Caminando por la calle o yendo en bicicleta, me encuentro con cosas que me hacen pensar en otras. Una bicicleta amarilla, una flor que destaca por encima de las demás porque está rota, una pequeña embarcación cubierta de agua o unos patitos que persiguen a la madre. Todas me recuerdan a otras cosas; cosas que son recientes, a cosas que pasaron, a cosas que ya no recordaba, o cosas que ya no tendré nunca.
La nostalgia es un sentimiento muy poderoso que nos puede hacer sentir afortunadas, pero también nos puede conectar con la tristeza. En un país donde llueve día sí y día también, es fácil romantizarla. Los recuerdos brillan más bajo la lluvia, o quizás es que, una vez bajo la lluvia, necesitamos alguna vía de escape de la realidad y nos topamos con recuerdos de tiempos lejanos que en aquel momento sentimos como mejores. Entre el agua, el barro, el viento recordamos los días de sol, de sudor y de playa y queremos volver a ellos. Lo que no recordamos, sin embargo, es que aquellos días lo que deseábamos era poder encontrar un poco de sombra donde acurrucarnos y recordar el sabor caliente de un vaso de té en el sofá de casa. La vida es una lucha constante por lo que quisimos en otro momento. Maldita nostalgia.