Argentona, Canet y Arenys de Munt. Son los tres municipios donde se ha forjado la historia de Arpe, una compañía de tres generaciones. Al frente están los hermanos Joan y Montse Pera, herederos de esta joya textil que se remonta a los años cincuenta. “Somos la tercera generación, tomamos el relevo de nuestros padres en el año 2002, y ellos lo hicieron de los bisabuelos Gallemí”, señala a VIA Empresa Joan, economista, ingeniero industrial y responsable de la gestión, los números y la digitalización del negocio. Montse, en cambio, encarna el alma creativa. Diseñadora de formación, es la responsable de la estética y la identidad visual de la marca. El minimalismo que caracteriza muchas de las colecciones de Arpe lleva su huella.
Antes de entrar en la empresa familiar, Pera hacía pocos meses que trabajaba en el sector financiero, en CaixaBank, vinculado al desarrollo de la banca por internet. De aquella etapa guarda una anécdota que aún hoy rememora: una compañera le dijo que, si se esforzaba mucho, de aquí a 25 años la Caixa le daría un pin. “Allí pensé: ‘tengo que marcharme de aquí’”. Años más tarde, la vida le devolvió la imagen en forma de ironía: cuando fue nombrado presidente de Pimec en el Maresme -cargo que ejerce en la actualidad- recibió otro pin, esta vez como gesto simbólico por haber aceptado el cargo.
Cerca del 70% de la facturación de Arpe proviene de la exportación, y Japón se ha convertido en su principal mercado exterior, seguido de Corea
Además de esta responsabilidad institucional, Pera también impulsa otros proyectos que comparten vínculo con Arpe. En 2024 cofundó Kimedes, una startup incubada en el Barcelona Supercomputing Center (BSC) que utiliza tecnología satelital e inteligencia artificial para detectar fugas de agua en las redes municipales. Pero volviendo a 2002 y su paso hacia Arpe, cabe decir que llegó con una mochila llena de aprendizajes. “Lo primero que hice cuando llegué fue crear una página web, y en casa me preguntaban para qué servía”, relata entre risas. Aquella mirada digital y orientada a procesos -poco habitual en una pyme textil de la época- profesionalizó la gestión y preparó la empresa para el salto internacional, hasta el punto de multiplicar por diez el volumen de negocio y situarlo en los 2,4 millones de euros.
Actualmente, cerca del 70% de la facturación de Arpe proviene de la exportación. La compañía empezó a mirar hacia Europa, concretamente Alemania, Suiza o los países nórdicos, mercados en los que el consumidor acostumbra a valorar más el diseño y la producción responsable. Con los años, la búsqueda de nuevos mercados también los llevó a probar suerte en Estados Unidos y en algunos países de América Latina, pero sin el éxito esperado. El giro llegó cuando la empresa empezó a mirar hacia Asia. Hoy, Japón se ha convertido en el principal mercado exterior de la firma catalana, seguido de Corea.
“Si fabricas en Europa, no eres el más económico; allá donde vas, eres el más caro”, admite Pera. Por eso, el proyecto se fundamenta en cuatro grandes vectores: el diseño, la digitalización, la internacionalización y la sostenibilidad. “Apostar por la producción local nos ha enseñado que no debemos competir por precio, sino aportar valor añadido, y este en nuestro caso es el diseño y el compromiso ambiental”, apunta. “Siempre me ha preocupado mucho el impacto ambiental", reconoce. "Cuando estudiaba en la UAB, tenía un profesor de contabilidad que insistía en que estos costes no aparecían en las cuentas de resultados, y aquello me hacía pensar constantemente en el impacto que yo mismo generaba en el planeta”, añade. En casa, esta coherencia es palpable: "He instalado placas solares, aerotermia y me muevo en coche eléctrico".
La toalla de microfibra, el producto estrella

La conexión de Arpe con el público japonés tiene varias explicaciones. Por un lado, la estética de las colecciones encaja con la sensibilidad del consumidor asiático. Por otro, el producto estrella de la compañía, nada más y nada menos que una toalla de microfibra, absorbente, ligera y de secado rápido, responde a unas necesidades muy concretas del mercado. “En Japón hay mucha humedad y la gente utiliza mucho las toallas para secarse”, describe Pera. “No es nada extraño ver ejecutivos en Tokio, vestidos con traje de hombre, y llevando una colgada al cuello para combatir el calor”. Hechas con hilo rPET posconsumo de alta calidad, las toallas de Arpe representan una reducción del 76% de CO2 al producirlas, un 55% y un 40% menos de agua y jabón al lavarlas, y ocupan un 70% menos de espacio.
Las toallas de Arpe representan una reducción del 76% de CO2 al producirlas, un 55% y un 40% menos de agua y jabón al lavarlas, y ocupan un 70% menos de espacio
Esta apuesta también se refleja en la manera en que Arpe innova puertas adentro. En la fábrica tejen, cortan, estampan y confeccionan todo el producto. Han sensorizado máquinas, han implantado un sistema de planificación de recursos empresariales (ERP), y han incorporado un corte láser que ha reducido los desperfectos del 11% al 0,7%. Asimismo, han incorporado tecnología avanzada al control de calidad gracias a un proyecto en colaboración con Eurecat y su spin-off Aracne. En una de las máquinas han instalado una cámara que, combinada con un algoritmo propio, analiza de manera continua todo el tejido que se produce. El sistema sustituye el muestreo manual tradicional -aquellas revisiones puntuales que se hacen cada cierto tiempo- por una supervisión constante que detecta cualquier defecto al momento. Cuando termina el lote, genera automáticamente un informe con todos los errores localizados.
Pero la innovación no se detiene en la nave. Arpe ha calculado su huella de carbono y ha impulsado proyectos sorprendentes: desde convertir residuos de lavado en papel o en filamento para impresión 3D hasta explorar la posibilidad de lavar industrialmente las toallas antes de venderlas para capturar micropartículas. “Si lo hiciéramos, aún seríamos más caros, y ya lo somos. Pero técnicamente es posible”, reconoce Pera. En este camino nace Scarabat, un proyecto de economía circular que investiga cómo dar una segunda vida a los microrresiduos que se desprenden del textil durante el lavado y el secado. La iniciativa surgió de la coincidencia de Pera con estudiantes de Elisava y con Girbau Lab, y hoy también participa el clúster Tèxtils.cat, la consultora ambiental Inèdit y el Molí de Capellades. El proyecto explora dos vías: transformar residuos de fibra natural en papel -con prototipos ya hechos- y encapsular los sintéticos para convertirlos en materia prima para filamentos de impresión 3D con contenido reciclado.
Un horizonte incierto para un oficio que se desvanece

El conjunto de este impulso innovador convive, sin embargo, con una realidad mucho menos amable: la del sector. El textil arrastra una falta alarmante de relevo generacional. “Los cortadores y las confeccionistas se están jubilando, y casi no hay nadie que tome su lugar”, lamenta Pera. “Cuando buscas a alguien que sepa manejar un sistema de corte tradicional, que sepa marcar patrones con un rotulador y cortar como se ha hecho toda la vida, ya no encuentras este perfil”, explica.
Lo mismo ocurre con los antiguos troqueles metálicos -las piezas que servían para cortar formas concretas-: “Los que sabían hacerlo se han ido jubilando, y no hay”. Al mismo tiempo, la competencia asiática presiona día tras día. “En un viaje que hice a Fráncfort, un distribuidor me dijo: ‘Esta toalla que vendes por 60 euros, yo la vendo por 25’. Y yo le respondí: 'así nos va'. Cuando lo hayamos deslocalizado todo, ellos marcarán el precio”, reconoce.
Pera: "Los cortadores y las confeccionistas se están jubilando, y casi no hay nadie que tome su lugar"
En medio de este escenario, Pera ha buscado maneras de cuidar al equipo y mantener la cohesión interna. Ha llevado a la fábrica prácticas de meditación, mindfulness y gestión emocional que él mismo aprendió en un monasterio budista del Maresme. Durante dos años, cada jueves al mediodía, los trabajadores de los 23 totales que lo querían participaban en sesiones guiadas en horario laboral. “Paré toda la fábrica y les expliqué qué quería hacer. Pensaba que tendría bajas, pero se apuntaron casi todos”, explica con orgullo.
A pesar del panorama, Pera se muestra sereno a la hora de imaginar el futuro. “Hemos creado valor, hemos generado puestos de trabajo y hemos dado vida a un proyecto con alma. Ojalá tenga continuidad. Pero pase lo que pase, puedo afirmar que ha valido la pena”, remarca. Preguntado por si le gustaría que su hijo tomara el relevo algún día, sonríe: “Si quisiera, sería fantástico. Montse ya ha dicho que no quiere que los suyos se dediquen a ello porque sabe el sacrificio que conlleva, pero yo al mío no se lo puedo pedir; tiene que ser feliz con lo que decida”, concluye.