Una de las cosas que me costó más aprender en mis edades más tempranas es poner la fecha. Recortar con punzón fue el otro gran reto. Poner la fecha tenía un sentido de situarnos, de hacernos aprender que hay días, meses y años, pero también una manera de saber dónde se encontraban las cosas cuando las perdías. Siempre fui un absoluto desastre, a la hora de poner la fecha: la ponía cuando no escribía más de tres o cuatro palabras, me la dejaba constantemente, y si era enero, teníamos una mezcla de años que, si no hubiera sido por mi corta edad, habría sido de dudosa credibilidad.
Poner la fecha, sin embargo, como adulta, es extremadamente útil: para saber cuándo has entregado un informe o un artículo, para encontrar cuándo te descargaste un documento, para recordar en el calendario un día importante o para seguir olvidando los cumpleaños de la familia y las amistades. Poner la fecha es extremadamente importante, y lo he descubierto tarde. De pequeña me servía para saber qué día éramos; ahora me sirve para saber que, algún día, ese día existió.
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