Mi abuela es la persona de las anécdotas divertidas en la familia. Siempre entiende lo que quiere, en parte porque no oye bien y se pone los audífonos solo cuando quiere, pero parte del drama también consiste en el hecho de que siempre ha escuchado lo que le ha venido más a gusto en ese momento. Con los primos y los tíos ya bromeamos, y todos sabemos que no saldremos de casa de los abuelos sin reírnos a carcajadas. Esta semana he conseguido un hito que buscaba desde hace muchos años: una posición de doctorado. He estado muy nerviosa los últimos días, y las llamadas con los abuelos han ayudado a destensarme. Hace pocos días me han confirmado que la posición es mía, y no podría estar más feliz.
Después de llamar a mi madre y a mi pareja, he llamado a los abuelos. Así, ¿cómo se dice esa posición? Le explico que, si todo va bien, en cuatro años seré doctora. No como los médicos, eh, abuela, es como… Una posición diferente. Mientras pienso cómo explicárselo, ella me responde: “¿Oh, como las doctoras honoris causa?”. Genial, pienso por dentro. Ahora puede pensar en algo más o menos similar a lo que haré. ¡Qué suerte! Al cabo de media hora me llama mi madre, sobresaltada: ¿Qué has hecho y por qué tu abuela dice que eres honoris causa? ¿Eso no era un doctorado normal? Me echo a reír y le explico la anécdota. Mi tío ya me ha enviado un mensaje de mofa felicitándome por conseguir la paz en el mundo. Realmente, suerte tenemos de la abuela, para reír.