Ingeniera experta en innovación empresarial

Feynman y Dweck: la ventaja de las empresas que saben aprender

09 de Mayo de 2026
Mireia Garcia Roca | VIA Empresa

Hoy, la mayoría de las empresas no tienen un problema de talento, tienen un problema de aprendizaje. Durante años, el valor en la empresa ha estado en saber. Saber más que otros, saber antes, saber mejor. Pero ese equilibrio se ha roto. Hoy, en un entorno donde la inteligencia artificial empieza a responder mejor, más rápido y barato que muchos equipos humanos, la pregunta ya no es quién sabe más, sino quién aprende mejor.

 

Y aquí es donde dos ideas, aparentemente alejadas, se vuelven radicalmente prácticas para cualquier empresa. La obsesión de Richard Feynman por entender las cosas de verdad. Y la distinción de Carol Dweck entre mentalidad fija y mentalidad de crecimiento. Porque lo que está en juego ya no es el conocimiento, sino la capacidad de cuestionarlo.

Decía Feynman: “Si no puedes explicar algo de forma simple, es que no lo entiendes”. Su método era sencillo: intenta explicarlo, detecta lo que no sabes y vuelve a aprender. Pero este método exige algo poco habitual en la empresa: humildad.

 

Aquí entra Carol Dweck. Dweck distingue entre dos mentalidades. La fija, obsesionada con demostrar que ya sabe. Y la de crecimiento, centrada en aprender lo que aún no sabe. La primera evita el error. La segunda lo utiliza. Y aquí aparece el primer gran choque con la realidad empresarial. En demasiadas organizaciones seguimos premiando al que responde rápido, no al que pregunta mejor. Al que proyecta seguridad, no al que reconoce incertidumbre. Al que domina el discurso, no necesariamente el conocimiento.

Hemos construido culturas donde parecer listo tiene más valor que aprender. El resultado es previsible: organizaciones llenas de expertos que han dejado de aprender porque creen que ya no lo necesitan. Y eso hoy no es solo un problema cultural. Es un problema estratégico.

"El conocimiento ya no es escaso. Lo escaso es la capacidad de cuestionarlo, de conectarlo y de aplicarlo con criterio"

Porque la inteligencia artificial ha cambiado las reglas del juego. El conocimiento ya no es escaso. Lo escaso es la capacidad de cuestionarlo, de conectarlo y de aplicarlo con criterio. Durante años, el valor en las organizaciones estaba en tener respuestas. Hoy, el valor está en formular mejores preguntas… y en cuestionar las respuestas que dábamos por válidas.

Pensemos en un comité de dirección. Profesionales brillantes, con trayectorias impecables, que han construido su carrera sobre la base de su conocimiento. ¿Qué ocurre cuando ese conocimiento empieza a quedarse obsoleto? No suele ocurrir una actualización inmediata. Ocurre algo mucho más humano: resistencia.

Frases como “esto siempre se ha hecho así”, “nuestro sector es diferente” o “esto en la práctica no funciona” no son argumentos. Son señales. Señales de que estamos defendiendo lo que sabemos, no explorando lo que no entendemos. La mentalidad fija protege el pasado. La de crecimiento construye el futuro. Las organizaciones que avanzan hacen algo radicalmente distinto: convierten el aprendizaje en sistema. No lo dejan al azar ni lo limitan a formación puntual. Lo integran en su forma de pensar, decidir y ejecutar.

Y aquí aparece una pregunta que debe hacerse cualquier consejo de administración:  ¿Quién es responsable del aprendizaje en esta organización? Porque todos sabemos que lo que no tiene dueño, no ocurre. Y lo que no se mide, se diluye.

Si el aprendizaje no está en la agenda, no está en la estrategia. También nos toca redefinir el liderazgo clásico. Un líder ya no es el que más sabe, sino el que genera más aprendizaje. El que hace mejores preguntas. El que incomoda lo suficiente como para abrir nuevas conversaciones. Si el error se penaliza, el aprendizaje se oculta. Si el error se analiza, el aprendizaje se acelera. Parece obvio, pero pocas organizaciones lo practican de verdad.

Feynman huía de la complejidad innecesaria. En la empresa, en cambio, hemos convertido la complejidad en símbolo de sofisticación. Estrategias que nadie puede explicar, decisiones que pocos entienden del todo. Pero la realidad es más simple: si no puedes explicar tu estrategia con claridad, probablemente no la entiendes lo suficiente.

Y lo que no se entiende bien, se ejecuta mal. Y aquí aparece otra paradoja interesante: cuanto más éxito ha tenido una organización, más difícil le resulta aprender. Porque el éxito refuerza la mentalidad fija. Nos convence de que sabemos. De que hemos encontrado la fórmula. De que el pasado es un buen predictor del futuro. Y en el contexto actual, eso es peligrosamente falso.

"Cuanto más éxito ha tenido una organización, más difícil le resulta aprender. Porque el éxito refuerza la mentalidad fija"

Feynman lo dijo mejor que nadie: “No debes engañarte a ti mismo, y tú eres la persona más fácil de engañar”. Y ese es, probablemente, el mayor riesgo, la complacencia. No la falta de talento. No la falta de recursos. La complacencia. Muchas organizaciones están utilizando la inteligencia artificial sin cuestionar el modelo mental desde el que operan. Automatizan tareas, generan contenido, optimizan procesos… pero no revisan cómo piensan.

Y ese es el problema. Porque la eficiencia, cuando no va acompañada de aprendizaje, no transforma nada. Solo acelera lo que ya eras. La verdadera ventaja no estará en la tecnología, sino en cómo aprendemos a utilizarla.

Por eso, la pregunta clave ya no es “¿qué sabemos?”, sino “¿cómo aprendemos?”.

¿Cómo aprende mi equipo?
¿Cómo aprende mi comité de dirección?
¿Qué ocurre cuando alguien dice “no lo entiendo”?
¿Qué ocurre cuando alguien se equivoca?

Porque esas respuestas determinan algo mucho más importante de lo que parece: la velocidad de adaptación de la organización. Y en un entorno donde el cambio es exponencial, la velocidad de aprendizaje empieza a marcar la diferencia. Feynman lo entendió hace décadas. Dweck le puso marco teórico. Hoy, el reto es llevarlo a la práctica empresarial.

La inteligencia artificial no va a premiar a quienes más saben. Va a premiar a quienes mejor aprenden. Y eso es una decisión cultural, dejar de proteger lo que sabemos para exponernos a lo que no entendemos. Porque las empresas no dejan de competir cuando pierden conocimiento. Dejan de competir cuando creen que ya lo entienden todo. Y en un mundo que cambia cada día, esa es, probablemente, la forma más rápida de quedarse atrás.