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El riesgo de observar el planeta en silos

Los grandes desafíos del siglo XXI exigirán personas capaces de integrar lo que hoy seguimos observando por separado

Equipos de emergencia y voluntarios tras los terremotos que afectaron a Venezuela |Europa Press
Equipos de emergencia y voluntarios tras los terremotos que afectaron a Venezuela |Europa Press
SU
Fundadora y directora general de la consultora Conética
Barcelona
07 de Julio de 2026 - 04:55

La mayor limitación del conocimiento no siempre está en las respuestas. Con frecuencia aparece mucho antes: en la pregunta que decidimos formular. Cada vez que un gran terremoto sacude una región del planeta, un volcán entra en erupción, una tormenta solar altera la actividad del Sol o un episodio meteorológico extremo ocupa los titulares, reaccionamos de la misma manera. Buscamos una explicación y tratamos de averiguar si existe algún vínculo con otros acontecimientos que están ocurriendo al mismo tiempo en lugares muy distintos del mundo.

 

La respuesta de la ciencia suele ser prudente y, con el conocimiento disponible hoy, plenamente razonable. Un terremoto registrado en el Caribe no explica otro ocurrido en Japón; un volcán responde a la dinámica de su propio sistema magmático y una tormenta solar pertenece a un ámbito físico diferente. Cada fenómeno tiene su lógica y mezclar disciplinas sin evidencias sería un error.

Sin embargo, mientras escuchaba estas explicaciones, reconocí un patrón que ya había visto antes. No en un laboratorio ni en un observatorio geológico, sino dentro de una empresa.

 

La respuesta de la ciencia suele ser prudente y, con el conocimiento disponible hoy, plenamente razonable

Hubo un tiempo en el que las organizaciones también se analizaban así. Finanzas vigilaba las cuentas, Marketing impulsaba las ventas, Compras negociaba con proveedores, Operaciones mejoraba la productividad y Recursos Humanos gestionaba el talento. Cada área cumplía correctamente su función y, aun así, algunas compañías seguían tomando decisiones estratégicas sorprendentemente malas. No era un problema de capacidad ni de falta de información. Era un problema de perspectiva.

Cada departamento conocía perfectamente su parcela, pero casi nadie entendía lo que sucedía entre unas áreas y otras. El pensamiento sistémico no surgió porque las empresas descubrieran un nuevo departamento. Surgió cuando comprendieron que el verdadero valor —y también muchos de los riesgos más importantes— se encontraba en las relaciones invisibles que conectaban todas las piezas. La sostenibilidad, entendida en su sentido más profundo, nació precisamente de esa forma de mirar las organizaciones: no como una suma de funciones independientes, sino como un sistema de dependencias donde una decisión aparentemente impecable podía generar consecuencias inesperadas en otro lugar de la empresa.

Desde entonces me acompaña una pregunta: ¿seguimos observando el planeta con un modelo mental que las organizaciones más avanzadas dejaron atrás hace años?

Vivimos el momento de mayor especialización científica de la historia. Nunca habíamos contado con geólogos, meteorólogos, oceanógrafos, astrofísicos, economistas o especialistas en inteligencia artificial capaces de explicar con tanta precisión fenómenos tan complejos. La especialización ha sido uno de los grandes motores del progreso y nadie sensato propondría renunciar a ella.

Pero toda fortaleza tiene un coste. Cuanto más profundizamos en cada disciplina, más difícil resulta integrar el conocimiento que generan todas ellas. Sabemos muchísimo más sobre cada pieza del puzle, pero comprender el conjunto se ha convertido en un desafío creciente. Hemos aprendido a mirar con un microscopio extraordinario. El reto consiste en no perder de vista el paisaje.

Esa reflexión lleva inevitablemente a pensadores que entendían el conocimiento como un todo. Aristóteles jamás habría concebido la naturaleza, la política, la ética o la astronomía como compartimentos estancos. Leonardo da Vinci trabajó con esa misma libertad intelectual siglos después. Y Alexander von Humboldt revolucionó la ciencia al describir la Tierra como una inmensa red de relaciones cuando la mayoría seguía estudiando cada fenómeno por separado.

La especialización ha sido uno de los grandes motores del progreso y nadie sensato propondría renunciar a ella

Hoy el conocimiento es infinitamente más profundo que entonces, pero también está mucho más fragmentado. La realidad no funciona por facultades universitarias, por departamentos ni por áreas de conocimiento. Esa organización nos ha permitido comprender mejor muchos fenómenos. Sin embargo, también dificulta integrar una realidad cuya complejidad no entiende de fronteras académicas.

La cuestión relevante no es buscar relaciones causales donde no existen. La cuestión es otra: ¿seguimos formulando las preguntas adecuadas para comprender sistemas cada vez más complejos?

No estoy sugiriendo que un volcán explique otro volcán ni que una tormenta solar desencadene un terremoto. Hoy no existe evidencia científica que permita sostener afirmaciones de ese tipo y sería irresponsable insinuarlo. Pero la historia de la ciencia muestra que muchos de los grandes avances no llegaron porque apareciera un fenómeno desconocido, sino porque alguien descubrió una relación que había permanecido invisible durante siglos.

Los microorganismos siempre estuvieron ahí. También las emisiones que alteraban el equilibrio climático. O las cadenas de suministro que sostenían silenciosamente la economía mundial. Lo que cambió no fue el fenómeno. Cambió la forma de interpretarlo.

Eso abre una pregunta que merece atención. Si existiera una variable sistémica compartida entre procesos estudiados por disciplinas distintas, ¿contaríamos hoy con las herramientas conceptuales necesarias para identificarla o la descartaríamos simplemente porque no pertenece al campo de ningún especialista en particular?

Las últimas semanas ilustran bien esta reflexión. Hemos visto terremotos en distintos continentes, actividad volcánica en varios puntos del Cinturón de Fuego, olas de calor extremas y otros fenómenos naturales que, considerados de forma individual, encuentran explicación dentro de sus respectivas disciplinas. Y así debe seguir siendo.

Hay, sin embargo, una cuestión que sí merece ser analizada. No consiste en buscar relaciones causales entre esos fenómenos, sino en comprender qué ocurre cuando múltiples perturbaciones coinciden en el tiempo y ejercen presión sobre un mismo sistema social, económico y ambiental. Ese sistema ya no es únicamente la Tierra. Es también la civilización que hemos construido sobre ella y la inmensa red de dependencias que sostiene nuestro modo de vida.

¿Seguimos formulando las preguntas adecuadas para comprender sistemas cada vez más complejos?

Las empresas no entraban en crisis porque un departamento dejara de funcionar. Entraban en crisis porque nadie comprendía cómo interactuaban las dependencias que mantenían unido el conjunto. Esa experiencia ofrece una enseñanza que trasciende el mundo empresarial.

La especialización seguirá siendo imprescindible. Pero también lo será desarrollar una capacidad que hemos cultivado mucho menos: integrar conocimientos que hoy permanecen separados. La sostenibilidad lleva años recordándonos que los mayores riesgos rara vez nacen de un único factor. Surgen cuando varias dependencias convergen, se refuerzan entre sí y terminan afectando a la estabilidad del sistema. No porque todos los fenómenos compartan una misma causa, sino porque cada vez comparten más consecuencias sobre un mismo sistema.

La ciencia seguirá necesitando especialistas. Los grandes desafíos del siglo XXI exigirán, además, personas capaces de integrar lo que hoy seguimos observando por separado. Porque conocer cada vez mejor las partes no garantiza comprender el comportamiento del todo. Y es precisamente en el todo donde suelen comenzar las transformaciones que acaban cambiándolo todo.