sentido, Elvira Garcia, directora general de la entidad, celebra que el Ayuntamiento haya impulsado la recuperación del Teatre Capitol, una iniciativa que considera “una buena noticia” porque diversifica la oferta cultural y da forma a un equipamiento municipal que puede atraer público y fidelizarlo. No en vano, cada vez más actores del territorio coinciden en que el futuro de Ciutat Vella pide reforzar su identidad cultural, y es aquí donde la Rambla -actualmente en fase de obras hasta 2027- deviene un elemento central.
Xavi Masip, gerente de Amics de la Rambla, defiende en declaraciones a VIA Empresa que el paseo tiene un papel insustituible en la vida cultural de Barcelona: “La Rambla es el principal eje cultural de la ciudad. No hay ninguna calle en Barcelona que tenga el volumen de opciones culturales y de ocio que tiene la Rambla”, explica con naturalidad, y recuerda que en este entorno se concentran instituciones como el Institut de Cultura de Barcelona (ICUB), la Conselleria de Cultura -con sedes patrimoniales como el Palau Moja-, el Gran Teatre del Liceu o el Ateneu Barcelonès.
Grafitis, orines, ruido nocturno, vendedores de droga o gente joven consumiendo alcohol en la calle son ejemplos de la pérdida progresiva del espacio público que detecta Xavi Masip, gerente de Amics de la Rambla
Pero Masip también habla desde la trinchera. “Tener una hormigonera y el suelo levantado cada día condiciona mucho nuestra visión”, admite. Las obras “generan el 90% de nuestros inputs actuales”, y tanto vecinos como comerciantes conviven con incomodidades constantes. Aun así, mantiene el optimismo: “Estamos convencidos de que la nueva Rambla será mejor que la que tenemos ahora, nos anima el proyecto de remodelación”. Al mismo tiempo, el gerente relata que la Rambla ha vivido una pérdida progresiva del espacio público, ocupado durante años por usos incívicos. “Si permitimos que lo que es ilegal ocupe el espacio público, la gente deja de utilizarlo”, alerta.
Y pone ejemplos concretos: grafitis, orines, ruido nocturno, vendedores de droga o juventud consumiendo alcohol en la calle. Uno de los ejemplos más gráficos es el del Liceo. Masip recuerda que las puertas del escultor Jaume Plensa, instaladas hace tres años, no nacieron como un gesto artístico, sino como una medida de protección. “El Liceo no encarga una obra de arte para embellecer La Rambla”, explica. “Lo hace porque había perdido el uso ciudadano de sus soportales: a partir de cierta hora, todo lo que se instalaba eran malos usos del espacio público”. Ante la falta de respuesta institucional, el teatro optó por cerrarse con arte: “Decidieron poner estas puertas porque no había ninguna otra manera de recuperar aquel espacio”.

Masip destaca que la Rambla siempre ha sido un espacio en mutación. “En los años 90 había más de ocho tiendas de piel; hoy solo queda una. También había muchas librerías, y ahora quedan dos, y si contamos la llegada de Fnac, tres". Su mirada comparte complicidades en el Born. Juan Carlos Arriaga, presidente de Born Comerç, lo resume así: “Hemos dejado el corazón de la ciudad sin sangre”. Para él, el problema no es solo comercial, sino conceptual. “Barcelona ha olvidado que el centro es un espacio de centralidad, no de proximidad”. El artesanado, dice, sobrevive como puede en un entorno donde “competimos en desigualdad con tiendas de recuerdos o pseudoartesanos que venden productos de China”.
A pesar de hablar desde barrios diferentes, Masip, Rodríguez y Arriaga creen que la ciudad ha ido perdiendo singularidad. El reclamo más destacable de Masip gira en torno a un "mix comercial" más equilibrado, y Rodríguez explica que "se está batallando muchísimo, con propuestas muy bonitas e interesantes que quieren ser viables". Mientras tanto, Arriaga recuerda que el Born dispone “de un espacio singularísimo, con artesanos, restauración e historia”, pero que esta riqueza “se está dejando perder”.
En este mismo sentido, García añade otra capa de preocupación: “Hay monocultivos comerciales, como los supermercados 24 horas”, alerta con preocupación. Y recuerda que el plan de usos, a pesar de la reforma reciente, “es muy restrictivo y poco promocional”, un freno más a la diversificación del centro.
El Mercado de La Boquería y la gincana de la accesibilidad

Si el comercio y la identidad cultural son dos patas frágiles de Ciutat Vella, la tercera -y quizás la más decisiva- es la accesibilidad. Todos los actores consultados coinciden en que llegar al centro histórico se ha convertido en una auténtica gincana, y que este aislamiento explica buena parte de su decadencia comercial. El Mercado de la Boquería, recuerda Masip, “nunca ha sido solo el mercado del barrio”, sino un mercado de ciudad. Pero la dificultad para llegar en coche ha hecho que muchos barceloneses hayan dejado de venir. “Si no puedes cargar la compra como harías en cualquier otro centro comercial, acabas marchándote”, sentencia.
En el ámbito cultural, el Teatre Poliorama también ha perdido buena parte del público que venía en autocar desde otras comarcas. “Antes los dejaban en Plaça Catalunya y ahora tienen que caminar un kilómetro y medio. Esto para un grupo de gente mayor, es inviable”, dice con cierta disconformidad. Lo mismo pasa con los escolares: “Mueve un grupo de 40 críos por el medio de Ciutat Vella y verás como no vuelven", señala.
Por su parte, Jené considera que “Barcelona ha comprado el discurso de la ciudad de los quince minutos”, el cual “va en contra del comercio de centralidad”. Y hace comparaciones internacionales: “El centro no vive del vecino de la esquina, vive de la gente que llega expresamente. Todas las grandes ciudades del mundo tienen un comercio de centralidad potente: en París, los Champs-Élysées o la Rue du Faubourg Saint-Honoré; en Londres, Oxford Street o Regent Street. Estos ejes no viven de los residentes del barrio, sino del visitante que va porque sabe que allí encontrará una oferta única”.
Arriaga coincide allí y añade una paradoja que le resulta sorprendente: "Veinte millones de turistas visitan el centro cada año, y los barceloneses no bajan nunca”. Incluso apunta que, en plena era de Donald Trump, “los americanos mantienen Barcelona como uno de los pocos destinos que no piensan dejar de visitar”.
En definitiva, Ciutat Vella y el conjunto de Barcelona se enfrentan a un reto mayúsculo hasta 2035: volver a ser un centro vivo, verde, limpio, útil y accesible para los barceloneses sin renunciar a su papel como escaparate internacional. Las actuaciones previstas hasta la fecha marcarán el camino, y todo el que ama el distrito deberá demostrar que es capaz de coser aquello que durante los últimos años se ha ido deshilachando.