Mi abuela no recuerda nada de lo que no le interesa recordar. Puede tener un sentido del detalle espectacular para recordar cuándo olvidé su cumpleaños o aquella cosa vergonzosa que hice de pequeña, pero si le pregunto dónde están las gafas, gira la cabeza y cambia de tema. Mi abuela no está senil; esta práctica la cultiva desde hace años. Para ponerle un nombre, aquí la he llamado “olvido intencional”.
Siempre me ha enfadado ligeramente esta capacidad de seleccionar, de manera bastante egoísta, qué escucha y qué no. A veces, por ejemplo, se deja los audífonos expresamente para no tener que hacernos caso. Pero hace unos meses que pienso que yo, si prestara menos atención a ciertas noticias, sería bastante más feliz. Si practicara el olvido intencional, probablemente despertaría frustración en otra gente —cosa que, por otro lado, quizás ya hago sin darme cuenta—, pero yo, a escala individual y subjetiva, estaría mucho más relajada.
También creo que el efecto duraría poco, porque llega un momento en que notas los costes de ser una amiga un poco negligente o una trabajadora en quien no se acaba de confiar. Por eso, quizás, estas prácticas proliferan sobre todo a las puertas de la tercera edad, cuando lo que tenías que hacer ya lo has hecho y lo que no, tampoco tiene mucho remedio. Todo ello pierde importancia. No veo la hora de ser una señora jubilada con olvido intencional.