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Hay efemérides que permiten ver materializado el imaginario de una ciudad, y la que se celebra esta semana es una mayúscula. El jueves, 29 de octubre, se cumplieron 125 años desde que Barcelona empezó a tejer su relación más especial con la cima de la sierra de Collserola. A 512 metros de altitud, 35 atracciones y un flujo que supera los 600.000 visitantes anuales, el Tibidabo fue impulsado a finales del siglo XIX por el farmacéutico y promotor inmobiliario Salvador Andreu i Grau, junto con un grupo de ingenieros y farmacéuticos. Personalidades visionarias que no solo crearon la sociedad fundadora en 1899, sino que en 1901 inauguraron el famoso Funicular -el primero de todo el Estado y el segundo más antiguo de Europa- para conectar la montaña con la ciudad y ofrecer el primer simulador de vuelo del mundo (el famoso Avión de 1927), la mítica sala de espejos o una colección de autómatas muy singular.
Esta misma esencia es la que mantiene viva la gestión actual. “Cuando empecé, hace 24 años, reconozco que me daba un poco de vértigo”, confiesa a VIA Empresa Rosa Ortiz, quien asumió la dirección de la instalación en octubre de 2002, coincidiendo con el momento en que el Ayuntamiento de Barcelona tomó las riendas de la instalación a través de Barcelona Serveis Municipals (BSM). El comentario de Ortiz llega como anillo al dedo: “Hago alusión a las atracciones, claro, pero es que estamos en el punto más alto de Barcelona, en un lugar tan emblemático y querido, que da mucho respeto gestionarlo porque todo el mundo se lo siente muy suyo”.
El Funicular del Tibidabo, inaugurado el 29 de octubre de 1901, es el primero de todo el Estado y el segundo más antiguo de Europa
Y es tal este respeto, que la dirección del parque vive uno de sus momentos más significativos. Este mismo sábado, Ortiz se despide del liderazgo de la instalación por su jubilación. Una etapa en la que la prioridad absoluta ha sido el cuidado de la experiencia en familia: “La estancia media de un visitante en el parque es de seis horas, y eso significa comer, subir a las atracciones o hacerse una fotografía con las mascotas o las nuevas letras del mirador”, expone. “Nos basamos mucho en el trato con el cliente y en hacer que las personas que nos dan lo más preciado, que es su tiempo libre en familia, no vean rota esa magia en ningún momento”, subraya.
Llegar al modelo público actual ha sido una auténtica montaña rusa, nunca mejor dicho. En 1988 marcó uno de los momentos más convulsos de la historia del parque cuando el popular empresario Javier de la Rosa lo compró y creó la sociedad Grand Tibidabo. Pocos años después, el proyecto se hundió en una quiebra financiera y un escándalo judicial de gran gravedad: la Audiencia de Barcelona condenó a De la Rosa a tres años de prisión por apropiación indebida por la descapitalización de la compañía, una operación que liquidó los ahorros de 10.000 pequeños accionistas después de que el empresario reconociera haberse apropiado de 68 millones de euros entre los años 1991 y 1994.

Grand Tibidabo no se liquidó oficialmente hasta 2019, después de acumular deudas de más de 30 millones de euros. Cuando el parque salió a subasta en 1999, la empresa Chupa Chups fue la adjudicataria provisional, pero finalmente no pudo adquirirlo. ¿El motivo? El Ayuntamiento ejerció su derecho de tanteo y adquirió los terrenos y las instalaciones por 1.091 millones de pesetas (unos 6,5 millones de euros), garantizando su carácter público. Así pues, y con la certeza de que costaría salir de aquel pozo, la primera gran decisión de la gestión municipal fue “devolver la cima a los vecinos”. “Hasta entonces, para pasear por la montaña o disfrutar de las vistas había que pagar una entrada obligatoria, una barrera económica que se eliminó para crear el Área Panorámica, un espacio de libre accesibilidad para cualquier ciudadano”, relata Ortiz.
Con esta área abierta, el gran reto histórico era descubrir cómo acceder a la cima sin colapsar la montaña de vehículos privados. "Antes, el 60% de los visitantes subían en coche y solo el 40% lo hacían en transporte público", apunta la directora. Hoy, la tendencia se ha invertido, consiguiendo que un 60% suba en transporte público y un 40% en privado, a pesar de haber aumentado el número de visitantes.
Para sacar los coches de la Carretera de les Aigües, la clave de bóveda se basó en la transformación integral de la red de acceso. Por un lado, la remodelación de lo que hoy conocemos como Cuca de Llum en 2008 permitió cambiar los motores para ganar frecuencia y capacidad, transportando actualmente 250 personas cada diez minutos. Esta mejora se coordinó con la creación del aparcamiento de Sant Genís, un sistema Park&Ride (P+R) conectado con buses lanzadera directos al funicular, y con la implantación de la reserva previa obligatoria de parking en la cima, que deriva hacia la parte baja a cualquier vehículo sin plaza confirmada.
Emblemáticas, clásicas y tecnológicas

Ubicado en plena naturaleza, el Tibidabo tiene bastantes limitaciones físicas, es decir, no puede crecer en extensión de terreno. Para superar este obstáculo, Ortiz articula las 35 atracciones del parque en tres categorías: "Las emblemáticas agrupan piezas únicas como el Avión, la Atalaya o el Ferrocarril Aéreo, que requieren un esfuerzo económico y técnico de mantenimiento para cumplir las normativas de seguridad actuales", apunta. Las clásicas definen la identidad del recinto, desde la montaña rusa hasta la caída libre, en que "la emoción de suspenderse a 500 metros sobre la ciudad y el mar crea una conexión emocional insustituible".
Por su parte, la tecnología aplicada ha sido la solución definitiva a la falta de espacio: en lugar de construir nuevas estructuras, se aprovecha la tecnología para transformar las existentes. "Somos bastante pioneros en esto, un buen ejemplo de aplicar tecnología fue en 2017, cuando incorporamos gafas de realidad virtual al tren Tibidabo Express para convertir el viaje tradicional en una experiencia digital inmersiva".
Este paso abre el debate de futuro en el sector de los parques temáticos. En un mundo en que en el año 2018 Pekín abrió el SoReal VR Park -en que las montañas rusas solo existen digitalmente-, todavía planea la pregunta sobre cómo cambiará la experiencia del cliente con la inteligencia artificial y la realidad aumentada. En el Tibidabo, Ortiz sostiene que la tecnología siempre suma, pero que la vivencia real y el contacto humano todavía configuran el corazón de la propuesta.
El parque, en cifras

Detrás de la experiencia de los visitantes del Tibidabo hay un equipo humano formado por 250 personas y dividido entre una veintena que se dedican al marketing, la comunicación, la administración y la dirección general, con el apoyo de BSM para servicios jurídicos y grandes obras. Por otro lado, el gran grueso del equipo de operaciones y restauración asume la movilidad, los accesos, las taquillas, las atracciones, los espectáculos y los puntos de venta.
Desde el punto de vista financiero, la partida de personal representa el bloque de gasto más elevado, seguido muy de cerca por el mantenimiento permanente de las atracciones y el recinto patrimonial. Al mismo tiempo, el lucro queda fuera de la ecuación y todos los beneficios se reinvierten en el mantenimiento continuado, la innovación y otras ramas como las iniciativas solidarias y la educación. A pesar de cerrar 2025 con cerca de un millón de euros en pérdidas, Ortiz asevera que el parque es sostenible y mantiene un volumen de ingresos y gastos alineado alrededor de los veinte millones de euros anuales.
El lucro queda fuera de la ecuación del Tibidabo y todos los beneficios se reinvierten en el mantenimiento continuado, la innovación y otras ramas como las iniciativas solidarias y la educación
Este equilibrio presupuestario es lo que llevó al Ayuntamiento a ajustar las tarifas públicas en 2025 -después de tres años con los precios congelados- para situar la entrada general al parque de atracciones en 39 euros y el pase del Área Panorámica en 21,50 euros. Un movimiento justificado por el impacto del IPC y la necesidad de financiar las últimas mejoras sin depender de subvenciones extras. Entre las últimas inversiones destacan la instalación de las nuevas letras "Barcelona" en el mirador y la reapertura de la Masia Tibidabo, un edificio modernista de 1901 completamente rehabilitado que ahora acoge la cocina catalana del chef Rafa Zafra.
Con este telón de fondo, cabe decir que el Mirador y el Área Panorámica se han convertido en dos de los grandes reclamos de la ciudad, tanto para los turistas como para los propios barceloneses. En este sentido, Ortiz matiza el perfil de visitante extranjero que recibe la montaña: “No es solo un público turístico de paso; muchas veces son personas que están una temporada o unos años trabajando en Barcelona. Cuando vienen por primera vez sintonizan totalmente con la historia del parque, ven una atracción como el Avión y entienden perfectamente la identidad de la ciudad”. Un equilibrio que permite al parque mantener su esencia familiar sin dar la espalda al visitante internacional.
Un relevo feliz para un "oasis" futuro

La celebración de este 125 aniversario ha estado marcada por un mes de octubre de una intensidad mediática y meteorológica excepcional. La organización llevaba un año diseñando una caminata popular para reunir a un millar de personas en los Jardines de Gràcia y subir a pie hasta la Cuca de Llum, pero el fuerte episodio de lluvias torrenciales en Barcelona obligó a cancelar la subida por recomendaciones de seguridad. La semana siguiente se trasladó la convocatoria a la cima de la montaña.
Ortiz: "Me voy muy contenta y feliz de dejar el parque en buenas manos, con un equipo muy ilusionado, comprometido y con ideas nuevas”
Cerca de 2.500 personas se reunieron en el parque para conmemorar el hito en una jornada festiva con las tradicionales marionetas del Marionetarium, las Mascotas, el Hotel 666, el autómata de “la Moños” y un gran pastel elaborado por Christian Escribà. El colofón idóneo para una despedida que Ortiz hizo visible durante los parlamentos del mismo aniversario ante socios y visitantes. Una decisión meditada con más de un año y medio de antelación para garantizar una transición planificada y un relevo ordenado: “Me voy muy contenta y feliz de dejar el parque en buenas manos, con un equipo muy ilusionado, comprometido y con ideas nuevas”, señala.
Más allá del relevo, Ortiz vislumbra el Tibidabo del futuro como "un tesoro que habrá que preservar". “Será un oasis donde la gente vendrá a buscar emociones reales en un entorno natural y en compañía de los suyos", afirma emocionada. "En el Tibidabo se ríe a la vez, se piensa a la vez y se ve la ciudad a la vez. Las alternativas que vendrán serán fantásticas, pero serán mucho más individuales. Por eso este espacio tiene muchos años de vida y se tiene que cuidar y mimar”, concluye.
Habrá que esperar, pues, para conocer la nueva cara que tomará las riendas de la próxima etapa de la cima más mágica de Barcelona. De momento, todo apunta a que será la actual gerente, Laura Vives, tal como recoge la Associació de Veïns Avinguda Tibidabo en una publicación en Instagram.
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