Mañana o pasado mañana puede ser peor, pero en medio de la caída del turismo mundial prevista para este año, Catalunya y Barcelona podrían beneficiarse, como en otras oportunidades.
Ocurrió con la guerra de los Balcanes, en los años noventa. Francia, Italia, Portugal y, sobre todo, España se convirtieron en destino refugio. El estado español pasó, en una década, de 34 millones de turistas a 50. Los viajeros huyen inmediatamente de cualquier sensación de inseguridad.
La Organización Mundial del Turismo ha hecho una primera previsión de las consecuencias de la invasión norteamericana a Irán. En caso de mantenerse el conflicto, se desataría una caída entre el 10% y el 25% en la zona de Oriente Medio, los países del Golfo -los Emiratos son los países que más crecen en viajeros en los últimos años-, Egipto y el Mediterráneo oriental, que incluye Grecia.
Esto provocaría dos efectos. El primero, que algunos viajeros se quedarán en casa o harán estancias de proximidad, como sucedió en la pandemia y la postpandemia. Y el segundo, que se producirá un desvío de los flujos turísticos hacia el Mediterráneo occidental, como pasó en los noventa, en concreto, hacia España, Francia e Italia. Antes del conflicto provocado estos días por Estados Unidos, Exceltur preveía que España recibiría a lo largo de 2026 entre un 3% y un 6% más de turistas internacionales respecto a 2025, pero este porcentaje podría quedarse corto. Y aún más los ingresos turísticos, por dos motivos. El primero, el mayor gasto de los turistas, como ha sucedido en los últimos años. Y el segundo, consecuencia de la inflación que está generando la conflagración bélica.
Exceltur preveía que España recibiría en 2026 entre un 3% y un 6% más de turistas internacionales que en 2025, pero este porcentaje podría quedarse corto
De hecho, aumentan las reservas de los alemanes y de los británicos, mientras decaen las dirigidas a Egipto o a los Emiratos. Por suerte, España no ha entrado en conflicto y no ha tomado partido por la agresión. Esto la aleja de posibles represalias, como sucedió cuando Aznar implicó al país con la Guerra de Irak en 2003 -con gran oposición interna-. Poco después, se producían los atentados del 11-M de 2004. Casi 200 familias lloran aún a sus muertos y miles a sus heridos. Esta posición a favor de los agresores provocó a corto plazo la cancelación inmediata de muchas reservas, pero por suerte el turismo se recuperó en pocos meses.
La experiencia de 2004 demuestra que los turistas se asustan de ir a los escenarios de cualquier guerra y, a la vez, que los países que apoyan a los agresores acaban recibiendo de una manera u otra. Coincide esta coyuntura con la implantación de la nueva tasa turística en Catalunya, y mucho más en Barcelona.
Si teóricamente la subida del precio de un producto o servicio hace retroceder momentáneamente la demanda -y a la larga modifica los hábitos de compra-, los turistas que vienen a Barcelona observan desde hace tiempo una sensibilidad al precio mucho más baja. Mientras los viajeros de los destinos tradicionales de sol y playa buscan los precios baratos o los más económicos, el turismo urbano reúne a hombres y mujeres de congresos, reuniones y negocios, que consumen cultura; estudiantes que vienen de larga duración a las escuelas de negocio y universidades; los que hacen un crucero; expats... Esta clase de turista percibe de una manera muy diferente el aumento de la tasa turística.
Más preocupante será el efecto de la inflación generada por el conflicto en el precio del transporte y del resto de componentes del viaje que el de la tasa turística
El impacto será, pues, bastante imperceptible. Más preocupante será el efecto de la inflación generada por el conflicto en el precio del transporte y del resto de componentes del viaje. El aumento de la tasa turística puede tener un ligero efecto negativo, especialmente en los segmentos más sensibles al precio. No obstante, la seguridad que desprende un destino refugio -especializado, como Barcelona, en turismo que tiende al valor- diluirá los efectos que el conflicto actual provoca.