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Del récord al límite: la sostenibilidad del turismo ya no es una opción estratégica

La calidad del turismo no depende solo del poder adquisitivo del visitante. Depende, sobre todo, de la inteligencia del destino

Un crucero estacionado en el Port de Barcelona | ACN
Un crucero estacionado en el Port de Barcelona | ACN
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Fundadora y directora general de la consultora Conética
Barcelona
28 de Julio de 2026 - 04:55

España vuelve a celebrar cifras históricas. En 2025 se rozaron los 97 millones de turistas internacionales y el gasto superó los 134.700 millones de euros. El turismo representa ya el 12,6% del PIB y más del 12% del empleo estatal. Pocos sectores concentran un peso comparable en la economía española. Pero cuando una actividad alcanza esta dimensión, deja de ser solo una buena noticia y se convierte en una responsabilidad estratégica.

 

En Catalunya —y en los archipiélagos— la cuestión ya no es cuánto crecemos, sino cuánto podemos absorber sin comprometer aquello que sostiene el propio atractivo del destino: la calidad de vida de los residentes, la disponibilidad de vivienda, la capacidad de carga territorial y la resiliencia climática. Catalunya, Baleares y Canarias no atraviesan una crisis turística. Afrontan una crisis de modelo.

En 2025, Catalunya recibió más de 20 millones de turistas internacionales; Baleares y Canarias superaron los 15 millones cada una. En Canarias, el turismo supone alrededor del 35% del PIB y cerca del 40% del empleo. Son territorios extraordinariamente exitosos y, precisamente por ello, extraordinariamente expuestos. Cuando una economía depende tanto de una sola actividad, cualquier desequilibrio se amplifica. Y los desequilibrios son visibles.

 

En Barcelona, con más de 22 millones de pernoctaciones anuales y barrios cuya densidad turística supera la de capitales europeas comparables, el debate sobre las viviendas de uso turístico se ha convertido en un eje estructural de la política urbana. En Baleares, el mercado inmobiliario dificulta incluso alojar a los trabajadores que sostienen la actividad hotelera en temporada alta. En Canarias, miles de personas han salido a la calle bajo el lema Canarias tiene un límite, reflejando una percepción creciente: el crecimiento no siempre se traduce en bienestar proporcional.

Cuando el residente percibe que el dinamismo económico deteriora su entorno, el sistema entra en fricción. Y cuando esa fricción se prolonga, el riesgo deja de ser solo social para convertirse también en reputacional y competitivo.

La vivienda es hoy el principal cuello de botella del turismo en España. El Índice de Precios de Vivienda registró en 2025 incrementos interanuales superiores al 12%, con subidas especialmente intensas en Baleares, Canarias y Catalunya. El turismo no explica por sí solo esta tendencia, pero la acelera en territorios con oferta limitada y elevada presión del alquiler de corta duración.

La vivienda es hoy el principal cuello de botella del turismo en España

En algunas zonas de Baleares, empresas hoteleras han tenido que impulsar soluciones específicas de alojamiento para sus trabajadores ante la imposibilidad de acceder a vivienda en el mercado libre durante la temporada alta. No es un detalle menor: un destino puede generar empleo y, al mismo tiempo, no poder sostenerlo por falta de vivienda accesible. Sin trabajadores no hay servicio, sin servicio no hay calidad y, sin calidad, no hay competitividad. Si la vivienda marca el límite social del crecimiento, el clima empieza a marcar su límite físico.

En las islas, la estacionalidad siempre ha sido climática además de económica. El verano mediterráneo en Baleares y el invierno templado en Canarias han estructurado durante décadas el calendario turístico. Sin embargo, el clima está cambiando: veranos más largos y con episodios de calor extremo más frecuentes, mayor presión sobre los recursos hídricos, infraestructuras sometidas a estrés creciente y una posible redistribución de la demanda hacia primavera y otoño configuran un escenario distinto. El futuro no es menos turismo, sino turismo bajo estrés climático.

En sistemas insulares cerrados, donde agua, energía y territorio son limitados, el modelo intensivo en volumen resulta especialmente vulnerable. La sostenibilidad deja de ser un argumento reputacional para convertirse en una condición de viabilidad operativa. Ya no basta con contabilizar llegadas; es imprescindible gestionar flujos, estacionalidad y presión sobre recursos críticos.

Algunos destinos que han experimentado saturación han optado por intervenir antes de que el conflicto se cronifique. Las islas griegas de Santorini y Mykonos han introducido tasas específicas más elevadas en temporada alta para desincentivar picos y financiar infraestructuras. Más cerca, Formentera regula desde hace años la entrada y circulación de vehículos para evitar el colapso estival. No eliminan la actividad; la ordenan.

Ese es el giro conceptual que España necesita consolidar. Durante décadas, el éxito turístico se midió en número de visitantes. Hoy esa métrica es insuficiente. La competitividad futura dependerá de incorporar indicadores reales de carga —agua disponible por visitante, densidad por barrio, impacto sobre el alquiler residencial, huella energética y de residuos— y utilizarlos como base de decisión pública.

También exigirá una gobernanza multinivel eficaz en materia de alquiler turístico y vivienda, ecotasas vinculadas a inversiones visibles en infraestructuras críticas y una política de conectividad aérea orientada a crear valor sostenido, no únicamente a maximizar el pico estacional.

Catalunya y las islas no son el problema del turismo español; son su termómetro

La calidad del turismo no depende solo del poder adquisitivo del visitante. Depende, sobre todo, de la inteligencia del destino. Un territorio puede atraer viajeros de alto gasto y, aun así, estar colapsado si no gestiona sus límites. Y puede sostener un modelo equilibrado y próspero si planifica con visión de largo plazo.

Catalunya y las islas no son el problema del turismo español; son su termómetro. Si estos territorios consiguen integrar vivienda, clima y gestión de flujos en su política turística, España no solo preservará su liderazgo: lo redefinirá.

El turismo seguirá siendo uno de los pilares económicos del país. Pero el crecimiento sin límites gestionados erosiona su legitimidad social y su resiliencia territorial. La verdadera prueba de madurez del modelo español no será atraer más visitantes, sino demostrar que sabemos gobernar el éxito antes de que el éxito nos gobierne a nosotros. Gobernar el turismo ya no es una cuestión sectorial. Es una cuestión de modelo de país.

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