Si por algo los holandeses son más pesados que el resto de los europeos es porque les encanta quejarse. Uno de los países más ricos del mundo y se quejan como no lo hace alguien que vive al lado de una planta petroquímica y trabaja en una mina. Me molesta a menudo, no porque yo venga de un lugar peor o porque yo haya sufrido especialmente en la vida, sino porque cinco horas de mi jornada laboral están relacionadas con leer penurias en todo el mundo.
A escuchar personas denunciando la falta de agua, las malas condiciones de higiene en las que viven diariamente porque han sido desplazados fuera de la ciudad, de cómo han perdido familiares y amigos por no poder tener las mínimas condiciones de dignidad que toda vida humana debería tener. Y, claro, cuando después un holandés se queja de no tener tiempo para hacer la compra excepto los fines de semana, o de estar muy cansada del mal tiempo, o de decir que 30 días de vacaciones al año no son suficientes, me hierve todo por dentro.
"La culpa no nos llevará a ninguna parte, pero la queja aún menos"
Yo lo sé, que no se puede comprar en el extremo siempre. No puedo convertirme en la persona que saca los datos sobre mortalidad infantil en el mundo, sobre cuántas mujeres se encuentran en situación de violencia diaria, como tampoco el número de niños soldado en el mundo. No sería preciso, y bajando la moral a unos no conseguiremos nada para los otros. No nos podemos convertir en aquel miedo de que los niños de África se mueran de hambre porque una criatura no se acaba los tres macarrones que quedan en el plato. La culpa, una vez más, no nos llevará a ninguna parte. Pero la queja aún menos.
Hace unos meses mi madre me dejó un libro, como hace a menudo, y me dijo que era una delicia y que estaba muy bien. Se titulaba La protesta y la queja de Joan Vergés, un profesor de la Universitat de Girona (UdG) que coincide en tener el mismo nombre del marido de mi prima (de facto, mi primo) que murió hace unos años. En el libro, muy ameno y divertido en su cinismo, el profesor exponía la diferencia entre la protesta y la queja, entre el acto de denunciar públicamente una cosa para que cambie y el acto de destacar las cosas malas de un hecho con la única finalidad de descargar la frustración que esto genera. Si yo fuera la lectora de este artículo, leería su libro porque el doctor Vergés lo explica mucho mejor.
El caso es que entonces entendí que los holandeses se quejan y las personas que yo leo en mis papeles y libros protestan. No es lo mismo. No tiene los mismos impactos ni los mismos objetivos. Tampoco tiene la misma percepción en el ámbito de públicos y audiencias, pero hay un hecho fundamental que entendí después de leer el libro: me molesta que los holandeses se quejen porque no pretenden nada con su exposición de los hechos. No hay una propuesta política detrás, no hay una ambición de que las cosas cambien o de mover un solo dedo para que el paradigma gire. En cambio, la protesta, a pesar de ser extremadamente disfuncional en la mayor parte de los casos que leo, tiene una voluntad de cambio. Hay una intención expresa en transmitir su mensaje. Esto no siempre es garantía de impacto, pero me parece mucho más loable.
"Los holandeses no son las únicas personas que se quejan, pero sí que son las personas más afortunadas que conozco que se quejen tanto"
Finalmente, me gustaría decir que los holandeses no son las únicas personas que se quejan, pero sí que son las personas más afortunadas que conozco que se quejen tanto. Y no sé por qué, esto me saca de quicio. No solo por la falta de ambición transformativa en su expresión, también porque, mal me pese, me genera una frustración sin precedentes que una de las poblaciones con menos problemas sociales del mundo destine tanto tiempo a quejarse de cosas tan banales como el mal tiempo o el tráfico en la autopista.