• Economía
  • Alcaraz, Sinner y la guerra por el pastel del tenis: los Grand Slams, contra las cuerdas

Alcaraz, Sinner y la guerra por el pastel del tenis: los Grand Slams, contra las cuerdas

El tenis ha creado un producto global formidable, pero todavía no ha resuelto la pregunta más incómoda de todas: ¿quién se queda realmente el valor que generan sus protagonistas?

Carlos Alcaraz i Jannik Sinner después de un partido a finales de 2025 | Marco Alpozzi / LaPresse via ZUMA (Europa Press)
Carlos Alcaraz i Jannik Sinner después de un partido a finales de 2025 | Marco Alpozzi / LaPresse via ZUMA (Europa Press)
126A7980
Periodista y CEO de Abbcast
07 de Junio de 2026 - 04:55

Hay deportes que parecen imperios. El tenis, en cambio, a menudo se asemeja más a una mansión bellísima con las tuberías a punto de reventar. Desde fuera, todo luce: los Grand Slams son monumentos, las estrellas facturan millones, las ciudades se engalanan y la televisión vende el relato de la elegancia eterna. Pero bajo esta estética de guante blanco hace tiempo que se acumula presión. Y ahora la presión empieza a silbar por todas las juntas. La revuelta de los tenistas en Roland Garros no es una excentricidad de millonarios descontentos, ni un capricho de vestuario envuelto en buenas maneras. Es la señal más visible de que el modelo de gobernanza y reparto del tenis mundial ha entrado en una zona de peligro real. El tenis se ha hecho rico. Los jugadores, no tanto. O como mínimo, eso piensan ellos.

 

El detonante inmediato es conocido, pero conviene explicarlo bien: los grandes jugadores y jugadoras del circuito consideran que los Grand Slams les pagan demasiado poco en relación con los ingresos que generan. Roland Garros ha elevado la bolsa de premios de 2026 hasta los 61,7 millones de euros, aproximadamente un 9,5% más que el año anterior, pero los jugadores insisten en que esto sigue representando solo cerca del 15% de los ingresos totales del torneo, muy lejos del 22% que reclaman y de lo que, según ellos, se acerca más a lo que se reparte en otros grandes eventos del circuito. Las estimaciones de facturación del torneo parisino ya superan los 400 millones de euros. Es decir: hay más dinero que nunca, pero los protagonistas sienten que el trozo del pastel que les toca es relativamente más pequeño.

La huella de Jordan sigue presente en el lenguaje visual de la franquicia. Y Messi, ¿qué? | VIA Empresa| VIA Empresa

Relacionado

Air Jordan, cash Bulls: el negocio que el Barça sigue desaprovechando con Messi

 

Sabalenka puso la mecha con una frase que sonaba menos a queja que a advertencia: “Llegado un punto, sí, podríamos incluso boicotearlo”. Sinner, con un tono menos incendiario pero igualmente revelador, verbalizó el malestar de fondo cuando dijo que los jugadores “no se sienten respetados”, y recordó que esta batalla no interpela solo a las grandes estrellas, sino también a todos aquellos profesionales que viven mucho más cerca del límite de lo que el glamour del circuito deja entrever. Djokovic, por su parte, se alineó con esta presión y avaló públicamente la posición de Sabalenka, reforzando la idea de que el conflicto no es una rabieta puntual, sino el síntoma de una fractura estructural.

Este es el punto clave. No estamos ante una discusión sobre si 61,7 millones son muchos o pocos. Evidentemente que son muchos. El conflicto real es otro: ¿qué porcentaje del negocio debe ir a quienes convierten el torneo en un producto global? Esta es una pregunta profundamente empresarial. Y también profundamente política. Porque no habla solo de retribución, sino de poder. De quién decide. De quién negocia. De quién construye el relato según el cual el tenis es una gran familia, mientras la cadena de valor sigue repartida de forma casi feudal.

En el tenis, donde la imagen, la narrativa y la disponibilidad de las estrellas forman parte del valor comercial del torneo, tocar la maquinaria mediática es tocar la caja

La protesta de este mayo en París lo ha dejado claro. Algunos de los grandes nombres del circuito planearon limitar severamente su exposición mediática en el torneo, y abandonaron ruedas de prensa al cabo de quince minutos y negándose a atender a los grandes socios audiovisuales del evento. No era un gesto improvisado, sino una forma quirúrgica de presionar sin romper del todo el producto. En el tenis, donde la imagen, la narrativa y la disponibilidad de las estrellas forman parte del valor comercial del torneo, tocar la maquinaria mediática es tocar la caja. Y eso explica por qué este episodio importa tanto. El conflicto no ha estallado en la pista; ha estallado en el corazón del negocio.

Pero la pieza sería demasiado simple si la leyéramos solo como una batalla salarial. El polvorín es más profundo. Los jugadores no reclaman únicamente más dinero. Reclaman también más representación, mejores mecanismos de bienestar, cobertura sanitaria y pensiones, es decir, derechos más propios de una industria madura que de un ecosistema disperso y aristocrático. Esta es la gran contradicción del tenis: es un espectáculo global de primer nivel que todavía funciona, en muchos aspectos, como una confederación de reinos pequeños, cada uno protector de su soberanía. ATP, WTA, ITF, los cuatro Slams y otros organismos conviven en una estructura fragmentada que genera una sensación de marca mundial, pero sin una dirección unificada ni una arquitectura clara de negocio compartido.

Por eso la palabra más importante aquí no es “boicot”. Es “gobernanza”. El tenis lleva años arrastrando un problema de gobernanza que ahora empieza a parecer insostenible. La Professional Tennis Players Association (PTPA) presentó en marzo de 2025 una demanda contra varios organismos rectores del tenis, acusándolos de prácticas anticompetitivas y de menospreciar el bienestar de los jugadores. El fondo de la denuncia es muy revelador: los jugadores, que son el principal activo productivo del sistema, consideran que no tienen ni el peso ni la capacidad de negociación que correspondería a quien genera el valor principal del producto. Dicho en lenguaje empresarial: el tenis vende muy bien su talento, pero no ha resuelto quién representa de verdad este talento a la hora de repartir el negocio.

Esto explica también que la tensión no sea solo contra Roland Garros, sino contra una manera de entender el deporte. Amélie Mauresmo, directora del torneo, ha defendido que los premios se han doblado en la última década y que el torneo también debe sostener infraestructuras, organización y desarrollo. Y aquí hay un argumento que no debe ridiculizarse. Los Slams no son simples promotores privados con una finalidad lineal de beneficio. En el caso de Wimbledon, por ejemplo, la LTA británica explica que recibe el 90% del superávit del torneo en virtud de un acuerdo de largo plazo para reinvertirlo en el desarrollo del tenis en el Reino Unido. Es un dato importante porque obliga a introducir matiz: parte del dinero que los jugadores reclaman no desaparece, sino que alimenta el ecosistema.

Pero justamente aquí aparece la gran batalla de fondo. ¿Cuál es el equilibrio justo entre sostener el sistema y remunerar mejor a quienes hacen posible el sistema? Esta pregunta no tiene una respuesta fácil, pero el problema del tenis es que lleva demasiados años respondiéndola desde arriba y demasiado poco desde la negociación estructural con los jugadores. Y cuando un sector ingresa cientos de millones, pero sus principales protagonistas sienten que deben forzar protestas públicas para ser escuchados, la imagen que proyecta no es la de una industria elegante, sino la de una industria mal resuelta.

El tenis es una suma de intereses a menudo divergentes que conviven bajo el mismo paraguas emocional del deporte

Además, el conflicto llega en un momento especialmente delicado porque el tenis vende globalidad, pero sufre fragmentación. No es la NBA. No es la Premier League. No es una sola marca central capaz de ordenar el relato, el calendario, los derechos y el reparto. Es una suma de intereses a menudo divergentes que conviven bajo el mismo paraguas emocional del deporte. Esto le da riqueza histórica, sí, pero también le resta fuerza negociadora y claridad institucional. Cuando las cosas van bien, esta dispersión parece tradición. Cuando van mal, se convierte en desorden. Y ahora ya no se discute solo un porcentaje: se discute si el tenis del futuro se gobernará como un producto del siglo XXI o como un mapa de señoríos con grandes alfombras y poca coordinación.

Hay otra derivada igualmente importante: la del relato público. Durante años, el tenis ha protegido muy bien su imagen de refinamiento, pero esta misma estética le ha ayudado a maquillar tensiones que en otros deportes habrían estallado mucho antes. En el fútbol, una guerra por los ingresos se leería inmediatamente como una batalla de poder. En el tenis, durante demasiado tiempo, se ha presentado como una discusión de etiqueta, como si el conflicto estructural se pudiera disolver con buenas palabras y una subida moderada del prize money. Pero ya no. La nueva generación de figuras entiende perfectamente qué genera, qué vale y qué compara. Saben qué cobran otros grandes espectáculos deportivos, saben qué parte del negocio devuelven las grandes competiciones a sus actores y saben, sobre todo, que hoy la imagen del jugador también es un activo global. El tenis se ha globalizado tanto que sus protagonistas han aprendido, finalmente, a hablar el lenguaje del negocio.

La nueva generación de figuras entiende perfectamente qué genera, qué vale y qué compara

Es por eso que el tema interesa tanto también desde una óptica empresarial. Porque esta no es una historia de raquetas. Es una historia de cadena de valor. Los Slams tienen sus sedes, la tradición, las infraestructuras y los derechos. Los organismos tienen la regulación. Los patrocinadores aportan capital y estabilidad. Pero los jugadores aportan la materia prima que convierte todo esto en un espectáculo con audiencia global. Cuando quienes aportan este activo central se sienten lejos de la toma de decisiones, el sistema entra en fricción. Y cuando esta fricción se cronifica, el riesgo no es solo una protesta puntual: es la erosión progresiva del producto.

Hay quien dirá que los tenistas no tienen mucha credibilidad para quejarse, porque muchos ganan fortunas. Es una objeción fácil, y también una trampa. En toda industria madura, el debate no es si los principales talentos cobran mucho en términos absolutos, sino si la relación entre el valor creado y el valor retornado es coherente, sostenible y competitiva. Si el tenis quiere retener centralidad cultural y económica en un mercado global cada vez más disputado, no puede ignorar esta pregunta. Porque los conflictos mal resueltos no solo desgastan internamente: también envían un mensaje a los patrocinadores, a los broadcasters y al público. Y este mensaje, hoy, es inquietante: el tenis genera mucho, pero todavía no sabe repartir lo suficientemente bien ni lo suficientemente claramente aquello que genera.

La imagen final es lo suficientemente potente para entenderlo todo. Roland Garros sigue siendo uno de los escenarios más bellos del deporte mundial. La tierra batida, el blanco de los patrocinios, la solemnidad de París. Pero bajo esta superficie noble hay una estructura que se tambalea. El tenis mundial es, ahora mismo, un polvorín a punto de estallar. No porque sus protagonistas quieran destruir el circuito, sino porque quieren dejar de ser invitados de lujo dentro de un negocio que ellos mismos sostienen. Y quizás este es el gran reto del tenis moderno: entender que, para preservar la elegancia de su escaparate, primero tendrá que revisar las vigas maestras de la casa.