Llegamos a la cabaña que habíamos alquilado para los próximos tres días de noche. Todo estaba oscuro y apenas se veía lo que había más allá de la primera hilera de árboles. Durante muchos años me dio miedo la oscuridad. Ahora, con casi treinta años, me gustaría pensar que ya las he superado, todas estas cosas, pero lo cierto es que entre sacar las bolsas del coche y meterlas por la puerta pasé unos momentos de tensión. Una tensión que aumentaba con mi pareja haciendo shhht cada vez que oía un ruido extraño. La cabaña tenía un porche bonito con dos balancines de color rojo, como en las películas y tal como me gusta a mí. Desde pequeña he tenido una devoción especial por los porches. Cocinamos y nos fuimos a dormir, cansados por el trayecto. Yo tenía ganas de saber cómo sería nuestro inhóspito escenario nocturno una vez saliera el sol a la mañana siguiente.
Los días antes de llegar a Texas estuve muy asustada. Los recientes acontecimientos en el país, sumados al hecho de que no soy exactamente una local y tengo un acento bastante español a su entender, me hacían temer que esto tuviera alguna repercusión importante. Tampoco ayudaron los amigos y familiares que contribuían con sus historias de aquella vez que un primo fue a Estados Unidos y le pasó no sé qué. Desde Europa, todo lo que recibimos son malas noticias de cómo lo que había sido el mejor país del mundo ahora hace aguas entre posicionamientos radicales de sus políticos, una bajada importante de los derechos sociales y civiles y un estado del bienestar inexistente que deja cada día más personas en la pobreza o la deuda eterna, mientras unos pocos, cada vez menos, viven como auténticos dioses del Olimpo.
Pero, como en la cabaña, cuando se hizo de día a la mañana siguiente, pude ver que, en realidad, toda aquella inhospitalidad escondía una cara amable entre las hojas secas y el sonido de mil pájaros. No es ningún secreto que Texas no es el lugar más verde del planeta, pero esta característica no hace que no sea un lugar especial. Pasamos la mañana dando vueltas por la propiedad de la cabaña, oyendo los pájaros y viendo cómo las tortugas se bañaban en la balsa que había a una milla —medida extraña que aún no nos cuadra— de la cabaña.
Para comer decidimos que The Forge, en Ben Wheeler, era el elegido. Era domingo, un día tranquilo, y sabíamos que seguramente muchos lugares estarían cerrados. Y, oh mamá, suerte que fuimos. No solo nos encontramos con lo que seguramente era el pueblo más profundo del estado más profundo de un país que, ya de por sí, es profundo, sino que aquel bar era una especie de café de la Marina local. Había todos los personajes que te habrías encontrado en un western, en una película de esas que el abuelo miraba los domingos por la tarde. Había un hombre con un cinturón plateado decorado con piedras preciosas y una espátula en el bolsillo trasero de los vaqueros; otro que bailaba al ritmo del concierto de los jóvenes, que iban vestidos de hippies de los setenta —aún no sabemos si aquellas eran sus pintas habituales o un homenaje a la música que hacían—; una señora que podría ser la prima de Dolly Parton; una chica preciosa vestida con un vestido de cuadros.
No es ningún secreto que Texas no es el lugar más verde del planeta, pero esta característica no hace que no sea un lugar especial
A medida que la música avanzaba, nuestra camarera nos dijo: "Darling, can I have your drinks?" y nos quedamos a cenar. No había ninguna otra alternativa posible: lo que para nosotros siempre ha sido divertido —mirar a las personas en su hábitat natural— ahora se presentaba de manera única. "Podrías escribir un libro de toda la gente de este local", me dijo mi pareja. Y lo consideré profundamente. Tenía ganas de preguntar cómo se llamaban, cuál era su relación, cuáles eran familia y cuáles no, cuáles eran amigos y cuáles hacía semanas que no se hablaban por un malentendido. Había tanto que observar que el concierto se nos hizo corto. Nadie se atrevió a hablar con nosotros, ni nosotros con ellos, pero eran simpáticos dentro de su actitud esquiva.
Cuando nos marchamos, ya a media tarde, estábamos casi cansados de tanta observación y pensábamos que teníamos que aprender mejor el idioma el uno del otro para poder hablar más abiertamente en aquel escenario. "Mira, nos ha salido bastante bien la comida, porque no hemos pagado nada y hemos asistido a un concierto", le dije mientras recogíamos para marchar. "Ariadna, si contamos el precio por actor o actriz, ¡ha sido un regalo!" En aquel momento entraron nuevos miembros de la compañía y otros salieron a fumar. Había dos criaturas pintando la entrada con unas tizas gigantes, y un perro sentado que se las miraba.
El patriotismo trasudaba de sus vestimentas: la mitad iban con sombrero de 'cowboy' y la otra mitad con botas, tejanos y un estilo muy bien estereotipado
¿Cuántas personas de allí debían ser lo que consideramos MAGA? ¿Qué debían pensar, ellos, de aquel secarral? El patriotismo traslucía de sus vestimentas: la mitad iban con sombrero de cowboy y la otra mitad con botas, tejanos y un estilo muy bien estereotipado. Todos conducían coches enormes para las proporciones europeas, y eran mucho más grandes que nosotros. ¿Pero qué pensarían estos personajes de Ámsterdam, de Barcelona, de lo que para nosotros se considera el countryside? ¿Les gustaría comer tapas o ir a pasear al lado de la playa después de comer? ¿Serían felices yendo a todas partes en bicicleta? ¿Nos habrían tratado de la misma manera si no fuéramos blancos?
En toda la estancia en Texas, encontré que no solo somos personas muy diferentes, sino que, en general, son gente extremadamente amable. Cada uno iba a lo suyo; ellos no te preguntaban si tú no preguntabas y eran muy respetuosos con las barreras personales, pero si bien desde lejos eran esquivos, de cerca eran tiernos y cercanos. Llegué a Texas ensombrecida y guiada por las sombras de lo que parecía un lugar inhóspito, un poco recelosa de lo que allí pudiera encontrar. Pero después de unos días allí, y habiendo ido a unas cuantas Forjas más, puedo decir que la aridez del lugar se compensa con el calor de su gente. Lo que tengo claro, sin embargo, es que no les hablaré de política. No sabes nunca qué te puedes encontrar detrás de una sonrisa abierta. Y cuando viajas, es mejor si y’all have a good day today.
Este artículo ha sido escrito a cuatro manos por Ariadna Romans y Olaf Bon.