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El calor de este verano no ha sido solo una cifra. Ha sido un recordatorio del sistema del que dependen las empresas. El termómetro volvió a ocupar titulares, pero los grados explican solo una parte de lo ocurrido. El calor persistente redujo la humedad del suelo, agravó la sequía, favoreció los incendios, disminuyó el caudal de los ríos y tensionó la agricultura, la energía, el transporte y la salud.
Un fenómeno climático generó impactos en sectores que todavía gestionamos por separado. Europa occidental registró el periodo junio-julio más cálido desde que existen datos comparables, con una temperatura media de 2,79 grados por encima del promedio. En julio, la mitad del territorio de la Unión Europea (UE) y el Reino Unido se encontraba bajo algún nivel de sequía. En agosto, el Loira, el Po, el Rin y el Danubio alcanzaron niveles excepcionalmente bajos.
Europa occidental registró el periodo junio-julio más cálido desde que existen datos comparables, con una temperatura media de 2,79 grados por encima del promedio
Cuando baja el caudal de un río, no solo pierde agua el paisaje. Se reduce la capacidad de riego, se dificulta el transporte de mercancías, aumenta la presión sobre los ecosistemas y pueden aparecer limitaciones en instalaciones energéticas que necesitan agua para su refrigeración. Un río nunca es solo un río: es agricultura, energía, logística y biodiversidad. Esa es una de las lecciones empresariales del verano: los impactos no avanzan siguiendo la clasificación sectorial de nuestras hojas de cálculo.
El terreno ya estaba escrito
La intensidad de un fenómeno no determina por sí sola la magnitud del daño. También importa el estado del territorio cuando se produce. La sequía europea llevaba meses desarrollándose. La falta de precipitaciones y la pérdida progresiva de humedad prepararon el terreno antes de las olas de calor. Con el suelo seco, desaparece parte de su capacidad natural de refrigeración. Aumenta la temperatura, se acelera la evaporación y la vegetación se convierte en combustible.
Después del incendio, el suelo pierde capacidad para retener agua. Si llegan lluvias intensas, la escorrentía aumenta y con ella el riesgo de inundaciones, erosión y deslizamientos. Sequía, incendio e inundación pueden producirse en un mismo territorio y formar parte de una misma secuencia. Comparten vulnerabilidades y se amplifican entre sí. En la empresa ocurre algo parecido. Una incidencia asumible puede convertirse en una interrupción grave cuando encuentra proveedores concentrados, infraestructuras frágiles, inventarios mínimos o recursos sin alternativa.
La empresa también depende del territorio
Muchas organizaciones mantienen una visión fragmentada de estos riesgos. El agua queda en el área ambiental; la energía, en operaciones; los proveedores, en compras; la salud, en recursos humanos; y la logística, en la cadena de suministro. El fenómeno atraviesa todos esos departamentos sin pedir permiso.
Una empresa puede estar lejos de un incendio y recibir su impacto porque uno de sus proveedores se encuentra en la zona afectada, una carretera queda cortada o el humo deteriora la calidad del aire a cientos de kilómetros. También puede haber diversificado proveedores y descubrir que todos dependen de una misma cuenca hidrográfica, un mismo puerto, una determinada materia prima o una única red eléctrica. En el listado aparecen varias empresas; en el mapa de dependencias aparece una sola vulnerabilidad. La diversificación formal no siempre equivale a resiliencia.
La nube tiene territorio. Y ese territorio ya forma parte del mapa de riesgos empresariales
La dimensión material de la inteligencia artificial
La tecnología añade nuevas conexiones a este sistema. La expansión de la inteligencia artificial incrementa la demanda de centros de datos, semiconductores, redes eléctricas, sistemas de refrigeración, agua, suelo y minerales críticos.
Un informe publicado este verano por la Universidad de las Naciones Unidas recuerda que cada kilovatio hora utilizado por la IA tiene implicaciones sobre el carbono, el agua y el territorio. Estas huellas tampoco avanzan necesariamente en la misma dirección. Una fuente energética baja en carbono puede requerir una cantidad elevada de agua o de suelo.
Cada kilovatio hora utilizado por la IA tiene implicaciones sobre el carbono, el agua y el territorio, según un informe de la Universidad de las Naciones Unidas
Buena parte de la infraestructura digital depende de recursos físicos sometidos a un estrés creciente. Cuanto más digital es una economía, mayor importancia adquieren la localización de los centros de datos, la disponibilidad de energía, la seguridad hídrica y el origen de los componentes tecnológicos. La nube tiene territorio. Y ese territorio ya forma parte del mapa de riesgos empresariales.
Europa aligera el reporting
Este verano también ha traído cambios importantes en la regulación europea. La Comisión Europea ha revisado los estándares de información sobre sostenibilidad y ha reducido en más de un 60% los datos obligatorios de los nuevos ESRS. El objetivo es rebajar los costes y la carga administrativa para las empresas. La simplificación era necesaria. Una montaña de indicadores no garantiza mejores decisiones y ha contribuido a identificar la sostenibilidad con burocracia.
Sin embargo, mientras disminuyen algunas exigencias formales, aumentan las interdependencias que deben comprender las empresas. Informar menos no debería llevar a observar menos. La utilidad de la sostenibilidad no reside en acumular datos, sino en detectar qué necesita la empresa para operar, dónde se concentran sus dependencias y qué puede propagar una interrupción.
El impacto se construye antes del desastre
El desencadenante inicia la secuencia, pero no explica por sí solo el resultado. El impacto aumenta cuando encuentra vulnerabilidades, se propaga a través de sistemas conectados, gana intensidad con los amplificadores y encuentra barreras insuficientes para detenerlo.
Este verano, el calor actuó como desencadenante. La escasez de agua, la degradación del suelo, la concentración de proveedores y unas infraestructuras poco adaptadas formaban parte de la vulnerabilidad. Los ríos, las redes eléctricas, las cadenas de suministro y los sistemas digitales proporcionaron la conectividad. La persistencia de las temperaturas, la urbanización, el envejecimiento de la población y la presión acumulada sobre los recursos amplificaron las consecuencias.
La continuidad empresarial depende de elementos que rara vez aparecen en el balance: el agua de una cuenca, la temperatura de un río o la humedad del suelo
Las alertas tempranas, la prevención de incendios, la diversificación efectiva, la restauración de ecosistemas, las infraestructuras adaptadas y los planes de continuidad actuaron como barreras allí donde estaban disponibles. El desastre aparece al final de la secuencia, pero buena parte del impacto se decide mucho antes.
La continuidad empresarial depende de elementos que rara vez aparecen en el balance: el agua de una cuenca, la temperatura de un río, la humedad del suelo, la capacidad de una red eléctrica o la ubicación real de un proveedor. Hacer visibles esas dependencias también es sostenibilidad. Porque el próximo impacto no llegará necesariamente de un riesgo desconocido, sino de una conexión que la empresa todavía no ha identificado.
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