La prensa se ha hecho eco de lo que explica el Informe Fènix. Y eso es bueno. Pero me da miedo que nos quedemos, como siempre, en la denuncia de un hecho evidente en el que, quizás, muchos no habían caído. Y que los responsables queden, como siempre, en el limbo. Esto nos sucede con el Corredor Mediterráneo, las Rodalies, el déficit fiscal, la educación, la sanidad, etc. Nos quejamos -y la prensa se hace eco- pero los medios nunca desafían al poder político –que es el responsable final del problema- poniéndolo en un compromiso, presionándolo constantemente.
El grave, letal, problema de Catalunya es la baja productividad. Y, como bien dice Krugman, la productividad no lo es todo, pero casi. Nuestro estado del bienestar se financia gracias a la productividad. Una parte de aquello que nos sobra, va al bote común. El problema de Catalunya es que no podemos poner demasiado en el bote común porque, simplemente, los salarios son tan bajos que los impuestos que pagamos -directos e indirectos- no cubren el gasto social. Y sobre los salarios altamente subvencionados -que el Informe Fènix define- hablaremos otro día. Pero, ya adelanto, que el sector turístico vive, mayoritariamente, de estos salarios de miseria.
"El problema de Catalunya es que no podemos poner demasiado en el bote común porque, simplemente, los salarios son tan bajos que los impuestos que pagamos no cubren el gasto social"
Se ha instalado una tendencia en Catalunya que consiste en echarle la culpa siempre a Madrid. Tanto, que vivimos y malvivimos con este mantra. ¿Que es cierto? Evidentemente. Pero con esta denuncia a la que nuestros políticos nunca dan salida, nos hundimos en el catastrofismo y la fatalidad: no hay nada que hacer. Y esto nos ha sucedido los últimos 25 años. La solución al exceso de turismo y los males que provoca -no solo de masificación, sino de empobrecimiento general del país- está en nuestras manos. Y aunque necesita una actitud patriótica, también requiere una cierta visión de futuro. Y aquí es donde entran en juego los ayuntamientos.
Es cierto que el sector turístico está protegido y subvencionado. ¿Por qué paga solo un 10% de IVA? ¿Por qué cuenta con la figura del fijo discontinuo que le permite enviar al paro, temporalmente -lo pagamos todos-, a sus trabajadores para recuperarlos cuando venga el buen tiempo? Todo esto cuesta mucho dinero y nos empobrece. Y es cierto que regular estos aspectos está en manos del estado central. Sin embargo, los ayuntamientos pueden, incluso, ignorar todo esto y limitar el turismo, si quieren.
Un municipio puede escoger si se convierte en turístico o no. Tiene toda la legislación en sus manos. Puede hacer planes que limiten la apertura de establecimientos turísticos, por ejemplo. Puede poner exigencias municipales hasta hacer que solo se abran aquellos establecimientos que interesen al pueblo. Puede implantar la tasa de Estancias sobre Establecimientos Turísticos (EET) hasta convertir la ciudad, desde el punto de vista hotelero, en una especie de balneario suizo. Claro, todo esto si lo quiere hacer. Pero no parece que los ayuntamientos se avengan a enfrentarse con el lobby turístico local. El coraje no es una característica de nuestros gobernantes.
Los ayuntamientos y la población tienen razones de peso para limitar el exceso de establecimientos turísticos. Miren la gráfica siguiente:

Todos los municipios -menos uno- con más de una plaza turística por ciudadano tienen una renta bruta disponible por habitante que está por debajo de la media catalana.
Y este es el mensaje a difundir: turismo no es riqueza. Y el empirismo más básico así nos lo indica. De lo contrario, Tailandia, Grecia, México, etc. serían grandes potencias y Alemania sería un país más pobre. Las poblaciones, y sus alcaldes, deben ser conscientes de que un turismo excesivo o mal gestionado es el empobrecimiento de los ciudadanos. Y esto, sumado a la atracción de nueva población con baja formación y bajos ingresos, que el sector turístico demanda, comporta problemas en el municipio: vivienda, educación, servicios básicos... Unos servicios que los empleados de los establecimientos turísticos del pueblo no pagarán. Pero sí los que ya vivían allí. El ciudadano del pueblo vivirá peor.
"Las poblaciones, y sus alcaldes, deben ser conscientes de que un turismo excesivo o mal gestionado es el empobrecimiento de los ciudadanos"
Resumen: antes de dar una licencia de bar o de hotel, el alcalde y el consistorio deberían revisarlo. No le interesa al país -háganlo por patriotismo-. Pero tampoco le interesa a la población que ellos gobiernan -háganlo por egoísmo, por interés de sus habitantes-.