Si analizan las predicciones que, sobre diversos temas, se llevan a cabo en todo el mundo, se darán cuenta de que casi todas yerran. Y quien acierta acostumbra a ser fruto de la probabilidad: si hay millones de predicciones, alguna toca por la pura ley que rige la lotería. Son especialmente ridículas las predicciones económicas. Lo son porque, por añadidura, vienen tocadas por la tendencia a pensar que la bonanza económica dura toda la vida. Recomiendo el libro de Galbraith Breve historia de la euforia financiera.
Recuerdo que hacia el año 1991 leí un artículo perfectamente documentado y razonado en el que el autor, no recuerdo quién, explicaba el porqué nunca podríamos disponer de teléfono móvil individual. Su razonamiento era lógico: no había suficientes frecuencias disponibles para poder personalizar tantas líneas telefónicas como personas existen. ¿Tenía razón? Sí. Solo que vino alguien y dijo que la transmisión de los datos -no solo voz, como hemos visto después- podía ser digital y, entonces, se podía asignar un número, una especie de matrícula, a cada mensaje. Y eso significaba una capacidad de individualización ilimitada. Aquella predicción fue falsa, y al cabo de solo pocos años. Y es que el futuro es perfectamente imprevisible.
"Empezar a querer hacer de brujos prediciendo adónde nos puede llevar la inteligencia artificial es, ya me perdonarán, de burros. Y más aún oír a algunos de sus creadores pontificando sobre catástrofes y otras tonterías"
A largo plazo, la cosa todavía se pone más peluda. Cuando el señor Watt perfeccionó la máquina de vapor e hizo posible su comercialización -la gente olvida que el señor Watt era un hombre de negocios, además de ingeniero- las predicciones fueron terribles: eliminación de puestos de trabajo, desastres catastróficos por la inclusión, por primera vez, de una máquina que iba sola y hacía cosas que, antes, llevaban a cabo los hombres, etc. Nadie sabía que la máquina de Watt traería, con su revolución industrial y posteriores, la creación de riqueza más grande que la humanidad había vivido, y todavía vive, desde que apareció el hombre sobre la tierra: la productividad, que permitía vivir sin solo tener que trabajar para comer. Se acabó una maldición bíblica. ¿Por qué la gente fue tan catastrofista? Entre otras cosas porque se hacía difícil imaginar que aparecería un trabajo, entre miles, que, sin Watt, hubiera sido imposible: el revisor de tren. ¿Quién se imaginaba en 1770 que el vapor haría mover no solo telares, sino unas máquinas llamadas locomotoras? ¿Que aparecería una industria del acero para hacer raíles, vagones, máquinas... Y que se edificarían estaciones y que, un día, se podría viajar en pocas horas de París a Bruselas, a Londres, etcétera en trenes de alta velocidad? Nadie fue capaz de imaginar todo eso.
La mente humana es incapaz de salir de los límites temporales en que se encuentra en un momento determinado. El progreso es un continuo enlace de pequeñas ideas que nos llevan a territorio desconocido. Por eso los diseñadores de los primeros coches colocaban al chófer delante y encima de un balcón cuando el hecho era del todo innecesario, ya que los caballos no estaban.
Empezar a querer hacer de brujos prediciendo adónde nos puede llevar la inteligencia artificial es, ya me perdonarán, de burros. Y más todavía oír a algunos de sus creadores pontificando sobre catástrofes y otras tonterías. Porque ser un programador espabilado no da patente de predictor, y mucho menos de hacer de intelectual que algunos toman en consideración. Es una pedantería insoportable. Es pensar que somos superiores a lo que fueron nuestros antepasados, a lo que fue el mismo Watt al no prever la aparición de los revisores de tren.
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