Cada nueva tensión internacional que impacta sobre el precio del petróleo nos recuerda una realidad incómoda: nuestra economía sigue siendo altamente dependiente de factores que no controlamos.
En las últimas semanas, el aumento del precio de los carburantes derivado de los conflictos geopolíticos ha vuelto a situar la energía en el centro del debate económico. No es la primera vez, ni probablemente será la última. Pero cada episodio nos obliga a hacernos la misma pregunta: ¿hasta qué punto hemos reducido realmente nuestra vulnerabilidad?
Es cierto que, en comparación con otros países europeos, España se encuentra en una posición relativamente más favorable en algunos ámbitos. La diversificación de fuentes energéticas, la capacidad de regasificación y las conexiones con el norte de África han contribuido a hacer más resiliente el sistema, especialmente en lo que respecta al gas y a la electricidad.
Pero esta mejor posición no debe esconder el problema de fondo, la gran dependencia sigue siendo el petróleo. A diferencia de otras fuentes energéticas, el petróleo no solo es una cuestión de generación de energía, es el motor del transporte, de la logística y de buena parte de la actividad industrial. Y aquí la dependencia exterior es prácticamente total, no tenemos capacidad de producción significativa ni alternativas inmediatas que puedan sustituirlo a corto plazo.
Esto tiene consecuencias muy concretas. Cuando sube el precio del petróleo, no solo se encarece el combustible: se incrementan los costes de transporte, se tensionan las cadenas logísticas y se reducen los márgenes empresariales. En un entorno globalizado, esto se traduce directamente en una pérdida de competitividad.
"Cuando sube el precio del petróleo, no solo se encarece el combustible: se incrementan los costes de transporte, se tensionan las cadenas logísticas y se reducen los márgenes empresariales"
Catalunya, con una economía abierta y fuertemente orientada a la exportación, es especialmente sensible a este tipo de cambios. Empresas que compiten en mercados internacionales ven cómo una variable externa, fuera de su control, puede alterar de manera significativa sus condiciones de competencia.
Si bajamos aún más al territorio, comarcas con una clara vocación exportadora y una base industrial relevante, como es el caso del Alt Penedès, experimentan este impacto de manera directa. El coste de llevar el producto a los mercados, o incluso dentro del mismo estado, se convierte en un factor cada vez más determinante.
Este escenario pone de manifiesto una idea de fondo: la vulnerabilidad energética no es tanto una cuestión eléctrica como petrolera. Hemos avanzado en la diversificación y en la generación de energía, pero continuamos dependiendo de manera estructural de un recurso externo para hacer funcionar la economía real. Y esta dependencia no es solo un problema de costes, es también un factor de incertidumbre, porque dificulta la planificación, condiciona decisiones de inversión y obliga a las empresas a operar en un entorno donde una parte importante de las variables clave no son previsibles.
Ante esto, el tejido empresarial está demostrando, una vez más, una gran capacidad de adaptación: las empresas optimizan procesos, buscan eficiencias e incorporan nuevas soluciones para reducir el impacto de los costes energéticos. Pero es evidente que la respuesta no puede recaer únicamente en las empresas.
Hay que seguir avanzando hacia un modelo energético más eficiente, más diversificado y menos dependiente, pero también hay que reforzar aquellos elementos que sí que están en nuestras manos: infraestructuras, logística, planificación y entornos que faciliten la actividad económica. Porque, en un mundo donde los factores externos tienen cada vez más peso, reducir las vulnerabilidades estructurales no es solo una cuestión de eficiencia, es una condición imprescindible para competir.