“Qué va, Ari. Hace unos meses que trabajo más que nunca”. Hablamos sobre su trabajo y me dice que hace unas semanas que trabaja muchas horas extras, con muchos plazos y muchas más exigencias que hace unos años. “Es como que esperan que hagas muchas más cosas porque saben que la IA te puede resolver muchas, y la parte de ponerte a pensar de qué manera puedes resolverlo se va, porque asumen que la IA lo puede hacer por ti”. Le pregunto si cree que esto traerá problemas a largo plazo y pone una cara de circunstancias. “Ya veremos”, me responde, y mira un poco al infinito antes de acabarse el café.
Hace unos días que pienso en la influencia de la inteligencia artificial en nuestras vidas. Bueno, yo y casi toda aquella parte del mundo que tiene tiempo para pensar en ello. Es verdad que hay algunas tareas en las que la inteligencia artificial nos permite hacer más sencillas las rutinas cotidianas o, como mínimo, menos complicadas. Mejorar un correo, pulir un texto, redactar un apartado de un informe… Pero también es verdad que, en medio de todos los cuestionamientos sobre la inteligencia artificial a gran escala, no nos hemos parado lo suficiente a reflexionar sobre la manera como nos afecta en nuestro día a día. No en las grandes catástrofes, ni en las grandes cantidades de agua consumidas para hacer preguntas a ChatGPT, ni en las cuestiones, digámoslo así, de macroescala, como en todas aquellas pequeñas transformaciones que modifican nuestros hábitos más triviales y nos incapacitan, poco a poco, para mantener una cierta conexión con aquello que hacemos.
"Digan lo que digan, un cerebro de metal nunca será igual que un cerebro de carne, sangre y huesos"
Por ejemplo, yo he empezado a usar la IA como un agente de texto, especialmente en inglés: me corrige las faltas de ortografía, me propone nuevos estilos o me acorta frases. En este sentido, me va muy bien. Pero cuando he pedido a la inteligencia artificial que me redacte un texto largo o un apartado concreto de un informe, entonces todo son problemas. O bien le das unas normas muy, muy, muy específicas, casi de programación, o la inteligencia artificial entiende siempre las cosas de manera parcial, incompleta o difusa. Digan lo que digan, un cerebro de metal nunca será igual que un cerebro de carne, sangre y huesos.
Escuchando a mi amigo programador, me he dado cuenta de las muchas contradicciones que existen en la implementación sutil de la IA: no es solo un cambio de prioridades, sino también de dinámicas laborales. Las ideas originales se van aparcando en favor de los prompts de una máquina, y el trabajo que antes hacías en un mes ahora lo puedes hacer en una semana, lo que te capacita, según la lógica de mercado, a hacer cuatro veces más trabajo del que podías hacer antes. ¿Es, sin embargo, un trabajo de la misma calidad? “Ya te digo yo que no, antes hacía menos cosas, pero las hacía mucho mejor”, me dice el amigo. Pensándolo bien, quizás lo que tenemos que procurar con esta fiebre de la IA es que no seamos nosotros, los que dejemos de ser inteligentes.