Este año me he propuesto volar menos. Por conciencia ambiental, sí, pero también por dejar de normalizar que viajar sea un hecho mensual en mi vida. En los últimos años he viajado mucho. Siempre he viajado mucho, pero desde que vivo en otro país, aún más.
Hay viajes que son evitables, pero la mayoría no lo son. Hay viajes que son una oportunidad única, y otros que forman parte de cosas que solo puedo hacer si subo a un avión. También hay vuelos que hago exclusivamente para jugar a cartas con los abuelos y, en estos casos, mi conciencia ambiental se diluye rápidamente, como el café de sobre que el abuelo se prepara en el microondas.
Volar es un acto contaminante. Estoy de acuerdo. Pero hay veces que me pregunto si realmente tengo una alternativa factible. Podría gastarme el doble de dinero y de tiempo para ir en tren o en autobús a casa, pero no soy millonaria ni tengo un sueldo que me lo permita repetidamente. Podría rechazar oportunidades laborales en otros continentes. Podría hacer investigación cerca de donde nací. Podría volver a vivir allí para tenerlo todo más cerca y no tener que desplazarme tanto.
Hay elecciones que podría hacer, pero muchas otras que no quiero hacer. Que no me apetecen. Que serían renuncias, si tengo en cuenta lo que me ha costado llegar hasta donde estoy ahora. Y creo que también es importante aceptar estas líneas: decidir que habrá puntos donde mis actos serán contradictorios con mis causas. Que en un mundo tan contaminado y problemático, yo quiero dedicarme al desarrollo internacional y que, a pesar de vivir lejos, quiero ver a los abuelos, la familia y los amigos de vez en cuando. Y quiero hacerlo, sobre todo, sin culpa ni remordimientos.