Los Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) han vuelto a los titulares de los medios de comunicación a raíz de los anuncios de diversas empresas que han planteado ajustes de plantilla en Catalunya durante los primeros meses de 2026. Este hecho ha generado preocupación social y ha reabierto el debate sobre el estado real del tejido empresarial catalán. Sin embargo, para entender qué está pasando conviene ir más allá del impacto mediático de cada caso concreto y analizar el contexto global de la economía y del empleo.
Un ERE es un procedimiento que permite a una empresa aplicar despidos colectivos cuando existen causas económicas, organizativas, técnicas o productivas. Normalmente, se utiliza cuando la empresa considera que necesita reducir estructuralmente su plantilla para adaptarse a una nueva realidad competitiva. Los datos muestran que los ERE han aumentado durante 2026. Según las últimas cifras disponibles, los trabajadores afectados por despidos colectivos en Catalunya crecieron más de un 50% interanual durante el primer trimestre del año, con cerca de 1.900 personas afectadas, sobre todo en el sector servicios y en la industria.
Según las últimas cifras disponibles, los trabajadores afectados por despidos colectivos en Catalunya fueron cerca de 1.900, sobre todo en el sector servicios y en la industria
Ahora bien, estos datos se tienen que contextualizar. Catalunya tiene actualmente más de 3,9 millones de afiliados a la Seguridad Social, la cifra más alta de su historia. Por lo tanto, a pesar del repunte de los ERO, el conjunto del empleo continúa mostrando una notable capacidad de resistencia. No estamos ante una situación comparable a la gran crisis financiera de 2008, cuando la destrucción de puestos de trabajo era generalizada y afectaba prácticamente a todos los sectores económicos. Lo que estamos viviendo hoy es un proceso diferente: una transformación del mercado laboral.
La cuarta revolución industrial está modificando aceleradamente la manera de producir, de trabajar y de competir. La digitalización, la robotización, la inteligencia artificial y la automatización están eliminando determinados trabajos, especialmente los más repetitivos o administrativos. A esto se añaden los problemas geopolíticos internacionales, las tensiones comerciales, el encarecimiento energético, la competencia global y la incertidumbre derivada de los conflictos internacionales. Todo ello obliga a muchas empresas a replantear estructuras, procesos y dimensiones.
Es evidente que esta transformación genera inquietud. Cuando se destruyen puestos de trabajo, hay empresas, personas y familias que sufren. Pero es importante mantener una mirada histórica y evitar catastrofismos. Las anteriores revoluciones industriales también destruyeron muchos puestos de trabajo y generaron incertidumbre. Sin embargo, acabaron generando más empleo, más prosperidad y nuevas actividades económicas que antes ni existían. Por ejemplo, en Catalunya, cuando se inició la primera revolución industrial, más del 80% del empleo estaba vinculado al campo. Hoy, en cambio, el empleo agrario representa aproximadamente solo un 3% del total. Gracias a la tecnología, la producción agroalimentaria se ha multiplicado enormemente con mucha menos mano de obra. Se perdieron muchos puestos de trabajo agrícolas, pero al mismo tiempo se crearon muchas más oportunidades en la industria y, posteriormente, en los servicios y en las actividades vinculadas al conocimiento.
La historia reciente también aporta ejemplos muy ilustrativos. El año 2013, The Economist previó que la tecnología y la inteligencia artificial podrían destruir hasta el 90% de los puestos de trabajo en contabilidad y auditoría. Según la International Federation of Accountants (IFAC), el empleo mundial en estas profesiones ha continuado creciendo cerca de un 1% anual desde entonces. La tecnología ha automatizado tareas rutinarias, pero también ha generado nuevos servicios y perfiles profesionales de mayor valor añadido.
Es cierto que el paro sigue siendo demasiado elevado y que, a pesar de su reducción de los últimos años, todavía supera niveles que deberían preocuparnos. Pero también es verdad que muchas empresas tienen dificultades para encontrar determinados perfiles profesionales y el talento que necesitan. Esta aparente contradicción pone de manifiesto que el problema no es solo cuantitativo, sino también cualitativo. Hay puestos de trabajo que desaparecen mientras otros quedan vacantes porque no siempre coinciden las competencias disponibles con las que demanda la nueva economía.
Por lo tanto, es posible que la inteligencia artificial y la cuarta revolución industrial acaben creando más puestos de trabajo de los que destruirán, pero esto no pasará automáticamente. Dependerá mucho de las decisiones que tomemos como sociedad. Si se hacen bien las cosas, la tecnología puede aumentar la productividad, generar nuevos sectores de actividad, mejorar servicios y crear ocupaciones de mayor valor añadido. Pero si no invertimos lo suficiente en talento, formación e innovación, existe el riesgo de que aumenten las desigualdades y de que muchas personas queden descolgadas.
En el año 2013, The Economist previó que la tecnología y la IA podrían destruir hasta el 90% de los puestos de trabajo en contabilidad y auditoría, pero, según la IFAC, la ocupación mundial en estas profesiones ha continuado creciendo cerca de un 1% anual desde entonces
Por eso, una de las grandes prioridades debería ser la formación a lo largo de la vida. Cada vez será más importante la capacidad de aprender continuamente, reciclarse profesionalmente y adaptarse a los cambios. El futuro laboral exigirá menos trabajos rutinarios y más competencias digitales, creativas, analíticas y relacionales. Las empresas también tienen una gran responsabilidad. Necesitan invertir más en innovación, digitalización y capital humano. Las empresas más competitivas suelen ser precisamente las que mejor saben atraer, desarrollar y transformar el talento. Y el país también debe reaccionar. Catalunya necesita reforzar su competitividad, reducir burocracia, mejorar la conexión entre universidad y empresa, impulsar la investigación y facilitar el crecimiento empresarial. Los territorios que liderarán la nueva economía serán aquellos capaces de convertir conocimiento en innovación, actividad económica y ocupación de calidad.
Los ERE son una realidad preocupante para las personas afectadas, pero también son un síntoma de los grandes cambios económicos que estamos viviendo. La tecnología no elimina el trabajo; lo transforma. En todas las revoluciones industriales ha habido ganadores y perdedores. Y los que han acabado avanzando más, sean personas, empresas o países, han sido aquellos que mejor se han adaptado a los cambios y han sabido aprovechar las nuevas oportunidades. Por eso, Catalunya necesita reducir burocracia, apostar aún más por el talento, la formación, la innovación, la investigación, el emprendimiento y el crecimiento empresarial. El gran reto no es frenar el cambio, porque eso es imposible, sino gestionarlo bien para que esta transformación acabe generando más prosperidad, más competitividad y más oportunidades para todos.