Durante décadas, la bañera fue símbolo de confort doméstico. Hoy, en cambio, desaparece a gran velocidad de las viviendas. El fenómeno de sustituirla por una ducha se ha convertido en una de las reformas más habituales. Ahora bien, la carrera desatada para acabar rápidamente la obra -24/48 horas- y retorcer los precios -entre 700 euros y 2.300 euros de media- ha conducido a uno de los líos más frecuentes en los hogares, como detectan las asociaciones de consumidores.
Prácticamente todo el mundo que posee una vivienda antigua -especialmente construida entre los años sesenta y noventa- acaba planteándose lo mismo: eliminar la bañera. Los motivos son conocidos, pero contundentes: comodidad, accesibilidad, ahorro de agua y adaptación a una población más envejecida. La ducha se ha convertido en la imagen del nuevo hogar, del bienestar cotidiano: el lugar de la casa donde surgen las mejores ideas y mantiene el equilibrio de la unidad familiar. La bañera era señorial, distante y, a menudo, arriesgada.
De los 1,7 millones de reformas del hogar que se realizan en el estado español, entre el 25% y el 30% corresponden al cambio de bañera a ducha
Hasta el punto de que, de los 1,7 millones de reformas del hogar que se realizan en el estado español, se estima que entre el 25% y el 30% corresponden al cambio de bañera a ducha. Antes de la crisis de 2008, apenas se transformaban unas 200.000 anuales; en los años posteriores, y hasta prácticamente la pandemia, las reformas del hogar —y particularmente la sustitución del equipo de baño— se dispararon. La tendencia continúa, a medida que el precio de los pisos aumenta y aquellas familias que se habrían animado a cambiar de piso no lo pueden hacer.
La ilusión por la nueva estética del baño se acaba cuando se tiene que elegir al operario. Calidad, seguridad, durabilidad y relación calidad-precio están en juego. El mercado se encuentra altamente fragmentado: grandes empresas especializadas -con procesos muy estandarizados-; empresas medianas -a menudo locales, con buena reputación y trato directo-; pequeños operarios autónomos -conocedores del entorno y del negocio-; y, finalmente, los chapuzas, que pueden aparecer en cualquiera de las categorías anteriores y compiten esencialmente en precio y rapidez.
A la conquista de este mercado tan goloso se han lanzado los grandes operadores, los medianos y los pequeños se han vuelto también más agresivos. El resultado ha sido, por un lado, la reducción del tiempo de instalación a 24-48 horas, y, por el otro, la presión a la baja de los precios. Ambas cosas han sido posibles gracias a un elemento muy a menudo opaco para el cliente que se ha desarrollado enormemente: la cadena de subcontratación. Muchas empresas publicitan y comercializan todo el paquete del servicio, pero no lo ejecutan directamente. Subcontratan equipos que, a su vez, delegan en otros operarios, hasta el punto de que se diluye la responsabilidad y dificulta el control de calidad.
La ilusión por la nueva estética del baño se acaba cuando se debe elegir al operario. Calidad, seguridad, durabilidad y relación calidad-precio están en juego
Es evidente que se trata de una obra menor, relativamente barata, rápida y aparentemente fácil. Pero técnicamente resulta delicada: se tiene que trabajar sobre estructuras antiguas, impermeabilizar un espacio de agua, garantizar las pendientes, integrar instalaciones, sincronizar los gremios -albañil, fontanero, instalador de mamparas-, y ajustarlo todo en pocas horas.
Las asociaciones de consumidores confirman que se trata de una de las reformas que genera más quejas. Los motivos son recurrentes: filtraciones, acabados deficientes, materiales de baja calidad, desviaciones presupuestarias, retrasos… Y, sobre todo, las garantías: en un entorno de subcontratación en cadena, a menudo se hace difícil identificar quién es el responsable cuando aparecen los problemas.
Y aquí radica la paradoja. Lo que debía ser la reforma más simple de la casa se convierte, en demasiados casos, en una fuente de conflicto y quebradero de cabeza para todos los miembros de la familia. No porque la ducha sea un mal invento, sino porque el modelo de producción ha priorizado la velocidad y el precio por encima del oficio.