Antón Costas escribía recientemente que algo bueno está pasando en la economía española: está mudando su vieja piel por otra más vigorosa, productiva y resiliente. Esta conclusión se obtenía de la Memoria anual que elabora el Consejo Económico y Social de España, y añadía: la mejora no parece solo coyuntural, sino que apunta a un cambio de fondo en el modelo de crecimiento. Pero también advertía de una fragilidad esencial: los dividendos de esta mejora no llegan con suficiente intensidad a una parte de la ciudadanía. El puente entre crecimiento económico y bienestar social se ha roto, sobre todo por dos debilidades que son pilares: la vivienda y el coste de la vida.
Este diagnóstico es compartido por la Memòria Econòmica de Catalunya 2025, presentada hace unos días en la Llotja de Mar por las cámaras de comercio catalanas. La economía catalana ha cerrado el 2025 con un balance claramente positivo. El PIB ha crecido un 2,7%, una tasa similar a la española y muy superior a la de la zona euro, que ha avanzado un 1,4%, y también por encima de grandes economías europeas como Alemania, Francia o Italia, con crecimientos inferiores al 1%. Pero aún más importante es que el PIB por habitante también ha aumentado, un 1,6%, medio punto más que la media europea. Esto significa que la economía catalana no solo ha crecido porque hay más población o más empleo, sino también porque ha mejorado su capacidad de generar valor.
La conclusión más relevante del informe es que el crecimiento de la economía catalana ha sido más equilibrado que en etapas expansivas anteriores. En 2025, la productividad laboral por hora ha crecido un 1,1% en Catalunya. Al mismo tiempo, también ha aumentado la intensidad del trabajo, es decir, las horas trabajadas por habitante. Por lo tanto, el crecimiento del PIB per cápita se explica por una doble vía: más empleo y más productividad. Esta combinación es importante porque históricamente la economía catalana y la española habían crecido mucho en empleo, pero con dificultades para mejorar la productividad.
La pregunta de fondo es si estamos ante un episodio coyuntural o de un cambio más estructural. Si ampliamos la mirada al periodo postcovid, la conclusión sigue siendo la misma: Catalunya ha tenido un comportamiento mejor que la eurozona en PIB, PIB per cápita, productividad e intensidad del trabajo. Además, el diferencial de productividad con la eurozona en paridad de poder adquisitivo se ha reducido: si en 2021 la productividad catalana era un 12% inferior a la media europea, en 2025 esta distancia se ha acortado hasta el 7%. Es un avance significativo, aunque todavía insuficiente y demasiado lento.
El crecimiento del PIB per cápita se explica por una doble vía: más empleo y más productividad
También hay señales de transformación sectorial. Según la EPA, el empleo en el sector del comercio, transporte y hostelería —que es el más importante en el empleo total— ha disminuido su peso relativo en casi un punto (hasta el 27,8%), mientras que el agregado del sector de actividades profesionales, financieras y tecnológicas ha aumentado su peso relativo en 2,3 puntos y ya concentra una quinta parte del empleo. Esta evolución apunta a una reorientación gradual del modelo productivo hacia actividades de mayor valor añadido.
La inversión también da una lectura positiva. En 2025, la inversión productiva, aquella que incluye bienes de equipo y otros activos, ha crecido un 6,9%, muy por encima del conjunto del PIB. Además, la inversión productiva por trabajador se sitúa en máximos históricos, a pesar del fuerte crecimiento del empleo. Esta es una buena noticia porque augura ganancias futuras de productividad.
Un factor determinante de la productividad es la dimensión empresarial. Las empresas medianas y grandes pagan salarios alrededor de un 30% superiores a los de las empresas de menos de 50 trabajadores, a consecuencia de su productividad laboral más elevada. En 2025 se ha alcanzado en Catalunya una cifra récord de grandes empresas con establecimientos en el territorio de 3.156, casi 1.000 más que hace una década, aunque todavía la dimensión media sigue siendo baja en comparación con Europa.
Estos elementos ayudan a explicar la resiliencia exterior e industrial. Las exportaciones catalanas de bienes han ganado peso dentro de las exportaciones de la zona euro en los últimos tres años, coincidiendo en un periodo muy complejo de subidas de precios de la energía y aranceles, lo que demuestra nuestra competitividad. Al mismo tiempo, el VAB industrial catalán ha aumentado un 10% acumulado entre 2023 y 2025, en contraste con el estancamiento de la industria de la zona euro. En un momento en que Europa debate cómo recuperar capacidad industrial, que la industria catalana se muestre resiliente y competitiva es una muy buena noticia.
En un momento en que Europa debate cómo recuperar capacidad industrial, que la industria catalana se muestre resiliente y competitiva es una muy buena noticia
Pero, como decía Costas, la buena evolución macroeconómica no garantiza automáticamente una mejora equivalente del bienestar. Aquí aparecen las dos grandes paradojas del momento. La primera es que, en un contexto de fuerte crecimiento demográfico, muchas empresas no encuentran el personal adecuado. Según la Enquesta de Clima Empresarial del Idescat y la Cambra, el 39% de las empresas señalan la falta de personal adecuado como principal factor limitador del crecimiento, con porcentajes que llegan al 62% en la construcción y al 47% en la hostelería. No es solo un problema de disponibilidad de personas, sino de adecuación entre formación, competencias y necesidades productivas.
La segunda paradoja es todavía más relevante socialmente: aunque el empleo está en máximos históricos, hay familias que continúan teniendo dificultades para llegar a final de mes. Las razones son varias. La primera es que el salario real, una vez descontada la inflación, se ha mantenido prácticamente constante entre 2021 y 2025. Y, aunque la desigualdad salarial no ha aumentado, el impacto de la inflación no ha sido neutro. Los alimentos y las bebidas no alcohólicas han acumulado un incremento de precios del 30% desde 2021, por encima del IPC general, que ha sido del 18%, y también del aumento del salario medio, del 20%. Para las rentas más bajas, que destinan una parte mayor del presupuesto a bienes básicos, este diferencial pesa mucho más.
A esta presión se añade la fragilidad económica de las familias con hijos: una de cada cuatro está en riesgo de pobreza, el doble que las familias sin hijos. En el caso de los hogares monoparentales, el porcentaje alcanza el 47%. Este dato es especialmente preocupante porque muestra que el crecimiento no siempre protege a los hogares que más lo necesitan.
El salario real, una vez descontada la inflación, se ha mantenido prácticamente constante entre 2021 y 2025
Pero el principal cuello de botella social y económico es el acceso a la vivienda. La Memòria Econòmica de Catalunya dedica el monográfico precisamente a este tema porque ya no es solo una cuestión social, sino un factor que condiciona la movilidad laboral, la atracción de talento, la formación de nuevos hogares y el potencial de crecimiento. Desde 2021 se han creado en Catalunya unos 200.000 hogares, pero se han construido solo 64.000 viviendas nuevas. El déficit acumulado se sitúa alrededor de 142.000 unidades. Este desajuste estructural entre oferta y demanda presiona los precios de compra y de alquiler y genera una fractura que afecta especialmente a los jóvenes, los hogares con bajos ingresos, las familias con un solo ingreso y la población extranjera.
Por todo ello, observamos cómo Catalunya está mudando la piel, pero este cambio solo será sólido si es capaz de reconstruir el puente entre crecimiento y bienestar. La productividad debe seguir aumentando, pero también debe traducirse en mejores salarios reales. La inversión debe crecer, pero incorporando más I+D empresarial. La población crece, pero hay que formar y cualificar mejor. Y, sobre todo, hay que incrementar la oferta de vivienda con más agilidad administrativa, más suelo movilizado y más capacidad de producción, incluida la construcción industrializada.
Crecer más y mejor es una gran noticia. Pero el verdadero éxito no se medirá solo en puntos de PIB, sino en la capacidad de convertir esta nueva etapa de crecimiento económico en prosperidad compartida, que no quiere decir nada más que mejorar la vida cotidiana de la ciudadanía.