• Píldora filosófica: "Papá, no me gustan los julios"
Politóloga y filósofa

Píldora filosófica: "Papá, no me gustan los julios"

18 de Julio de 2026
Arianda Romans | VIA Empresa

Los julios son de color amarillo. Pero no un amarillo estridente, ni un amarillo pastel. Un amarillo, como el que pintan los niños. Un amarillo como el trigo. Un amarillo que incomoda, pero a la vez produce una sensación extraña entre la nostalgia y casa. Un amarillo que recuerda las servilletas de papel del aniversario de bodas de los padres y también las cortinas gastadas pero desinfectadas de un hospital.

 

Cambiamos de la metáfora de los colores a la metáfora de los meses del año. Agosto es el mediodía del año, aquel momento en que echas una siesta y descansarás para poder tener una buena tarde (septiembre) y sobrevivir la comida de Navidad (diciembre) para que, después de dormir bien (febrero), vuelvan a brotar las primeras hojas de la planta (abril) puedas pensar que hoy te has despertado en un buen día (mayo). Los julios, sin embargo, son el momento en que, después de la buena comida (junio) la vida te atraviesa por la garganta y sientes que tienes ganas de vomitar.

Quizás no es verdad y a mí los julios solo me hacen vomitar porque hace cinco años los pasé en un hospital viendo cómo una persona, cuyo color preferido era el amarillo, se apagaba poco a poco consumido por una plaga. Quizás la metáfora de los meses solo es para explicar que, desde entonces, los años han pasado como un solo día, y todo se ha difundido con una pátina de recuerdo que consuela y hace mucho daño. No es verdad que el tiempo lo cure todo. Hay colores que, una vez pintados, están condenados para siempre.

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