Hace unas semanas, al terminar una sesión con un comité de dirección, uno de los asistentes hizo un comentario que creo que está en la cabeza de muchos de nosotros: "Lo que más me preocupa de la inteligencia artificial no es que haga parte de mi trabajo. Es que ya no sé cuál es mi verdadero valor." No hablaba de eficiencia, ni de automatización. Hablaba de identidad.
Durante décadas hemos construido nuestras carreras profesionales alrededor de una idea muy sencilla: aportar respuestas. Cuanto mayor era nuestro conocimiento, mayor era nuestra capacidad para resolver problemas, influir en las decisiones y progresar dentro de la organización. El conocimiento era escaso y precisamente por eso tenía tanto valor.
"Hoy cualquier directivo puede analizar un mercado, resumir cientos de páginas, comparar estrategias o explorar escenarios alternativos en cuestión de minutos"
Pero acabamos de entrar en un mundo diferente. Hoy cualquier directivo puede analizar un mercado, resumir cientos de páginas, comparar estrategias o explorar escenarios alternativos en cuestión de minutos. La inteligencia artificial ha reducido drásticamente el coste de acceder al conocimiento.
Y cuando algo deja de ser escaso, deja también de ser el principal factor de diferenciación. Ocurrió con la información cuando llegó internet. Está empezando a ocurrir con la inteligencia. Creo que muchas organizaciones todavía no han entendido la magnitud de este cambio. Siguen preguntándose cómo utilizar la inteligencia artificial para trabajar más rápido cuando deberían empezar preguntándose para qué seguirán necesitando a sus mejores directivos.
Si todos tenemos acceso a respuestas extraordinarias, la verdadera ventaja deja de estar en encontrarlas. Empieza a estar en decidir qué hacer con ellas. Existe una diferencia enorme entre tener información y ejercer criterio. La primera puede generarla una máquina; la segunda sigue siendo profundamente humana.
Daniel Kahneman dedicó buena parte de su carrera a estudiar cómo tomamos decisiones. En Noise, escrito junto a Olivier Sibony y Cass Sunstein, plantea una idea que cuesta aceptar: incluso expertos con la misma experiencia y la misma información llegan con frecuencia a conclusiones diferentes. No porque unos sean más inteligentes que otros, sino porque el juicio humano está lleno de variabilidad, contexto e interpretación.
Durante años asumimos que el criterio era una consecuencia natural de la experiencia. Quizá nunca fue tan sencillo. La inteligencia artificial no elimina esa incertidumbre, la hace visible. Cuando una IA propone cinco alternativas razonables, ya no basta con elegir una. El verdadero trabajo consiste en justificar por qué esa opción merece convertirse en una decisión empresarial y cuáles serán sus consecuencias. Eso exige algo que ningún modelo puede asumir: responsabilidad.
"Si todos tenemos acceso a respuestas extraordinarias, la verdadera ventaja deja de estar en encontrarlas. Empieza a estar en decidir qué hacer con ellas"
Y creo que aquí está el verdadero cambio que estamos viviendo. Durante años hemos confundido conocimiento con liderazgo, incluso experiencia con liderazgo, pero un líder nunca ha sido simplemente la persona que más sabía. Ha sido quien estaba dispuesto a decidir cuando la información era incompleta y asumir las consecuencias de esa decisión.
La inteligencia artificial puede ayudarte a analizar una adquisición, identificar riesgos, anticipar escenarios o cuestionar tus hipótesis, pero seguirá siendo el directivo quien tenga que votar. Seguirá siendo el CEO quien tenga que explicarle al consejo por qué tomó una determinada decisión.
Ese momento sigue siendo irremediablemente humano. Por eso sospecho que estamos formulando mal la pregunta. No deberíamos preguntarnos qué trabajos desaparecerán. Ni siquiera cuáles cambiarán. La pregunta realmente interesante es otra. ¿Qué capacidades aumentarán de valor precisamente porque la inteligencia deja de ser escasa?
Mi respuesta es clara: la capacidad de formular mejores preguntas, de conectar información aparentemente inconexa, de distinguir el ruido de la señal, de incorporar principios éticos allí donde los datos no alcanzan y, sobre todo, de asumir la responsabilidad de una decisión.
Quizá el liderazgo nunca consistió en tener las mejores respuestas. Simplemente, no nos habíamos dado cuenta porque eran difíciles de conseguir. Ahora que cualquiera puede acceder a una inteligencia extraordinaria en cuestión de segundos, descubrimos cuál ha sido siempre el verdadero trabajo de un líder.
La inteligencia artificial puede responder casi cualquier pregunta.
Un líder sigue siendo quien decide cuál merece ser formulada.
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