Cuando vivía en Río de Janeiro, se me rompió el cristal de una de las ventanas del apartamento. Le pedí al conserje si podía avisar a un cristalero para arreglar el desperfecto. El profesional tardó unos días en dar señales de vida -hecho de escasa repercusión, pues el clima, en Río, permite vivir sin cierres estancos-. El caso es que cuando el hombre estaba en el lugar, se dio cuenta de que había olvidado traer la cinta de medir. Quedamos para otro día. Cuando volvió, tomó las medidas y dijo que ya me diría algo. Todavía volvió otro día porque, decía, quería verificar las medidas que había tomado en la visita anterior -yo creo que las había perdido-. Atención, hablo de un cristal que tenía que ser un rectángulo, sin ninguna complicación. A la tercera vez que vino, comprobamos, él y yo, que el cristal no encajaba -era demasiado grande-. Se marchó para cortarlo a la medida correspondiente. Afortunadamente, las idas y venidas finalizaron en la cuarta visita cuando el cristalero, ahora sí, vino con el cristal de medidas adecuadas, y lo instaló.
Hay quien piensa que esta manera de actuar, cuando es de forma generalizada, no afecta a la productividad y a la riqueza de un país. Y que la manera de afrontar colectivamente el hecho laboral no es fruto de la cultura del país correspondiente. No es cierto. El precio que pagué por aquel cristal en Río era correcto, pero solo con dos visitas el rendimiento económico para el cristalero hubiera sido mucho más alto -se hubiera ahorrado dos visitas innecesarias, además de mi enfado-.
El hecho de la actitud ante el trabajo lo he podido comprobar por haber trabajado en varios países y haber tenido bajo mi responsabilidad gente de todo el mundo, de cultura diversa. Les aseguro que la cultura laboral que lleva impregnada un trabajador alemán no es, ni mucho menos, la que llevamos nosotros o, más diferente aún, la que acompaña a un boliviano, por ejemplo.
Es cierto que un trabajador que realiza trabajos que podemos considerar básicos, o que pueden ser fácilmente descritos y organizados en un manual de procedimientos, pueden llegar a ser impermeables a la cultura laboral del individuo. Por ejemplo, un restaurante de comida rápida -McDonald’s-, una empresa de transportes, etc. Pero incluso en tareas muy sencillas -por ejemplo, un camarero- la cultura impregnada cuenta, y mucho. Por eso ustedes están dispuestos a pagar un precio muy elevado por una copa de champán servida en determinadas condiciones y por según quién.
Como digo, he podido comprobar, personalmente, cómo trabaja la gente de oficinas por Europa o por Norteamérica y compararla con nuestros vicios y, no digamos, los de Río. ¿Soy bastante explícito si digo que en Grenoble la gente llega desayunada de casa? ¿Y que a nadie se le ocurre que otro hecho -como el de desayunar en el trabajo, en horario laboral- sea considerado un derecho como está reconocido en el convenio laboral de la mayoría de oficinas de los diferentes sectores laborales españoles?
"Es evidente que la riqueza de un país es el grueso humano que lo puebla y, por lo tanto, de cómo el colectivo está educado"
El sistema educativo de un país tiene mucho que ver con la ética laboral -que no solo incluye la honestidad, sino muchas otras cosas como el orgullo por el trabajo bien hecho y cuando toca-. Negarlo equivaldría a decir que no importa que un sistema educativo -como el nuestro- sea un desastre. Si los hechos no tuvieran consecuencias, ¿por qué esforzarse en tener un sistema que transmita determinados valores a los niños y a los jóvenes? Incluidos los de la ética laboral. Es evidente que la riqueza de un país es el grueso humano que lo puebla y, por lo tanto, de cómo el colectivo está educado.
Damos poca importancia a la ética laboral que impregna una sociedad, un país, a la hora de hablar de su productividad y de su eficiencia global. Tenemos miedo de ser tratados de vete a saber qué. Pero los países tienen comportamientos sociales en muchos aspectos. También en lo que se refiere a la vida laboral. Si no, que se lo pregunten a mi vidriero de Río.
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